Lo que aprendí de sus 20’s

Juegos de palabras, frases con gancho y personalidad describen toda su trayectoria en una década especialmente curtida

|

Dicen que hay tres cosas que uno tiene que hacer en la vida: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Cuando llegue el momento —si llega—, llamará a la puerta lo primero; sigo planteándome lo segundo, aunque todavía no sé dónde; y, algún día, seguro, llegará el tercero. Mi amiga Irene, sin embargo, ya lo ha conseguido con Todo lo que aprendí a mis 20’s. Y de qué manera. Un «bebé», como lo llama ella, trabajado con mimo, con fugas emotivas, de espíritu llano y muy, muy completo. Nada que pueda definirla mejor.

Juegos de palabras, frases con gancho y personalidad describen toda su trayectoria en una década especialmente curtida. Cuando la conocí, hace dos años, fue precisamente eso lo que pensé: cuánta vida puede contarte alguien tan joven y cuántas experiencias pueden concentrarse en tan poco tiempo. Sin duda, leer su libro os confirmará lo que os he colado de manera introductoria con calzador pequeño, pero resistente.

Para mí, ha sido como tener una de esas conversaciones largas a su lado. Sólo que aquí hay más detalle, más anécdotas, muchas más reflexiones y todo está mucho más entrelazado. Porque las cuestiones que pone sobre la mesa en sus páginas conservan la misma naturalidad que sus mensajes de WhatsApp a horas intempestivas:

«Ángela, venga, ¿qué le dirías a tu yo de hace unos años si viera que estás haciendo esto?». «Ángela, ¿te has percatado de esto?». «Ángela, tengo que contarte una anécdota que me ha hecho caer en la cuenta de una cosa». Spoiler: nadie tiene un mapa, pero mi amiga sacaba audio cuando menos lo esperabas.

Yo pensaba que lo compartido con Irene era la versión larga, pero no. Era el tráiler de lo que se avecinaba en casi 200 páginas. Porque sus experiencias, una vez escritas, se conceptualizan todavía más. Te habla del amor a los veinte, pero con la visión de quien se acerca a los treinta. Vuelve a un final o a un fracaso con la lección ya traída a casa, con esa distancia que permite entender lo que entonces únicamente se podía sentir. Y lo hace sin que la lectura resulte costosa ni pretenda entregarte una respuesta cerrada. Más bien te deja la pregunta encima de la mesa para que tú hagas el resto.

Porque en estas páginas hay amor, claro, pero la visión no es nada reduccionista. Hay gente que llega y gente que se va, amistades, familia, trabajo, jefes y líderes, cartas que probablemente necesitaban ser escritas y pensamientos que sólo parecen encontrar su sitio cuando se convierten en palabras. Hay finales, comienzos y unos cuantos «me he dado cuenta de que…» que funcionan casi como puntos de inflexión. Al final, sus veinte aparecen como lo que realmente es una década: una mezcla desordenada de personas, decisiones y momentos que, vistos con cierta distancia, empiezan a parecer mucho más conectados de lo que uno creía mientras los estaba viviendo.

Y luego están sus teorías. Porque si hay algo muy de Irene es su necesidad de sacar una teoría de casi todo. No le basta con que algo suceda: tiene que observarlo, darle vueltas, desmontarlo, comentarlo y volver a montarlo hasta encontrar alguna explicación. Algunas nacen de acontecimientos importantes y otras de situaciones aparentemente insignificantes, pero todas tienen ese punto suyo de intentar comprender por qué hacemos lo que hacemos, qué nos lleva a elegir a unas personas y no a otras o por qué repetimos determinados patrones aun sabiendo, a veces, cómo van a terminar.

Y aquí es donde, probablemente, más la he reconocido. Irene puede empezar contándote una anécdota cualquiera y, cuando te quieres dar cuenta, ha construido alrededor de ella una reflexión completa. Puede empezar hablando de algo que le pasó ese mismo día y terminar preguntándote por una decisión que tomaste hace cinco años. Es esa necesidad constante de relacionar, preguntar y encontrar el hilo que une unas cosas con otras. De ahí que leerla se parezca tanto a hablar con ella: una experiencia conduce a una idea, esa idea abre otra pregunta y esa pregunta acaba conectando con algo que parecía no tener nada que ver.

Quizá por eso el título le sienta tan bien: nadie tiene un mapa. Durante los veinte uno puede tener la sensación de que los demás saben algo que tú todavía no has descubierto; que existe un momento correcto para encontrar pareja, acertar profesionalmente, conservar determinadas amistades o tener claro hacia dónde vas. Después empiezas a sospechar que casi todos están improvisando y que buena parte de crecer consiste precisamente en aprender a desenvolverte sin esas instrucciones que dabas por hecho que algún día llegarían.

Y ahí está también una de las virtudes de Irene al contarlo: habla desde lo vivido, pero no intenta convertir su experiencia en una norma universal. Sus conclusiones son suyas y sus teorías también, pero dejan hueco para que quien lee las discuta, las comparta o piense inevitablemente en las propias. Porque no hace falta haber vivido exactamente lo mismo para reconocerse en una duda, en una decepción, en una despedida o en esa sensación tan propia de los veinte de estar tomando decisiones importantes sin tener del todo claro qué estás haciendo.

Leerla, además, tiene para mí una particularidad añadida: conozco a la persona que está detrás de esas páginas. Hay frases en las que prácticamente puedo escucharla hablar y otras ante las que he pensado: «¿Cómo no hemos hablado nunca de esto?». Y eso me parece especialmente curioso. Puedes conocer mucho a alguien, compartir conversaciones, confidencias y horas de mensajes y, aun así, descubrir que quedan rincones a los que sólo accedes cuando esa persona decide sentarse, ordenar lo vivido y escribirlo.

Quizá por eso no he sentido que estuviera descubriendo a una Irene diferente, sino completando a la que ya conocía. He encontrado por escrito muchos de los mecanismos que ya intuía en ella: su manera de darle vueltas a las cosas, de cuestionarse lo ocurrido, de intentar extraer algo incluso de aquello que no salió como esperaba. Y también he encontrado historias, pensamientos y conclusiones que nunca habían aparecido en nuestras conversaciones. Al final, su libro no habla de lo que Irene aprendió durante sus veinte, sino de la manera en que ha decidido mirarlos ahora.

Con la distancia suficiente para reírse de algunas cosas, comprender otras y asumir que todavía quedan preguntas abiertas. Porque quizá cumplir años no consista en acumular respuestas, sino en aprender a formular mejor las preguntas. Y, si algo deja claro este libro, es que Irene lleva unos cuantos años haciéndoselas.

Aunque Irene está empezando en este mundo, yo sé que esto es sólo incipiente. Empieza a asomarse no sólo el resultado de las cartas, los pensamientos y las ideas que fueron conformándola durante esta década vivida, sino mucho más. Es el inicio de un camino en el que las ideas, el bolígrafo y el papel nunca han estado lejos de ella, porque sin ellos sentiría que le falta algo. Y ahora empieza a darse cuenta de lo unidos que siempre han estado.

Una vez más, enhorabuena. Todo lo que tu boli trace se firma con éxito.