Siempre antigua y siempre nueva, lo cierto es que la ortodoxia todavía suscita en muchos ambientes católicos una deliberada incomprensión, una ceja arqueada o una mirada escrupulosa. Más allá de toda intromisión del conservadurismo en la fe, cuántas veces nos cuesta explicar que hablar de tradición y ortodoxia en el seno del cristianismo contemporáneo no pasa por restarle frescura a la fe, tampoco por refugiarla en una nostalgia condenatoria. Al contrario. Benedicto XVI señaló con agudeza que «la Tradición no es una colección de cosas, de palabras, como una caja de cosas muertas. La Tradición es el río de la vida nueva, que viene desde los orígenes, desde Cristo, hasta nosotros, y nos inserta en la historia de Dios con la humanidad». Las palabras luminosas de Ratzinger nos permiten recordar que la vuelta a la ortodoxia religiosa que experimenta la Iglesia en innumerables lugares del mundo no es un retroceso, sino un modo de habitar mejor el presente. Es la fidelidad a una herencia que tiene una imprevisible fuerza de novedad.
¿Pero es así en todo el mundo? En el contexto del continente americano, este renacimiento de la ortodoxia en el seno de los diversos movimientos cristianos —inclúyanse algunas denominaciones protestantes— se presenta como un factor determinante para entender el comportamiento de las tendencias religiosas. Es interesante el nuevo paradigma: tal y como se recoge en el informe de este servidor, Una vuelta a la tradición: el renacimiento religioso en Estados Unidos (recientemente publicado por CEU-CEFAS), las confesiones que han apostado por una defensa de la Tradición se muestran más vivas y elocuentes, mientras que aquellas denominaciones que, en nombre de la modernidad o de la asimilación cultural con nuestros días, han diluido esos valores tradicionales, están comprobando una caída de seguidores. Aunque muchos miran la ortodoxia con media sonrisa distante y cierto punto de frivolidad moderna, quienes han sabido recuperarla han hallado una brújula efectiva para responder a los desafíos contemporáneos.
¿Pero qué significa tradicional en este contexto religioso? Algunos elementos pueden darnos la clave. En primer lugar, tradicional implica una apuesta por lo que la antropología cristiana siempre ha enseñado: que la persona humana posee dignidad plena desde su concepción hasta su muerte natural, que la familia formada por hombre y mujer no es una opción cultural pasajera sino un bien humano fundamental, y que la sociedad debe articularse alrededor de esos valores, y no frente a ellos. En segundo lugar, pasa por reconocer que nuestra modernidad líquida y fragmentada plantea preguntas legítimas, pero exige respuestas con raíces mayores que ella misma. Y, por último, requiere entender que la liturgia, el culto y la comunidad no son pequeñeces accesorias a la fe, sino canales insustituibles mediante los cuales la tradición fecunda el presente.
Cuando este, digamos, tríptico de la ortodoxia se mantiene y se asume con claridad y sin histrionismos de nostalgia, se produce una virtuosa conversión de la tradición: ya no es algo que simplemente se conserva —de ahí que no podamos hablar de conservadurismo religioso—, sino algo que revive y se extiende hacia el futuro. Esta postura, que es cada día más mayoritaria en las diferentes manifestaciones del cristianismo, se opone al olvido premeditado de la ortodoxia o a la censura de la tradición. El poeta Julio Martínez-Mesanza lo recoge bellamente en su Exaltación del rito: «Quien no comprende la razón del rito, / quien no comprende majestad y gesto / nunca reconocerá la humana altura, / su vano dios será la contingencia. / Quien las formas degrada y luego entrega / simulacros neutrales a las gentes, / para ganarse fama de hombre libre, / no tiene dios ni patria ni costumbre».
Esta vana contingencia se hace evidente, cada día, en las corrientes de lo que podríamos llamar un modernismo religioso: allí donde la fe adopta unas maneras que priorizan la asimilación cultural —abrazando sin matices causas sociales e ideológicas, diluyendo la defensa de la familia natural en una suerte del todo vale o relativizando la visión de la persona—, lo que ocurre con frecuencia es que la comunidad se estanca. O retrocede a pasos agigantados. En el sur del continente americano, por ejemplo, esta dinámica se da con matices propios dentro del catolicismo hispano. Después de décadas de camaradería con la teología de la liberación, el indigenismo y otras corrientes progresistas, la Iglesia ahora vislumbra con una triste sorpresa cómo algunas comunidades pierden vigor ante el atractivo de iglesias evangélicas y protestantes que, precisamente, han adoptado una defensa de la tradición.
Pero no es sólo cuestión geográfica. Theresa Farnan, investigadora del Ethics and Public Policy Center, apunta a que esta inclinación progresista tiene un origen generacional: «La Iglesia Católica ha tenido siempre un problema generacional. Los católicos baby boomers crecieron en un momento de esplendor y se creyeron la milonga de modernizar la Iglesia. Su problema es que ninguno de ellos leyó los documentos del Concilio Vaticano II. Por otro lado, la Generación Z tiene muchas ganas de buscar porque ha crecido en un mundo vacío. No debe extrañarnos que vuelva la tradición especialmente entre aquellos que han crecido en una sociedad postcristiana. También el clero norteamericano ha sufrido este contexto, y eso explica su cuidado de la liturgia, su formación ortodoxa y su cariño por la tradición».
No es, por tanto, que la religión esté de moda en todos los ambientes —Rosalía o Los Domingos incluidos— o entre todos los grupos sociales. Esta tendencia que recorre las sociedades modernas tiene un apellido incómodo pero no por ello menos veraz: la ortodoxia religiosa, que ya no es un retroceso nostálgico sino una respuesta profética a los desafíos de nuestro tiempo. La antiquísima tradición ha vuelto a la palestra con su capacidad de recuperar lo mejor de la herencia cristiana, iluminando en las horas más oscuras a unas generaciones jóvenes que buscan sentido.
De nuevo, Benedicto XVI nos da la clave: «El verdadero sentido de la tradición es el de una fidelidad dinámica. Es decir, una fidelidad que, siendo fiel a su origen, permite un desarrollo legítimo en continuidad con el pasado». Esa fe auténtica, la que no se adapta a las modas, la que interpela a la modernidad con sus propias preguntas, es la que está creciendo, y la que pretende seguir dando respuesta a un mundo que creíamos descreído.


