A nuestro tiempo no le faltan acontecimientos, más bien le sobran. Guerras buscadas para que se hagan eternas y retransmitidas como series de temporadas interminables. Escándalos de corrupción que ya no escandalizan. Una depauperación programada de la vida corriente, a base de impuestos crecientes, vivienda inalcanzable, servicios saturados, presentada como modernización inevitable. Nada ilusiona, nada eleva, nada suma.
La política es una fuente constante de inquietud y desazón. Antes que resolver problemas, los multiplica; antes que aliviar cargas, las redistribuye. Los gobernantes discuten consignas globales mientras la vida real se encoge: menos familia, menos estabilidad, menos horizonte.
El mayor síntoma de decadencia no es la crisis económica ni la propia hiperpolitización, sino el más absoluto tedio moral. La sensación de que todo es previsible, intercambiable, mediocre. Un mundo que no inspira, que cansa. Una política que, lejos de ofrecer soluciones, se ha consolidado como la principal fuente de los problemas que dice combatir.


