Esta semana una joven de 25 años ha decidido enfrentarse, armada con su teléfono móvil y una confianza injustificada en sí misma, a un párrafo de Cumbres Borrascosas. La escena, de un patetismo casi entrañable, consiste en verla intentar leer en voz alta un fragmento que contiene, entre otras atrocidades decimonónicas, la expresión «por antonomasia». La palabra, que durante siglos ha servido a generaciones enteras sin provocar colapsos neurológicos, aparece ante ella como una reliquia hostil, un artefacto lingüístico de procedencia sospechosa, quizá victoriana, quizá directamente infernal.
Se detiene. Retrocede. Vuelve a intentarlo. Tropieza de nuevo. Las sílabas se resisten, se insubordinan, rehúsan cooperar. El resultado es un espectáculo que oscila entre la tragedia educativa y la comedia involuntaria. No tanto por la ignorancia puntual, que es, al fin y al cabo, un estado natural, sino por la perplejidad indignada que la acompaña. La joven no entiende varias palabras y, lejos de considerar la posibilidad de que el problema resida en su propio acervo léxico, concluye que el libro es culpable de existir en un estado tan poco considerado.
Pero la revelación verdaderamente extraordinaria llega después. La joven explica, con una candidez que merece figurar en los anales de la ingenuidad contemporánea, que ella creía que las traducciones de los clásicos se iban actualizando con el tiempo. Que alguien, en algún lugar, se encargaba de adecentar el texto, de pulir sus asperezas, de aproximarlo al registro vernáculo de la ciudadanía moderna. Que Emily Brontë, o en su defecto una comisión de funcionarios competentes, habría tenido la deferencia de sustituir esas palabras incómodas por equivalentes más hospitalarios, más dóciles, más afines al espíritu de nuestra época.
Es una idea fascinante. La noción de que los clásicos, como los electrodomésticos o las aplicaciones móviles, reciben actualizaciones periódicas para garantizar su compatibilidad con el usuario contemporáneo. Que existen, en algún despacho ministerial, técnicos dedicados a la empresa civilizatoria de traducir el siglo XIX al dialecto de TikTok. Que la literatura, en lugar de ser un territorio al que uno accede con cierto esfuerzo, es un servicio público que debe adaptarse a las necesidades expresivas del consumidor final. «Por antonomasia» desaparecería, sustituida quizá por «en plan», esa locución ubicua que lo mismo sirve para introducir un matiz que para rellenar un vacío.
El episodio sería anecdótico si no revelara algo más profundo. No estamos ante una incapacidad individual, sino ante el resultado lógico de un sistema que ha decidido abolir, de facto, la exigencia. Durante generaciones, la educación cumplía una función elemental: garantizar que cualquier individuo que atravesara sus aulas adquiriera un dominio funcional del idioma. No una erudición exquisita ni un refinamiento aristocrático, sencillamente la capacidad básica de leer un texto sin desfallecer en el intento.
Leer en voz alta, por ejemplo, era una práctica habitual. Una pequeña ordalía cotidiana que obligaba al alumno a enfrentarse al lenguaje sin mediaciones tecnológicas ni subterfugios. Había dictados, había correcciones, había diccionarios. Se asumía, con una sobriedad hoy casi conmovedora, que el lenguaje era la infraestructura misma del pensamiento.
Hoy, en cambio, parece haberse impuesto una pedagogía de la indulgencia. Se promueve el hábito lector como quien promueve el consumo de fibra, pero se evita cuidadosamente cualquier experiencia que pueda resultar intimidante. Ya no se trata de que el alumno domine el idioma, sino de que mantenga una relación cordial con él. El fracaso, esa institución venerable que durante siglos actuó como corrector de ilusiones infundadas, ha sido progresivamente abolido. Suspender es traumático, exigir es elitista, corregir es violento.
El resultado es una generación que ha crecido rodeada de texto, pero ajena a él. Nunca se ha escrito tanto, nunca se ha leído tanto en términos cuantitativos, y sin embargo nunca ha sido tan evidente que la lectura, entendida como acto de comprensión profunda, es una actividad en retroceso.
Hay, además, un elemento de soberbia en esta relación deteriorada con el lenguaje. La expectativa de que la comprensión debe ser inmediata, de que cualquier obstáculo es una anomalía. Durante siglos, el lector asumía que el encuentro con un texto implicaba un cierto grado de esfuerzo. Hoy parece haberse invertido la ecuación. Es el texto el que debe justificarse, el que debe demostrar su pertinencia, el que debe adaptarse a las limitaciones del lector.
La joven del vídeo no considera la posibilidad de consultar un diccionario. No contempla la hipótesis, perfectamente razonable, de que el desconocimiento de una palabra es una invitación al aprendizaje. En su lugar, expresa una suerte de agravio, como si el libro hubiera incurrido en una descortesía. Como si Emily Brontë hubiera redactado su novela con el propósito específico de incomodarla a ella, más de siglo y medio después. Lo verdaderamente alarmante no es que no entienda «por antonomasia», es que no entienda que debería poder hacerlo.
Porque el lenguaje no es un adorno cultural, ni una extravagancia de salón, ni una filigrana reservada a ociosos decimonónicos, es la herramienta que permite pensar con precisión, distinguir matices, formular ideas complejas. Sin esa herramienta, el pensamiento se empobrece inevitablemente. La realidad se vuelve borrosa, indistinta y refractaria al análisis.
No se puede tener una sociedad funcional compuesta por individuos incapaces de comprender textos ligeramente exigentes. No se puede sostener una conversación pública seria si el vocabulario disponible no permite nombrar aquello que debe discutirse. La degradación del lenguaje precede siempre a la degradación del pensamiento, es una ley histórica tan inexorable como poco espectacular.
Durante mucho tiempo se asumió que la educación obligatoria garantizaba ese mínimo común denominador. Que el Estado, en su magnanimidad administrativa, se encargaría de producir ciudadanos capaces de leer, sumar, escribir y comprender. Hoy esa confianza parece, en el mejor de los casos, optimista.
Porque el lenguaje, como cualquier otra facultad humana, requiere ejercicio. Requiere exposición, esfuerzo, perseverancia. No se adquiere por ósmosis ni se instala mediante actualización automática. No hay atajos tecnológicos ni reformas pedagógicas que puedan sustituir el proceso elemental de enfrentarse a las palabras, una tras otra, hasta que dejan de ser extrañas. Leer no es sólo pasar los ojos por una página y, si a los 25 años todavía no se puede hacer sin tropezar, el problema no es Emily Brontë. El problema es todo lo demás.


