Ucrania pide 120.000 millones para defensa mientras Europa paga el precio de sus errores

El coste económico y social de la guerra hace de la Unión Europea una víctima, no un actor

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La reciente cifra anunciada por Kiev, 120.000 millones de euros adicionales para defensa en 2026, incluso si la guerra terminara, ha sentado como un jarro de agua fría. Más allá del titular, el mensaje es claro: Ucrania no sólo no prevé un final próximo del conflicto, sino que se prepara para una militarización estructural de su economía y de su sociedad. La guerra ya no es entendida como una contingencia, sino como un estado permanente.

Al mismo tiempo, la realidad sobre el terreno desmiente la narrativa oficial. La relajación de las restricciones fronterizas ha provocado una estampida de jóvenes hacia Polonia. Miles de hombres en edad de combatir prefieren huir antes que arriesgar su vida en una guerra que perciben como una picadora de carne. Mientras el gobierno pide más fondos, su población busca escapar de la trinchera. El contraste entre el discurso oficial y la realidad social resulta demoledor.

Las consecuencias de esta situación golpean directamente a Europa. La guerra no estalló de la noche a la mañana, sino que fue la culminación de años de negligencia y complacencia. Tras la anexión de Crimea en 2014, Bruselas no diseñó una estrategia común frente a Moscú. Al contrario, se firmaron nuevos gasoductos y contratos energéticos, lo que incrementó la dependencia del Kremlin y redujo la capacidad de maniobra diplomática de la Unión Europea.

Cuando Washington y Moscú se sentaron a negociar —no sin que el ex primer ministro británico Boris Johnson dinamitara toda esperanza de paz al poco de iniciarse el conflicto—, Europa quedó relegada a un papel secundario. El conflicto se desarrolla en su vecindad inmediata, afecta a su seguridad y a su economía, pero la UE ha sido tratada como simple espectador. Este déficit de influencia no es casual, es la consecuencia directa de la incapacidad de sus líderes para construir una política exterior unitaria y creíble.

Mientras que gran parte del mundo no occidental basa su política en el realismo geopolítico, Occidente (especialmente Europa), vive en una cárcel mental ideológica que imposibilita el tomar decisiones firmes en el tiempo necesario.

Costes económicos y fractura social

La lentitud en reaccionar tras el estallido de la invasión en 2022 tuvo efectos devastadores. Las sanciones se impusieron tarde y de forma escalonada, mientras Rusia había preparado un escenario alternativo. Europa entró en una crisis energética sin precedentes, con inflación disparada y una pérdida notable de competitividad. Hoy en día, sigue atrapada entre el precio de su dependencia pasada y las promesas de una transición verde que agrava la presión sobre sus industrias. Aquí saltan las preguntas obvias: ¿de verdad nadie vio venir esto o es que esto es lo que se estaba buscando para, entre otras cosas, justificar un acuerdo de sumisión económica con los Estados Unidos que no se habría podido aprobar de otra manera?

En el plano social, las consecuencias son también desastrosas: millones de refugiados llegaron a territorio europeo, tensionando los sistemas de bienestar y alimentando una crisis inmigratoria que se suma a la ya existente por la inmigración irregular desde África y Oriente Medio. Las fronteras orientales de la Unión se sienten desprotegidas, y Polonia, Rumanía o los países bálticos miran con recelo a una Bruselas incapaz de garantizar su seguridad. Si promueven la inmigración masiva por todas fronteras, ¿cómo justifican ahora el que por un lado en concreto no vengan por mucho que Rusia aproveche la debilidad estructural europea en este sentido?

El doble fracaso: militar y político

Si Kiev necesita ahora 120.000 millones adicionales, no es sólo porque Rusia mantenga su ofensiva, sino porque Europa nunca consiguió dotar a Ucrania de una estrategia coherente y sostenible. La Unión, en lugar de liderar, se limitó a reaccionar. Mientras los Estados Unidos marcan el ritmo de las conversaciones —incluso explorando canales directos con Moscú—, Bruselas queda relegada a financiar la resistencia ucraniana sin tener voz real en las negociaciones.

La paradoja es insultante: Europa paga, sufre la inflación, recibe el impacto de los refugiados y destruye su base industrial, pero no está en condiciones de decidir cómo y cuándo terminará la guerra. Su destino lo negocian otros.

La huida masiva de jóvenes ucranianos hacia Polonia es quizá la señal más clara de que la guerra se ha convertido en una carga insoportable. Estos hombres ya no creen en el relato heroico de la defensa nacional, sino que buscan salvar sus vidas y construir un futuro fuera de un país que perciben condenado al sacrificio permanente. El contraste entre la petición de fondos y la fuga de ciudadanos ilustra el fracaso de una estrategia basada únicamente en la militarización.

La situación actual confirma lo que muchos analistas advertían: Europa no será protagonista del desenlace de la guerra, sino su víctima. Si el conflicto se prolonga, la factura económica y social seguirá debilitando al continente. Y si se alcanza un alto el fuego o una paz negociada sin que Bruselas tenga asiento en la mesa, el futuro europeo quedará condicionado por decisiones tomadas en Washington y Moscú. ¿Era esto el futuro esperado por Bruselas y hacia el que continúa sin cambiar de rumbo?

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