Si alguien me preguntara cómo mantener el poder, siempre le diría que jamás se exponga por completo. El control, el de verdad, no comienza con una identidad nítida, sino con un deseo velado. Aunque implique impacto físico, su munición siempre será psicológica. El rifle es lo que asoma, pero la bala es la que penetra. Y para bala, La bola. Aunque, si hablamos de realidad española, no sé muy bien por dónde empezar. Quizá porque esta historia tampoco empieza por la verdad ni apunta con pistola. Dispara nevando.
La nieve tiene algo oportuno para este relato: cae silenciosa, cubre las formas, uniforma el paisaje y consigue que durante unas horas confundamos lo que vemos con lo que hay debajo. Algo parecido sucede con Mar de Marchis. Cuanto más sabemos de ella, menos sencillo resulta afirmar quién fue.
Daniel Verdú podría haber escrito el retrato polvoriento de una impostora. Tenía todos los ingredientes: identidades falsas, fotografías ajenas, dinero, poder, periodistas prestigiosos, seducción, engaños. Material inflamable para el sensacionalismo. Sin embargo, La bola pasa de puntillas por ese barrizal. No absuelve a Mar, pero tampoco la empapa de morbo. Y creo que ahí reside buena parte de su inteligencia: Verdú no parece preguntarse solamente quién se escondía detrás de la máscara, sino por qué hubo tanta gente dispuesta a creer en ella aun cuando se la quitaba. Porque Mar de Marchis no existía, pero funcionaba. Y esa contradicción me parece fascinante.
En el anverso, María Jesús Marhuenda; en el reverso, Mar de Marchis: una arquitectura levantada con palabras, silencios y reflejos ajenos. Cosmopolita, poderosa, escurridiza, se fabricó una identidad magnética y una llave maestra capaz de abrir puertas que quizá su presencia desnuda jamás habría franqueado. Pero toda ficción necesita un cuerpo que la sostenga, y Mar revistió la suya con la imagen de otra mujer, apropiándose de sus fotografías para poner rostro a una existencia impostada. Mientras ella permanecía entre bambalinas, aquellas imágenes ocupaban el escenario y daban carne, gesto y apariencia de verdad al personaje.
Es ahí donde el fascinante juego de espejos comienza a resquebrajarse y deja al descubierto una arista mucho más incómoda. No estamos ante una anécdota pintoresca que pueda barrerse bajo la alfombra de la fascinación, sino ante una grieta ética que atraviesa el personaje de lado a lado. Porque aquella máscara no estaba vacía: tenía ojos, facciones y una biografía que pertenecían a otra persona. Una mujer que fue quedando atrapada en la telaraña de Mar, cediendo terreno hasta que la resignación empezó a confundirse peligrosamente con el consentimiento. Mientras una ensanchaba su personaje, la otra contemplaba cómo su propia imagen se alejaba de ella para empezar a vivir una vida que nunca había elegido. Pero su instrumento más eficaz quizá ni siquiera fuera una fotografía. Era la información. La mentira hecha poder.
Mar escuchaba, preguntaba, almacenaba. Sabía detectar inseguridades, acariciar egos para dominarlos hasta la extenuación, insinuar proximidades y administrar nombres ajenos como pequeñas monedas de cambio. Ésa era su patente de corso. Lo que alguien le confiaba podía reaparecer transformado en otra conversación. Así construía una suerte de cartografía sentimental del periodismo español: quién admiraba a quién, quién detestaba a quién, quién necesitaba trabajo, reconocimiento o simplemente sentirse importante. No manipulaba únicamente mediante la mentira; manipulaba mediante el deseo de los demás. Analizaba y encontraba su talón de Aquiles. Sus complejos la llevaron muy lejos. Y esta parte es bastante más inquietante, porque una mentira puede desmontarse con un dato. Una pulsión o una necesidad humana, no.
También obtuvo beneficios profesionales de ese mecanismo. Consiguió firmas prestigiosas, colaboraciones mal pagadas o gratuitas, contactos y acuerdos para una revista que terminó adquiriendo un peso cultural indiscutible. Pero sería demasiado cómodo convertirla por eso en una simple estafadora. Jot Down existió. Sus páginas han sido más reales que ella. Y más aún sus lectores. Hubo talento, intuición a golpe de editorial y una capacidad magnánima para reunir personas. La impostura convivió, incómodamente, con logros verdaderos.
Por eso me interesa que alrededor del libro haya aparecido una discusión. Hay quienes ven en Mar a una mujer maquiavélica que instrumentalizó incluso el cuerpo de otra mujer para alcanzar sus objetivos. Otros reprochan al relato que una mujer capaz de levantar un medio cultural desde la periferia y sin padrinos termine recordada principalmente por sus engaños. Las dos miradas me incomodan y, precisamente por eso, creo que merece la pena conservarlas. Yo no sé quién era Mar de Marchis. Y, después de leer el libro, tampoco estoy segura de que Daniel Verdú pretenda saberlo, dado que él llega hasta Mar a través de testimonios e incluso edulcora esta narrativa, repleta de trampantojos, obsesiones y sumisión voluntaria, rozando el delirio psicológico hacia el sexo opuesto. Pregunta a quienes hablaron con Mar, trabajaron con ella, discutieron con ella, la quisieron o acabaron detestándola. No afrontó un perfil tibio porque caminaba en el lodo más profundo. Jugaba con lobos gritando hambruna y sabía lo que querían devorar para permanecer en su bosque. Cada uno entrega una pieza distinta y necesariamente subjetiva. Verdú las contrasta, pero no puede fabricar una verdad químicamente pura. El periodista reconstruye a una mujer a partir de los recuerdos de personas que, paradójicamente, tampoco conocieron del todo a aquella mujer en su juego de espejos.
Leemos y juzgamos desde nuestra propia percepción. Nos preguntamos cómo pudieron creerla mientras aceptamos cada día identidades construidas en una pantalla. Para mí, fue la primera IA hecha mujer, genio y no figura. Daba lo que necesitaban. Pero con intereses muy elevados. Una ilusión muy cotizada. Quizá Mar entendió antes que muchos una regla bastante contemporánea: no siempre necesitamos que algo sea verdadero. A veces basta con resultar verosímil, atractivo y útil. Porque solo gana el relato cuando uno es capaz de convencer al resto de que es la verdad más próxima a la realidad, no el relato que, por más cierto y justo que sea, dormita en la fantasía.
Por eso, al terminar La bola, no me suscitó tanto interés arrancar máscaras venecianas. Lo que admiro hondamente es la fórmula secreta que encontró en nosotros para que la teoría fuese un éxito.
Mar murió y la ficción dejó de desarrollarse, como hizo Tim Burton con la película Big Fish. Pero queda una esfera negra merodeando por los pasillos de una época del periodismo español. Podemos seguirla, señalarla, incluso intentar detenerla con el pie. Defenestrarla con artículos futuros. Mancillar su imagen con nuevos testimonios. Pero nadie muere si en tierra sigue presente. No existe ensañamiento para quien ya no siente. Y ella ya se hizo un hueco en la historia del periodismo español.
En un seudónimo que nevará para siempre. Donde ahora los copos ya no caen sobre Roma. Caen sobre los nombres, sobre las fotografías, sobre los testimonios y sobre una mujer que quizá pasó tantos años inventándose y reinventando lo inventado que terminó haciendo imposible regresar al origen. Y bajo toda esa nieve permanece la pregunta que ni el libro ni nadie terminarán de sepultar: quién fue Mar de Marchis cuando apagaba el ordenador y nadie la estaba observando.
Quizás, viendo blanco el Panteón.


