Eduardo Mendoza, proveedor de felicidad

El jurado que acaba de otorgarle el Premio Princesa de Asturias de las Letras lo ha hecho por «el sentido del humor y la visión desenfadada y humanista de la existencia»

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Eduardo Mendoza no tiene pérdida: es el autor de Sin noticias de Gurb. La hilarante novelita publicada por Seix Barral a principios de los noventa acerca de un extraterrestre que visita Barcelona y que, bajo la apariencia de Marta Sánchez, se desconecta de la tripulación de la nave. Ha sido reeditada hasta la saciedad. El jefe del marciano reconvertido en rubia explosiva —adoptará a su vez los fenotipos de Paquirrín, Unamuno o el conde-duque de Olivares— sale a buscarlo por una ciudad preolímpica que Mendoza describe con agudeza. Las incoherencias y miserias que el alienígena observa en el comportamiento humano sirven al escritor para la crítica social, a través de un humor más o menos negro. Marca de la casa. El jurado que acaba de otorgarle el Premio Princesa de Asturias de las Letras lo ha hecho por «el sentido del humor y la visión desenfadada y humanista de la existencia».

La identificación de Eduardo Mendoza con Sin noticias de Gurb, y viceversa, se debe a que, en algún momento de nuestros versátiles, disparatados y fluctuantes planes de estudio, tuvo que formar parte del currículo. De ahí que lo hayan leído hasta los que no leen. Es corto, divertido y no hay película.

No fue mi caso. La Muntó —que pertenecía a esa estirpe de profesoras ochenteras que no eran ni monjas ni madres— se desmarcó de las exigencias ministeriales eligiendo para nosotras otra obra del autor catalán, El Misterio de la Cripta Embrujada. O sea, que mi flechazo con Eduardo Mendoza estuvo acompañado del de Rick Ashley, las hombreras, los vaqueros de aguas, las pulseras rígidas de plástico con logo falso de Gucci y la SuperPop.

Pergeñada en Nueva York, donde Mendoza había emigrado para trabajar como traductor de la ONU y «huir de una España triste», se trata de la segunda novela del escritor barcelonés. La primera, La verdad sobre el caso Savolta (Premio de la Crítica), data de 1975 y es también una vieja conocida en algunos institutos de enseñanza secundaria. Es considerada una de las obras mayores del escritor y en ella se establece lo que los entendidos llaman la «realidad bifronte». Que es más o menos un trasiego de idas al pasado y venidas a la actualidad a lo largo de la narración. Al igual que la ambientación en la ciudad condal, los cultismos y los arcaísmos, este estilo es una constante en su obra. Podríamos decir que es Eduardo Mendoza escribe alta literatura para masas y no estaríamos incurriendo en herejía.

Pero estábamos en Nueva York, donde Mendoza había ido a divertirse. Y vaya sí lo hizo. Desde allí envía a Seix Barral El misterio de la cripta embrujada, que es publicada en 1978. El protagonista es un inadaptado social que pasa temporadas recluido en un manicomio de donde la policía le saca cada vez que requieren que realice un «trabajito» de dudosa moralidad. El personaje, que con sus maneras marginales y su vida de hampa, bajos fondos y cloacas, se muestra más cuerdo e inteligente que la clase biempensante y bienviviente, es utilizado como contrapunto a la hipocresía de la que nos rodeamos, a veces tan integrada que ni reparamos en ella. El éxito del género, a medio camino entre novela de picaresca, policíaca y humorística, hizo que el autor internara y sacara de la institución de salud mental al protagonista en varias ocasiones más, fraguando así una especie de saga literaria. A saber: La aventura del tocador de Señoras, El enredo de la bolsa y la vida, El laberinto de las aceitunas, El secreto de la modelo extraviada… En ninguna de ellas llegamos a saber el nombre de pila del loco detective y en todas nos divertimos como si fuera la primera vez.

Mendoza suele incluir en sus libros una nota en la que explica el proceso de creación de la novela. En ocasiones se disculpa por si hay saltos literarios detectables entre el principio y el final, y expone las circunstancias en las que fue escrita. Dice con frecuencia que el escenario que ha planteado cuando empieza a escribir suele quedar totalmente desbaratado cuando acaba. En la obra del reciente Premio Princesa de Asturias hay que estar especialmente atento a los nombres que pone a sus personajes porque constituyen una muestra de ingenio y humor sobresaliente. Además de una nueva seña de identidad del barcelonés. Tanto es así que en algunas novelas —recuerdo ahora  El año del diluvio (1992)— ha de aclarar que utiliza los nombre originales de lugares y personajes. Esta sí que tiene película (homónima), pero el escritor ha declarado siempre sentirse a disgusto con las adaptaciones cinematográficas de sus obras.

Cierto es que he tenido un par de desencuentros con la obra de Mendoza. Nada grave. El amor, cuando es verdadero, siempre vuelve. El primero fue por puro aburrimiento con La isla inaudita. Yo empezaba a comprar libros con mi sueldo por aquel entonces, así que me escoció no poder acabarla. Quizá no era el momento. Como con algunos amores, ya les digo.

El segundo fue más serio. Riña de gatos obtuvo el Planeta en 2010. La novela recrea el ambiente de crispación y conspiración previo al estallido de la Guerra Civil. Como deja ver el juego de palabras del título, transcurre en Madrid y hay política, amoríos y un cuadro de Velázquez por medio. Y el sentido del humor mezclado con la gravedad del momento. Mendoza cuenta que quiso situarse en un momento histórico poco explotado en la literatura: «Cuando la Guerra Civil parecía inminente pero algunos creían que se podría evitar». No me pregunten por qué me decepcionó. Quizá es que va decayendo a medida que avanza la trama. Quizá es que no se puede clasificar en la obra «seria» ni en la humorística del autor. Quizá es que José Antonio Primo de Rivera no sale bien parado injustamente.

Como ya hemos dicho, Barcelona es la ciudad que sirve de ambientación en la mayor parte de su producción por lo que la sociedad catalana queda especialmente retratada. Pero, sin duda, la novela por antonomasia que tiene al Cap i Casal como protagonista es La ciudad de los prodigios (1986). El período de entre Expos trae un desarrollo económico, social  e industrial a la ciudad que es descrito a través de la peripecia vital de su protagonista, Onofre Bouvila. De repartidor de panfletos anarquistas a especulador inmobiliario y empresario cinematográfico.

Eduardo Mendoza ha cultivado, además, el ensayo con Baroja, la contradicción (Ediciones Omega, 2002) y ganó el Premio Cervantes en 2016. El autor analiza su escritura y su humor, valga la redundancia, diciendo que intenta «ensamblar el chiste escatológico, tan catalán, en el límite de lo publicable, con la ironía fina, también catalana, puesto que está en Josep Pla, o con el humor del understatement británico-judío». Yo diría que Mendoza escribe mejor que se define.

«Alguien me ha llamado proveedor de felicidad. Es el mejor elogio que he recibido en mi vida y me gustaría que fuera cierto, aunque sea en dosis homeopáticas. Pero si alguna felicidad he dado a mis lectores, ellos me la han devuelto con creces con su lealtad, su complicidad y su cariño», confesó en sus palabras de agradecimiento al recibir el Princesa de Asturias de las Letras.

Creo que el piropo responde al sentimiento de muchos lectores: proveedor de felicidad, qué bello y verdadero. Sin embargo, algunos le debemos mucho más que la alegría al escritor. A servidora búsquenla en ese tipo de literatura, sin ir más lejos. En John Kennedy Toole, en Vizcaíno Casas, en David Lodge, en Eduardo Mendoza. De ahí a los rusos y franceses del XIX. Lo que duele y configura el alma y el intelecto lo he leído después, cuando yo ya estaba hecha de risas.

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