Dostoievski llamó al dinero «libertad acuñada». Una moneda que, teóricamente, puedes cambiar por tiempo, por elección, por una vida que no depende de nadie. Hay gente dispuesta a sacrificar años de vida para conseguirla. Y el impulso es completamente legítimo. El problema es que casi nadie se hace la pregunta correcta: ¿libertad para qué?
La mayoría de las personas vive bajo un acuerdo implícito: intercambiar su tiempo por dinero durante cuarenta o cincuenta años. A cambio se obtiene seguridad y una estructura que organiza la vida sin pensar demasiado. El coste es evidente pero asumible: uno tiene poco control sobre el tiempo, sobre el ritmo, sobre muchas de las decisiones que ocupan la mayor parte de los días y — para algunos — ese acuerdo es suficiente. Para otros, no lo es en absoluto.
Y de esa insatisfacción nace la aspiración: la idea de alcanzar, en términos anglosajones, la independencia financiera y la jubilación anticipada, es decir, «el fuego»: FIRE (Financial Independence Retire Early). Su solución al problema de depender de un salario es eliminar esa dependencia. Acumular suficiente capital o inversiones para que el dinero no sea una preocupación, para ser libre de él y poder incluso retirarte si lo deseas. Naval Ravikant lo formula con precisión: el objetivo de jugar este juego es poder dejar de jugarlo. La idea no tiene ningún misterio: tener suficiente capital como para poder decidir qué hacer con tu tiempo sin depender de un tercero.
Curiosamente, hace relativamente poco Kahneman y sus colegas cambiaron de opinión sobre el dinero y la felicidad. En su antiguo estudio, la felicidad tenía un tope alrededor de los 75.000-100.000 dólares anuales. La conclusión era que la felicidad crecía en paralelo a los ingresos hasta las seis cifras, donde se observaba una límite a la felicidad.
Sin embargo, en un estudio más reciente junto a Killingsworth y Mellers, resulta que ese techo desaparece para el 85% de la población; la felicidad sigue aumentando hasta al menos 500.000 dólares. La razón es simple: el dinero da sensación de control sobre la propia vida. Permite llevarla como uno quiere, que es, en el fondo, el único uso que debería tener.
El plan —en teoría— es sencillo. Esforzarse como un animal durante años; generar ingresos altos, invertir un porcentaje de esos ingresos, quizás construir activos, y en algún momento llegar al punto en el que: o bien el patrimonio es suficiente para el resto de la vida, o bien se tienen ingresos pasivos suficientes de rentas o inversiones. Parece una lógica impoluta, casi matemática: vivir peor ahora para vivir mejor después. Sobre el papel, es impecable.
Evidentemente, este es un proceso largo y arduo. Conseguir «libertad financiera» no es algo que se alcance de la noche a la mañana. Los costes de tiempo son altos, más aún si se quiere llegar rápido. Ser libre financieramente implica años desbalanceados, en los que casi toda la energía se concentra en una sola dirección. Las relaciones pueden pasar a un segundo plano, no por falta de interés, sino por falta de tiempo. La salud puede también empeorar sobremanera si no se cuida.
En este sentido, los planes más agresivos tienen mayor coste, pero mayor potencial de velocidad; cuanto más se alargue el horizonte, más tiempo se pasa en el sistema, pero se puede llegar con mayor holgura. Sin embargo, son los riesgos más profundos los que tienen mayor peligro.
Por un lado, la identidad sufre cambios bruscos; puede empezar a girar en torno al rendimiento. No es solo la actividad en sí o el esfuerzo, sino la adaptación a una nueva forma de vida: poco a poco, uno puede acostumbrarse a no vivir. El riesgo va más allá de cansarse o quemarse; es normalizar una vida donde todo se evalúa en función de si te hace «avanzar».
El objetivo te da identidad y estructura. Construyes una identidad alrededor de optimizar tu vida: tu productividad, tus inversiones, tu ahorro, tus gastos. Dejas de preguntarte si quieres hacer algo; empiezas a preguntarte si te acerca o no al número, al futuro óptimo.
La optimización financiera suele presentarse como un acto de rebeldía contra el sistema. Sin embargo, cuando la motivación es puramente reactiva —escapar de algo— y no proactiva —ir hacia algo— el individuo corre el riesgo de construir su propia cárcel de productividad. Puede ser que el deseo no nazca de una necesidad de libertad, sino de una narrativa moldeada por redes sociales o el simple rechazo a un jefe.
¿Por qué no romper una lanza por el trabajo? También tiene muchos beneficios. Aporta estructura, rutina, comunidad y sensación de logro. Cuando alguien está «libre del sistema» pero realmente está viendo la tele solo en casa un martes a las 11 de la mañana, esa situación aunque excepcional, es sin embargo, solitaria.
Aquellas personas que llegaron a la meta y se encontraron vacías lo estaban porque su optimización actuó como una distracción. La falta de introspección previa eliminó el ruido mientras se acercaban a la meta que se suponía que iba a llenarles, pero solo dejó un silencio inquietante, propio de alguien que no sabe quién es sin sus obligaciones autoimpuestas.
Nietzsche lo vio venir. En La gaya ciencia escribió que la falta de ocio se había convertido en un vicio; que la sociedad moderna había aprendido a avergonzarse de no estar produciendo. Lo curioso es que el movimiento que promete liberarte del sistema reproduce exactamente esa lógica, pero con más intensidad.
Hay quien ha señalado esto con dureza. David Cerdá, en un ensayo reciente sobre el tema, describe el perfil con precisión: el tipo que se levanta a las cinco, toma duchas frías, filtra sus relaciones por si «suman» y convierte su vida en un dashboard. Su crítica no es contra el dinero, es contra la colonización total de la vida por una única lógica: ¿esto me acerca al objetivo o no?
Estoy muy de acuerdo con el diagnóstico, sin embargo, Cerdá ataca una caricatura y la confunde con el proyecto entero. Querer dinero suficiente para elegir cómo vivir no es lo mismo que convertir la vida en una hoja de Excel. Hay una diferencia entre el dinero como fin y el dinero como medio. Esa es precisamente la diferencia que define a un optimizador frenético de alguien que verdaderamente desea más «libertad acuñada».
Lo que sería más ingenuo aún sería caer en la falacia de la llegada. La creencia de que alcanzar una meta determinada nos proporcionará una felicidad duradera. Por ejemplo, Vinay Hiremath (Loom, 975 millones de dólares): perdió a su pareja de dos años y casi muere intentando escalar el Himalaya sin experiencia. Su frase resume perfectamente el fenómeno: «Soy rico y no tengo ni idea de qué hacer con mi vida». O el ejemplo de Justin Kan (Twitch, 970 millones de dólares): Vendió a Amazon a los 31. Cuatro años después: «Logré todo lo que soñé. Cuando tenía 35, me di cuenta de que era igual de infeliz que siempre».
Markus «Notch», el creador de Minecraft vendió su proyecto por 2.500 millones de dólares. Compró una mansión de 70 millones de dólares en Beverly Hills creyendo que le traería satisfacción. Un año después ponía un tweet: «Estoy en Ibiza rodeado de amigos y gente famosa, puedo hacer lo que quiera, y nunca me he sentido más aislado. El problema de conseguirlo todo es que te quedas sin razones para seguir intentando».
Aparte del dinero, el denominador común era que, durante años, el objetivo había sido quiénes eran. Y cuando llegaron, descubrieron que no sabían ser otra cosa y se perdieron en sí mismos. Está claro que la situación no es tan simple como elegir entre aceptar el sistema o rechazarlo por completo. Porque, en la práctica, la mayoría de las decisiones siguen condicionadas por un factor difícil de ignorar: el dinero.
El dinero compra opciones. No garantiza felicidad ni sentido, pero sí elimina muchas limitaciones. Tener más recursos amplía el rango de decisiones posibles. Negar eso sería simplemente iluso. Cualquier camino, mal elegido, puede ser destructivo. Debemos ser libres —primero de nosotros mismos— antes de tomar decisiones. Cuando apuntamos a una meta hemos de indagar en lo que realmente nos mueve, para evitar caer en la misma trampa que los empresarios mencionados.
Y podemos errar, por supuesto. Eso también es parte del camino. Está claro que el dinero no da la felicidad directamente. Si eres rico y desgraciado, más dinero no te hará nada. No podemos olvidarnos de simplemente ser —ser humanos— independientemente de las metas que nos pongamos. Porque ¿para qué sirve poder vivir totalmente libre si no lo sabemos hacer?


