Los libros de los que no leen

Existen quienes leen no por necesidad ni pasión, sino por apariencia

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Viajando en tren, en una conversación distendida entre dos chicos sobre libros, escuché dos posturas diametralmente opuestas acerca de la necesidad o no de leer.

Uno defendía que la lectura es imprescindible para el desarrollo individual y para forjar un espíritu crítico sólido; que, en estos tiempos de sobreinformación, sobreestimulación y constantes cortinas de humo, leer es casi una obligación para no perderse entre juicios y voces ajenas y aprender con cierto rigor. Está claro: quien sigue únicamente las ideas de otros abandona el camino que debe construir por sí mismo.

El otro bando, más encolerizado, libre y alternativo —aunque no exento de razón—, defendía la existencia de otras herramientas de conocimiento para quienes no disfrutan de la lectura, considerándolas igual de legítimas: «No puedo con la superioridad moral del lector sólo por el mero hecho de tener una rutina entre páginas y letras, pensando que sabe y vale más que muchos otros. No todos los que leen mucho aprenden a adquirir sabiduría. Algunos lo hacen por moda y otros ni siquiera prestan atención a la narrativa que tienen enfrente. No todo lo que reluce es oro. Por eso existen otras vías para alcanzar lo mismo. Viajar, por ejemplo. Créeme: las calles donde uno no es profeta son los lugares donde descubre gran maestría. Tú lees para entender el mundo, mientras yo hago lo mismo llegando hasta él. Y es igual de válido».

Aquellas últimas frases despertaron en mí la necesidad de abrir este melón. La lectura es una de mis grandes pasiones. Los libros enseñan, ordenan nebulosas mentales, redefinen principios, reorientan creencias, cuestionan la moral e incluso reconstruyen a quien los lee, despertando el ingenio, la creatividad y amplificando la mirada. Me he descubierto tantas veces entre páginas que ya no tengo fuerzas para abandonar este barco.

Me recuerda a aquella historia —que cito de forma laxa— de un joven al que le pidieron transportar agua con un colador hasta el otro lado del río. Toda el agua que entraba en el recipiente terminaba escapando. Sin embargo, al pasar, aquella misma agua filtraba sedimentos y residuos, dejando el colador limpio. Algo parecido ocurre con los libros. Aunque sólo seamos capaces de retener un porcentaje ínfimo de lo leído, el razonamiento, la síntesis y el ejercicio mental que dejan tras de sí constituyen el verdadero corolario de esta práctica: la construcción de una individualidad racional a través de la palabra.

No obstante, soy consciente de que no es el único salvoconducto hacia el enriquecimiento personal. Hay personas que encuentran otros derroteros, tan legítimos como saludables. Ya lo dijeron en aquel tren: «Aprendes sólo con un simple viaje». Porque cuanto más te mueves, más disfrutas de lo que te rodea. El mundo se hace más mundo. Aumenta tu capacidad de adaptación y aprendes a colocar, en el lugar correcto, la humildad, la empatía y el amor. Además, empiezas a otorgar verdadero valor a lo importante.

Viajar tiende puentes con otras costumbres, descubre tradiciones que jamás se habían asomado a tu ventana, te pierde entre museos, te obliga a improvisar y cuestiona aquello que siempre diste por sentado. Incluso desmonta algunos de esos grandes interrogantes que parecían imposibles de responder.

La experiencia posee un lenguaje tan propio que el criterio termina volviéndose profundamente genuino e individual. Pero eso sólo ocurre cuando el propósito del viaje es empaparse de aquello que se desconoce. Porque no basta con pisar territorio «comanche» y sacar cuatro fotografías. Eso lo hace cualquiera; lo difícil es impregnarse de verdad de aquello que no se comprende.

Y aquí es donde me inclino hacia el otro lado de la balanza. Porque también existen quienes leen no por necesidad ni pasión, sino por apariencia; por esa necesidad contemporánea de parecer interesantes, cultos o intelectualmente superiores. Como si un libro fuese, más que un refugio o una conversación íntima, un accesorio estético para exhibir en redes sociales.

Pero el amor verdadero por los libros no entiende de postureo. Se reconoce en los márgenes doblados, en las frases subrayadas, en las conversaciones interminables y en esa mirada de quien ha encontrado algo de sí mismo entre páginas ajenas. Y eso se nota. Un lector auténtico reconoce a otro casi de inmediato, igual que quien ha vivido mucho reconoce a quien también carga historias encima.

También he entendido algo: la cultura no pertenece exclusivamente a las bibliotecas. Hay quienes aprenden leyendo y quienes lo hacen viajando, perdiéndose en ciudades desconocidas, escuchando idiomas ajenos o sentándose a conversar con extraños en cualquier estación del mundo. Porque aprender, al final, no depende únicamente del formato, sino de la curiosidad con la que uno atraviesa la vida.

Quizá el verdadero error sea pensar que sólo existe una manera unilateral de comprender el mundo. Algunos encuentran respuestas entre páginas; otros, caminando por calles desconocidas. Pero ambos persiguen exactamente lo mismo: entender un poco mejor la vida y entenderse, también, un poco más a sí mismos.

Me reafirmo en mi título: hay libros para todos. Incluso para quienes no leen.