Un resentido ante el espejo

'El jardinero y la muerte', diario ficcionalizado de Georgi Gospodínov sobre el fin de la vida de su padre, es una ventana a cierto mundo intelectual de la Europa postcomunista, resentido a pesar de sus privilegios

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Hacia la mitad de El mundo de Guermantes, tercera parte de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust hace rememorar al protagonista, trasunto suyo, los últimos días de la vida de su abuela. Una de las cumbres de la novela, la exquisita sensibilidad de este fragmento es consecuencia de la marca indeleble que esta vivencia dejó en el espíritu del autor. El búlgaro Georgi Gospodínov se ha inspirado de forma evidente en este episodio proustiano, a quien cita con profusión en El jardinero y la muerte, libro de 2024 escrito a partir del fallecimiento de su padre, acaecido el año anterior. La autoficción ofrece oportunidades para el lucimiento de inteligencias excepcionales —como Proust—, pero el inevitable exhibicionismo que la acompaña también supone mostrar sin querer las miserias del alma, inconfesables en condiciones normales. Aunque como en toda obra elegíaca es fácil simpatizar con el autor, Gospodínov es un escritor con pretensiones, por lo que es lícito aprovechar la oportunidad que brinda al lector de asomarse a la ventana de sus pensamientos.

Aclamado y premiado por la crítica española, El jardinero y la muerte mantiene el aire fragmentario de todo diario, quizá de forma premeditada, con el perjuicio de que nunca encuentra un ritmo claro. Ocupado eclipsando a su padre enfermo, Gospodínov aparece como un hombre volcado en lo material, atrapado en lo provinciano. Sirva de ejemplo su insistencia casi cómica por mencionar fama, premios y viajes a la menor ocasión. De manera involuntaria, la obra termina convertida en un ejemplo enternecedor de cierta pretenciosidad de algunas élites intelectuales de la Europa postcomunista. A pesar de todo, se trata de un libro escrito con agilidad y que resulta de lectura sencilla, con algunos agradables momentos de lirismo, propiciados por el reencuentro con la naturaleza que despierta la contemplación del huerto de su padre. Imágenes, en cualquier caso, muy corrientes entre los escritores de Europa Central y Oriental, que no logran permanecer en la memoria tras concluir la lectura.

El jardinero y la muerteGospodínov despoja la muerte de todo misterio y la convierte en un problema más de la vida del narrador, ensimismado en su egocentrismo. El lector nunca descubre quién era el difunto, cuya personalidad se reduce a un par de anécdotas sin demasiada gracia, dignas de ser contadas por cualquier familiar lejano. Los sentimientos del padre ante su enfermedad e inminente fin quedan desdibujados, arrollados por los de un hijo aterrado ante la idea de convertirse en un adulto a los cincuenta años. Quizá conectado con este infantilismo, abruma la inconsciencia de Gospodínov hacia su situación privilegiada, que ignora para poder regodearse en un resentimiento juvenil. Hay un esfuerzo constante por exhibir galones de pobreza, con el autor inmerso en esa triste competición entre escritores de los antiguos países comunistas para acreditar quién vivió aquel tiempo rodeado por mayor miseria. Es probable que este recurso le sirva para engañar al lector español, desconocedor de aquella realidad e impresionable ante el retrato de una modesta estrechez.

La infancia de Gospodínov, tal y como la narra, debe entenderse dentro del marco bajo el que operaban las clases intelectuales de la época comunista. En contra de los orígenes pobres de los que presume, detalles sueltos aquí y allí a lo largo de la obra dejan claro que aunque viviera sin lujos se trata de una persona que fue criada en un entorno privilegiado, con libros en casa, una madre universitaria y amigos de la familia con profesiones de élite, todo ello inusual en la Bulgaria de su tiempo. Gospodínov se muestra como un representante pertinaz de esa clase resentida por no haber recibido suficientes reconocimientos del estado comunista, sumida después en la amargura al descubrir que había llegado tarde al capitalismo y que nunca iba a poder vivir como hicieron sus homólogos del oeste de Europa durante su época dorada, antes de la caída del telón de acero. La inconsciencia también se manifiesta cuando describe la enfermedad y muerte de su padre, que tiene setenta y nueve años en el momento en el que le diagnostican un cáncer terminal. La descripción del tratamiento paliativo de la enfermedad está llena de escenas inverosímiles en un contexto oriental —sociedades llenas de viudas, con esperanzas de vida masculinas cortas—, escritas tal vez para captar la atención y las simpatías de un lector del oeste, pero que muestran una falta de sensibilidad preocupante hacia los problemas del presente búlgaro. La narración está atravesada por ese permanente desagradecimiento, con un autor que parece por completo ajeno a que ha tenido una infancia con medios inimaginables para sus vecinos y un padre con una vida larga y una muerte relativamente dulce.

El jardinero y la muerte queda teñido de esa inconsciencia, producto de un profundo desinterés por su sociedad, de la que Gospodínov quiere escapar a cualquier precio. Sus únicos comentarios sobre el presente búlgaro son clichés costumbristas, descendientes directos de la pesadilla etnográfica alimentada por el mundo comunista. Gospodínov es otro heredero de su propaganda, con la que comparte su principal mensaje: «El pasado fue peor, no se te ocurra quejarte». El jardinero y la muerte queda condenado por esa permanente mirada retrospectiva, tan frecuente al este de Trieste. Quizá, cuarenta años después, podría hablarse ya del presente de aquella tierra, de sus luchas y sus ambiciones, invisibles bajo el peso de una generación que se regodea en lo viejo y muerto. Pero es más sencillo escribir para lectores y editoriales de la otra Europa, con la esperanza de lograr, algún día, la ansiada llamada de la Academia Sueca.