Los libros que nos definen

Los libros son como espejos dormidos: al abrirlos regresamos a un lugar que nos aguardaba, deseoso de confiarnos un diamante que ya habitaba en nosotros

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Existe una delgada línea entre los libros que leemos y los libros que nos eligen. Como un funambulista que equilibra quirúrgicamente dos extremos, siendo una paradoja en constante bucle, pero buscando ser leída y guardando reposo para despertar del letargo en el momento idóneo. El lector, a veces voraz e inquieto, a base de compra impulsiva e instintiva, anhela encontrarse en un relato que no va a entender. Una alarma interna le posterga ese acto íntimo para otra historia que no tenía planificada. Otro aprendizaje, otra reflexión digna de ser puesta en cuarentena, pero no la apuntada en nuestra mente. Entonces, justo ahí, comprendemos que quizá no era el momento de elegir, sino de encontrarse.

Los libros son como espejos dormidos: al abrirlos regresamos a un lugar que nos aguardaba, deseoso de confiarnos un diamante que ya habitaba en nosotros. Siempre he pensado que este hábito es un acto de deseo ferviente en el que vamos hacia lo que ya sabíamos. Hacemos esa llamada al recuerdo, un faro íntimo que enciende la luz de la conciencia e ilumina, tímidamente, esa frase que incluso cambia el prisma de tu propia realidad. Deconstruye dogmas, edifica principios, eleva la amplitud de miras, cierra con aplomo finales y hasta revela nuestro poder personal, como un mensaje aparentemente inofensivo, pero cargado de brillo, entre el asombro y el estupor, digno de ser esa pieza clave en una llamada a la propia identidad. No podemos escapar de la esencia que nos habita, como no podemos huir de lo que debemos hallar a través de unas líneas.

Recuerdo cuando mis abuelos me pedían leer la Biblia, a los siete años, mientras ellos alternaban otras tareas. Mi cognición de Dios tenía una forma inocente, pueril y deforme, porque no era capaz de captar la esencia divina que envuelve la totalidad del ser. Mi abuela se enfadaba cuando le hacía mil preguntas, pero mayor era mi molestia por no conseguir las respuestas. Ahora, casi a mis treinta y cuatro años, lo retomo en ratos libres. Cómo cambia la forma de mirar cuando los años agregan otro ingrediente indispensable a nuestros códigos ontológicos, a la facultad necesaria para interpretar y ver más allá un texto cargado de sapiencia y amor sin finitud. Dios era el mismo, pero el tiempo resignificó la idea que guardaba de él. Desdibujarlo para otorgarle un profundo color. Cero dudas, más fe y pocos interrogantes que llevan a la misma respuesta. Una corriente que desemboca en el mismo lugar.

Algo similar sucedió cuando leí El código Da Vinci, a mis once años. La ficción también desvela, porque estimula una inspiración no albergada en la realidad. Entender, a través de recodos ocultos, simbología y diversas teorías, que nada es lo que parece. Aquello que guarda un secreto con sumo celo me dejó entrever hasta una facultad innata en mí: no permanecer en la superficie de ningún tema, porque quien no ahonda jamás desvela ni transmuta. Recuerdo cómo lo devoré en un fin de semana; no quería hacer otra cosa que leer.

Y si nos remontamos a los clásicos, Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. A los quince, infumable y digno de delirio; a los treinta, una obra de arte. La historia no se reescribe, pero es necesario mirar atrás, en algunas ocasiones, para reinterpretarla. La percepción es un juego de máscaras y la novela, según el momento, te planta una o te muestra otra. A los libros hay que darles segundas oportunidades. Lo mismo con la vida, con algunos vínculos y hasta con uno mismo. Hay historias que piden a gritos un fin y cerrar con llave. Pero hay otras que te dicen «espera», porque son como el vino y saben mejor cuando envejecen si les das el tiempo que ameritan. Me sucedió con todos los libros de Brian Weiss. Temática no digerible para escépticos, aviso a navegantes. Una espiritualidad que clama el rechazo si la miras con los ojos de un invidente. Pasaron cinco años: muertos de risa estaban, acumulando polvo más que ratos de lectura en el salón. Hasta yo misma me preguntaba por qué me vi impelida a comprarlos, si ahí estaban y mis intereses no tenían espíritu ni ganas para acercar posturas y comenzarlos.

Pero el momento llegó en seco, justo en un punto de inflexión personal. No buscar nada es, muchas veces, síntoma de encontrar mucho. Porque si digo «todo» estaría incurriendo en una falsa reverencia. Aun así, me hizo pensar en el deber de no desdeñar ningún relato, porque hacer lo contrario sería caer en arrogancia literaria, en una pretendida superioridad cultural que termina deslizándose hacia trampas elitistas, fanatismos ideológicos y carencias clasistas: creer que las grandes enseñanzas solo habitan en los mejores libros, en los clásicos, en los relatos inmortales. Me sucedió con este autor y no dejaba de repetirme: «¿Por qué no lo hice antes?». La respuesta era sencilla: porque no era el momento.

Por eso siempre diré que, como a cada cerdo le llega su San Martín, a cada libro le alcanza su tiempo. Y el mensaje ya aterrizará. Lo huele incluso antes que tú: sabe cuándo hay pista. Igual que el maestro, que aparece sólo cuando el alumno está listo. Igual que los pensamientos, la lectura aparece justo cuando empiezan a nacer nuevas preguntas. Y, justo ahí, todo se sincroniza para descubrirte un poco más.