Octubre tiene algo de reunión de resultados. De pronto, miramos el año como si alguien fuera a pedirnos explicaciones sobre su rentabilidad. Qué hemos conseguido, cuánto hemos ahorrado, a quién hemos conocido, qué decisión seguimos aplazando y por qué nuestra vida todavía no se parece demasiado a la que imaginamos en enero.
Comienza el último trimestre y todos parecemos entrar, también fuera del trabajo, en nuestro particular Q4.
En el lenguaje empresarial, el cuarto trimestre sirve para revisar objetivos, cerrar operaciones y comprobar si el año termina con beneficios o pérdidas. En la vida hacemos algo parecido, aunque sin hojas de cálculo y con indicadores bastante menos fiables. Repasamos los propósitos que escribimos en enero y descubrimos, con cierto dramatismo, que diciembre está mucho más cerca de lo previsto.
Empieza la auditoría
¿Hemos cambiado de trabajo? ¿Hemos aprendido inglés? ¿Hemos ido al gimnasio? ¿Tenemos pareja? ¿Hemos ahorrado lo suficiente? ¿Hicimos aquel viaje? ¿Somos ya la persona organizada, estable, saludable y emocionalmente responsable que aseguramos que seríamos?
Septiembre todavía permite fingir que queda mucho año. Octubre ya no colabora. Quedan tres meses y sentimos que todo debería acelerarse. La decisión profesional que llevamos medio año aplazando. La conversación pendiente. La relación que no sabemos definir. El curso que abandonamos en la tercera lección. Incluso aquello que ni siquiera deseábamos demasiado en enero empieza a parecernos urgente cuando descubrimos que quizá no podremos tacharlo antes de las uvas.
No basta con vivir el año: al parecer, también hay que justificarlo. Las redes sociales ayudan bastante poco. Mientras uno revisa sus objetivos incumplidos, los demás parecen estar presentando sus resultados anuales. Ascensos, bodas, embarazos, mudanzas, viajes y oposiciones aprobadas. Cada publicación funciona como el informe de gestión de una empresa que, desde fuera, siempre parece cerrar en positivo.
Nadie publica el trimestre en el que no ocurrió nada
Tampoco solemos mostrar los planes que salieron mal, las decisiones que seguimos sin saber tomar o los meses dedicados simplemente a mantenernos a flote. No existen demasiados anuncios para comunicar que continuamos en el mismo puesto, que todavía no podemos comprar una casa o que este año no hemos encontrado el amor de nuestra vida, pero sí hemos aprendido a irnos antes de perder la nuestra.
Son avances difíciles de incluir en una gráfica. Quizá por eso medimos el año mediante resultados visibles. Es más sencillo contar viajes que cambios interiores, certificados que dudas resueltas, kilómetros recorridos que lugares de los que por fin hemos sabido marcharnos. Necesitamos pruebas de que hemos avanzado, aunque avanzar no siempre produzca una fotografía.
A veces el mayor logro del año es no volver
No volver a una relación que nos hacía daño. No regresar a una versión de nosotros construida para agradar. No aceptar una oportunidad que parecía buena sobre el papel, pero no encajaba con la vida que queríamos. También hay años en los que el beneficio consiste en haber perdido algo que ya pesaba demasiado.
Pero eso no suele aparecer en los balances. Nos hemos acostumbrado a pensar en términos de crecimiento constante: más experiencia, más ingresos, más viajes, más disciplina, más contactos, más objetivos. Incluso el descanso parece necesitar una finalidad productiva. Paramos para rendir mejor, dormimos para ser más eficientes y salimos a caminar mientras escuchamos un pódcast con el que aprender algo.
Hasta desconectar debe ofrecer rentabilidad. El problema es que una vida no funciona como una empresa. No todos los años están diseñados para crecer. Algunos sirven para sostener. Otros, para cerrar. Hay ejercicios en los que se construye mucho y otros en los que apenas se consigue entender qué merece la pena conservar. También hay objetivos que caducan.
Propósitos que escribimos en enero porque parecían razonables, porque todos los demás los tenían o porque todavía no sabíamos lo que iba a ocurrirnos. Metas pensadas por una versión de nosotros que ya no existe y a la que, sin embargo, seguimos rindiendo cuentas.
Tal vez no hayamos fracasado. Tal vez simplemente dejamos de querer aquello que nos prometimos conseguir. No es fácil reconocerlo. Renunciar a un objetivo puede parecer una derrota, especialmente cuando hemos hablado de él en voz alta. Por eso insistimos en decisiones que ya no nos representan. No porque sigamos deseándolas, sino porque abandonarlas alteraría demasiado el relato que habíamos construido sobre nosotros mismos.
Queríamos que el año tuviera una estructura impecable: planteamiento en enero, desarrollo durante la primavera y desenlace feliz antes de Navidad. Pero la vida tiene cierta resistencia a respetar los calendarios editoriales. Hay historias que empiezan en noviembre. Decisiones que necesitan llegar tarde. Oportunidades que aparecen cuando ya habíamos dado el año por cerrado. Y temporadas cuya única enseñanza consiste en aceptar que no todo necesita resolverse antes del 31 de diciembre.
Quizá deberíamos revisar nuestros resultados con otros indicadores. Cuántas veces hemos elegido con más libertad. Cuántas conversaciones difíciles nos hemos atrevido a tener. Cuántas personas han encontrado refugio en nosotros. Cuánto de lo que hacemos responde realmente a lo que queremos y cuánto seguimos sosteniendo porque queda bien quererlo.
Puede que el balance cambie bastante. A lo mejor no conseguimos todos los objetivos, pero aprendimos a elegir cuáles merecían nuestro esfuerzo. No llegamos donde imaginábamos, pero dejamos de caminar hacia lugares que nunca fueron nuestros. No cerramos el año con todas las respuestas, aunque empezamos a hacernos preguntas más honestas.
Y eso también debería contar como crecimiento. Octubre seguirá llegando con sus hojas de cálculo imaginarias y esa sensación de que el tiempo empieza a descontarse. Intentaremos comprimir doce meses de expectativas en un último trimestre y convertir diciembre en una fecha de entrega.
Quizá no necesitemos salvar el año
Quizá baste con dejar de exigirle que cumpla las previsiones de una persona que, en enero, todavía no sabía todo lo que iba a pasarle. Porque una vida no se mide únicamente por los objetivos alcanzados, sino también por todo aquello que aprendimos a no perseguir. Por suerte, nosotros no cerramos por ejercicio.



