Caminar por la sección de discos de cualquier gran superficie es hacer paleontología. Hace ya una década larga que su espacio menguó hasta hacerse casi anecdótico. Las tiendas especializadas son una especie que ya se consideraría extinguida de no ser por algún avistamiento dudoso. Los vinilos han resucitado por razones ajenas a la música, se han convertido en jarrones, que se regalan porque hacen bonito en cualquier estantería. El CD es una rareza encontrable sólo en lugares congelados en el tiempo, como mucho quedan remanentes de antiguas existencias, fabricados a menudo en países que ya no existen. Lo virtual domina el mundo de la música, en el que no se atisba un retorno de los aficionados al formato físico. Quizá llegará el día del arrepentimiento, porque el destino inevitable de tanto bit será desfragmentarse para siempre. Al fin y al cabo, las leyes de la transmisión de la información son las leyes de la termodinámica.
Si se habla de música clásica, el panorama es todavía más desolador. La mayoría de los asistentes a los conciertos son jubilados, que se limitan a matar el tiempo en una actividad social que, para ellos, está subvencionada casi en su totalidad. Entre los escasos oyentes con criterio se repite una confidencia fatalista: cultivan un arte muerto que ya no interesa a nadie. El panorama parece confirmarlo porque, ancianos aparte, por allí sólo aparecen la ocasional pareja, todavía en ese cortejo inicial que requiere realizar juntos actividades culturales, o algún estudiante de conservatorio con remordimiento de conciencia. Si se mide la vitalidad de este arte por el número de personas sin conocimientos especializados y sin incentivos económicos que acuden a los conciertos, lo cierto es que la extinción ya parece una certidumbre, como sucede con esas especies exóticas condenadas por no presentar suficiente variabilidad genética, en las que los últimos ejemplares son casi estériles.
El mercado, siempre sabio, se adapta a esta realidad, aunque no se exprese de forma explícita. Para obtener cualquier grabación interesante al connoisseur ya sólo le queda el recurso al comercio electrónico, símbolo por excelencia de encontrarse fuera del sistema. La compra tradicional condena a elegir entre pastiches vulgares u obras oscuras para especialistas, a lo que se resignan tan sólo aquellos que compran por compulsión cualquier música con tal de evitar el silencio. Se ha llegado al punto en el que en los grandes almacenes de España por antonomasia es muy difícil encontrar un disco de Beethoven, la constatación empírica de que ya no es un artista canónico en esta sociedad. Poner a Beethoven en el coche se ha convertido un acto tan violento en Madrid como podría serlo en Pekín, quizá incluso más, porque al menos en aquellas tierras todavía se tiene un sano temor a la belleza que crearon otras civilizaciones, recordatorio permanente de que tal vez el centro del mundo está en otra parte.
Parece inverosímil, pero no hace tantas generaciones que Herbert von Karajan se convirtió en una celebridad conocida en todo el planeta a costa de Beethoven. Director prominente desde joven, su oportunismo lo alejó de cierto repertorio poco comercial del siglo XX en el que su talento era superior —Honegger, Prokófiev, Shostakóvich, Richard Strauss— para volcarse en grabar en incontables ocasiones el ciclo sinfónico completo de Beethoven y sus otras obras mayores. Tal vez sus orígenes griegos le concedieron ese olfato insuperable para identificar oportunidades comerciales, pero en el siglo XXI incluso Karajan tendría imposible alcanzar a las masas a través de la música clásica, porque esta sociedad, indiferente a toda sensibilidad trágica, ya no podría entender el arte con el que se ganaba la vida.
Quizá el hecho de que la tercera, la quinta, la novena, la Missa Solemnis, los cuartetos, las sonatas y tantas otras obras ya no formen parte de la cosmovisión occidental no es una mala cosa. La música de Beethoven sigue ahí, fosilizada, libre de manoseos y esperando tiempos mejores. Lo que sobreviva a la Edad Oscura que sucederá sin remedio a la sociedad de la información será parte de los cimientos de un nuevo Renacimiento. Entre tanto, los pocos que seguimos oyéndolo no debemos ceder al pesimismo introspectivo, sino practicar la única forma posible de protesta en este siglo: la belleza. Queda inundar y atormentar al mundo con su música. Desde nuestras casas, nuestros automóviles, nuestros teléfonos. Que este mundo sin esperanza lo tenga que oír otra vez.


