Pensar el porvenir

Una nación debe proyectar su espíritu hacia el futuro, sin caer en la eterna nostalgia ni en el desarraigo cultural

|

Como señalábamos en nuestro anterior artículo, los estudios humanísticos son esenciales para la articulación de una identidad colectiva. Sin el conocimiento de los componentes de la historia, la literatura, la filosofía o el arte que han configurado nuestra razón de ser, es extremadamente difícil —si no imposible— sentir que formamos parte de un logos trascendente que supera toda dimensión temporal y material. Es imprescindible no solo conocer, sino aplicar un profundo análisis, réplica y crítica de estos componentes, que permita reforzar nuestra cultura y descubrir los elementos esenciales de nuestra cosmovisión particular.

Podríamos afirmar que esta cosmovisión es el producto de una comunidad orgánica, constituida a lo largo de los siglos por las aportaciones brillantes de pensadores y hombres de acción que decidieron cruzar el Rubicón con ideas nuevas y arriesgadas, pero fieles al espíritu del pueblo intangible y omnipresente.

Este espíritu (Volkgeist, como lo denominaba Herder) se puede manifestar en numerosas colectividades de diverso tamaño y notoriedad: desde una pequeña comunidad local hasta el amplio espectro al que llamamos Occidente, ambos caracterizados por ese logos común, asociado al espacio, que trasciende el tiempo y la materia, como ya se ha indicado. Sin embargo, con la intención de establecer un objeto de análisis definido, nos referiremos a esta comunidad orgánica como «nación».

No son pocas las teorías acerca de la naturaleza de la nación, una de las grandes inquietudes de la filosofía política desde el siglo XIX, por lo que elaborar un análisis exhaustivo de las interpretaciones de este concepto excede los límites de este artículo. Según Inman Fox, por ejemplo, la nación es el resultado de una manera de pensar y sentir a través de unos productos culturales que proporcionan imágenes e ideas para dar definición al pensamiento. Por otro lado, García Morente determina la nación como un acto espiritual colectivo de adhesión, en oposición a una perspectiva naturalista, que establece que las esencias de la nación están condicionadas por la sangre, la geografía, la raza o el idioma.

A diferencia de Morente, consideramos estos elementos naturales absolutamente capitales para la construcción de una identidad colectiva nacional (debido a su fuerte carga simbólica e intelectual, como ya hemos explicado), pero no bastan en sí mismos. La adhesión colectiva es imprescindible: una nación —o en su defecto, una comunidad— necesita conformarse en torno a una misión, a un porvenir histórico. La nación precisa una perspectiva de futuro común en sus integrantes, que sea respetuosa y fiel con el longevo espíritu del pueblo, pero que no tema dar pasos al frente para llegar a un nuevo puerto. El establecimiento de un porvenir colectivo es imprescindible para la supervivencia de una nación que conoce sus símbolos, su historia y su razón de ser. El desafío radica en proyectar ese espíritu hacia el futuro, sin caer en la eterna nostalgia ni en el desarraigo cultural.

Hay dos interpretaciones principales que se pueden hacer acerca del porvenir. En primer lugar, es obvio que tiene un fuerte componente material: todos los integrantes de una comunidad aspiramos a la mejora de nuestras condiciones de vida. Queremos vivir mejor que nuestros padres y que nuestros hijos vivan mejor que nosotros; un principio que fundamenta una gran parte de nuestro posicionamiento político. Al ciudadano común le interesa mucho más el bienestar material, la modernización técnica y la prosperidad económica que la metafísica política: necesita realidades medibles y empíricas en las que sustentar su existencia.

Un proyecto nacional estable y ambicioso debe, por tanto, augurar una mejora que sitúe a los integrantes de nación en una posición material privilegiada. Tal y como denunciaban los regeneracionistas a finales del siglo XIX y principios del XX, es imprescindible construir un espíritu nacional que contribuya al resurgimiento de la ciencia, las letras, la industria y la actividad económica. Es fundamental que este proceso de modernización sea leal a los principios que rigen la identidad de la comunidad y su razón de ser histórica.

Una lectura estrictamente material, claro está, no es suficiente para la consolidación de un porvenir al que adherirse, lo que nos lleva a la segunda interpretación principal de este concepto:  la lectura empirista—espiritual. Si los estudios humanísticos permiten conocer la esencia de una comunidad, es imprescindible aplicar estos conocimientos a la producción de nuevas ideas, obras literarias y creaciones artísticas que propongan soluciones de pensamiento a los problemas actuales, siempre fieles al espíritu que ha conformado la identidad nacional, pero, al mismo tiempo, repletas de novedad, riesgo y valentía.

No obstante, esto presenta un gran desafío: si se impone a la colectividad étnico-geográfica una cultura o una «solución» a los problemas que le es ajena, el pueblo se degenera y puede llegar a morir como colectividad orgánica para formar parte de la homogeneización masiva que estamos presenciando en el mundo moderno. Por ese mismo motivo, es imprescindible que este proceso sea liderado por unas instituciones o unas élites intelectuales que sepan identificar la razón de ser histórica de la nación y planteen nuevos modelos inspirados en ella.

Un árbol con las raíces cortadas morirá en poco tiempo: es imprescindible asegurarse de que estas raíces están bien asentadas para el surgimiento de majestuosas ramas que generen bellas flores y sabrosos frutos.