La técnica infalible

Un amigo inconformista me mostró la solución a uno de esos pesados problemas de la vida contemporánea

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El verano es época de reencuentros. Amistades que andan a la deriva por tierras lejanas aprovechan los meses de asueto para volver a asomarse por su antiguo hogar. Como esas plantas que necesitan muy poco riego, es el momento de dedicarles la atención justa para evitar perderlos para siempre en el torbellino de la vida. Con la multiplicación de las obligaciones que traen los años, encontrar tiempo se hace más difícil, pero este tipo de citas cuenta con la ventaja reconfortante de permitir engañarse y rejuvenecer por unas horas, retrotraerse al pasado como si la última década, o más, fuera una anécdota que no ha cambiado quienes éramos.

No recuerdo cuánto tiempo había pasado sin verlo. Tal vez eran tres años. Él decía que cinco. Se fue de España porque su personalidad heterodoxa no le permitía amoldarse a la mayoría, y fue eso mismo lo que eternizó su estancia en el extranjero, que ya tenía carácter indefinido. Poco amigo de jerarquías y de formalismos, se ganaba la vida en el proceloso mundo del comercio internacional, donde mientras las cuentas cuadren, la confianza se mantiene. Esa objetividad que nunca habría encontrado en su patria era lo que marcaba el rumbo de su vida.

Habíamos quedado a cenar, en una localidad costera, de esas que en verano tienen la población de una capital de provincias mediana pero que al empezar septiembre se quedan vacías por completo. Tras las cortesías de rigor —«¿Cómo están tus padres?» «Me habría gustado poder ir a la boda de tu hermana»—, la conversación se centró en su análisis de cómo encontraba España, como siempre desde su marcha hace ya media vida. Seguía siendo un conversador lo bastante inteligente como para no caer en vulgares alabanzas del extranjero. Esta vez le sorprendía el aire de derrota que encontraba en todos, sin importar condición, sin importar éxitos o fracasos. Ya lo había percibido en su última visita, pero entonces no se atrevió a darle rango definitivo y se limitó a achacarlo a la coyuntura pandémica. Tras un par de semanas de veraneo, pensaba que entonces se había equivocado y que la resignación fatalista a lo que viniera se había convertido en un rasgo constitutivo de los españoles.

De repente, tuvimos que interrumpir nuestra conversación, porque en la mesa de al lado, que hasta entonces había estado vacía, se sentó una pareja, con aspecto de estar al borde de la jubilación, por encima de los sesenta años. Nada más pedir sus bebidas decidieron que aquel era el momento y el lugar para tener una videollamada. No debían de oír demasiado bien, porque el volumen del aparato superaba lo aconsejable. Al otro lado de la línea, alguien cercano, en apariencia residente en otro país, porque en lo que se atisbaba de la pantalla del teléfono se veía que allí donde estuviera era mediodía. Decidimos no obcecarnos en continuar charlando para observar la situación. Los camareros iban y venían, con gesto molesto, pero, aunque atendieron varias veces aquella mesa en mitad de la terraza, no hicieron ningún movimiento para acabar con aquello. Lo que parecía que iba a ser un par de minutos comenzó a eternizarse. Todas las mesas estaban pendientes de aquel espectáculo, pero nadie se animaba a hacer nada. Sólo empezó a oírse un murmullo cobarde, en el que se adivinaban palabras malsonantes. Miré a mi amigo con el cansancio de quien ha vivido ese mismo episodio un millar de veces, y con un gesto de soslayo le sugerí que nos fuéramos de allí. Negó con la cabeza, mientras con brillo en los ojos sacaba su móvil y empezaba a buscar algo. Percibí esa malevolencia que ya en la niñez transmitía cuando estaba a punto de dejar en evidencia a alguien. Extendió su brazo hacia aquella mesa, con el teléfono apuntando en esa dirección, cuando de su aparato empezaron a sonar, estruendosas, las más famosas notas de la banda sonora de Psicosis.

La confusión se apoderó de la terraza durante unos segundos, hasta que aquellos dos, insensibles hasta ese momento a todo lo que ocurría a su alrededor, enrojecieron y terminaron su llamada apresuradamente, enfadados. Al fondo se oyó una carcajada. De vuelta el anhelado silencio. Enseguida la pareja empezó a quejarse al camarero por tardar en traerles la comida. El encargado acudió, presuroso, a disculparse. Mi amigo pidió otra botella de vino. Al brindar, un anciano alzó su copa unas mesas más allá, mientras nos devolvía una mirada de aprecio. «No entiendo por qué los dejáis campar a sus anchas», me dijo mi amigo mientras volvía a servirme. Lo miré, envidioso de su vitalidad, dolorosamente consciente de que tenía razón.