Humanismo identitario

Las Humanidades deben contribuir a edificar una conciencia social colectiva basada en el legado y la construcción de un porvenir cultural

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El colapso civilizatorio no aparece cuando las comunidades pierden poder económico, sino cuando dejan de comprender quiénes son. La sociedad actual entiende mayoritariamente la formación académica como la preparación para una vida laboral consistente en redactar informes, rellenar excels y generar plusvalías a una compañía que posteriormente ingresará una generosa nómina a un trabajador que entonces habrá saboreado las mieles del éxito. Gran parte de alumnos escogen una carrera universitaria por la facilidad que les proporcionará para obtener un buen empleo. Es esencial asegurarse que los estudios seleccionados tengan unas «buenas salidas»; han de ser un rápido trámite que permitan la colocación más inmediata en el trabajo que mayor cantidad dinero permita obtener.

Esta mentalidad, en realidad, es perfectamente comprensible, y más todavía en el desalentador panorama que se presenta hoy a los jóvenes, que asumen las consecuencias de un sistema que los ha abandonado y que no piensa recular por orgullo e incapacidad. Hay que sobrevivir como buenamente se pueda, aunque signifique para muchos integrarse en esa rueda endogámica y decadente que ignora su inminente desastre, como una rana que no se percata de la progresiva ebullición del agua donde reposa y muere hervida.

Sin embargo, la proliferación de esta visión ha generado un estigma hacia los estudios humanísticos, a los que se ha considerado inútiles o hasta ridículos; no son «carreras de verdad», ya que no tienen «salidas». Parecen estudios de segunda categoría, a los que se verían relegados los alumnos que carecen de la aptitud o la capacidad para cursar grados de más calidad, lo que en consecuencia les proporcionaría una posición más desfavorable en la jerarquía social.

Este estigma es absolutamente nocivo para una sociedad que sufre la escasez de nuevas voces en el ámbito cultural (lo que a su vez provoca una creciente desintelectualización de su población y sus instituciones) y la sobrerrepresentación de personal en algunos sectores que se ven desbordados de oferta, pero no de demanda. A su vez, las facultades de Humanidades, cuyos programas académicos son criticados e infravalorados por la perspectiva puramente mercantilista, reciben una menor cantidad de alumnos talentosos y apasionados; algo que podría provocar la disminución de potenciales investigaciones novedosas y arriesgadas.

Los prejuicios hacia los estudios de letras son una potente barrera de entrada para jóvenes que podrían leer, escribir y enriquecer a la comunidad académica (y social) con nuevas ideas. No se acaban inscribiendo a estos programas al conceder más importancia a la promoción laboral, ya que se entienden los estudios superiores como un tránsito necesario para el acceso al mercado del trabajo.

Esto, por supuesto, tiene una clara lectura política. Tal y como concluyen Goldstein y Shemer en su artículo Majors and Minds: How Academic Fields Shape Political Attitudes (2025), los estudios de humanidades y ciencias sociales fomentan una ideología de izquierdas en los alumnos, debido a la enseñanza y los marcos normativos propios de estas disciplinas. Como sostienen los investigadores, esto se debe al planteamiento sociocultural intrínseco a esta rama del conocimiento, que se encuentra ante la dificultad de establecer interpretaciones objetivas. El enfoque de estos estudios hacia el análisis estructural de carácter postmoderno, materialista y postcolonial —una breve búsqueda por los programas de las asignaturas de las facultades de letras evidencia esta realidad— acaba extendiendo y alimentando esta dicotomía.

Mientras los estudios de negocios alimentan una ideología de derecha liberal en lo económico y desideologizada en lo social, preocupada esencialmente por el orden, la empleabilidad o la fiscalidad, las humanidades apuntan hacia una izquierda que pone su foco en el activismo cultural. El mencionado estigma hacia los estudios de este ámbito acaba reforzando a su vez la dialéctica del enfrentamiento entre «oprimidos» y «opresores», que alimenta todavía más las perspectivas de izquierda. Existe, por lo tanto, un vacío por rellenar: hace falta entender los estudios humanísticos desde una perspectiva identitaria y nacional, que contribuya a edificar y reforzar una conciencia social colectiva basada en el legado, el esencialismo cognoscitivo y la construcción de un porvenir cultural coherente con una razón histórica nacional.

Los intelectuales y académicos han de contribuir en la elaboración de un discurso profundo y coherente, caracterizado por el estudio y difusión de la historia, la filosofía, la literatura, el arte o la teología; disciplinas que están mucho más correlacionadas de lo que generalmente se concibe, ya que configuran las inquietudes, razones de ser y voluntad colectiva de los pueblos. Una crisis de las humanidades es al mismo tiempo una crisis de identidad.

Por lo tanto, el humanismo, la cultura y la investigación deben ejercer como pilares fundamentales para articular una visión nacional e identitaria con impacto real en la sociedad (y, consecuentemente, en las instituciones que han de contribuir a que la esta sociedad alcance la virtud moral a través de sus principios configuradores). Para la oportuna defensa del arraigo cultural, es imprescindible saber con exactitud qué defendemos, qué reivindicamos, quiénes somos y de dónde procedemos. Debemos conocer nuestros logos, símbolos y mitos, que configuran nuestros quehaceres colectivos y otorgan sentido y propósito al futuro.

La simbología y mitología abarca gran parte del foco de los estudios humanísticos. Tal y como señala Cardells-Martí en su obra Mito y nación, el mito es una ley moral que trasciende toda lógica y cumple tres funciones fundamentales: ejemplarizante o moral (mediante la concesión de razones mayúsculas que apelan a nuestra psicología interna), normativa (como instrumento socializador y defensor del orden establecido desde la tradición cultural) y nacional o cohesionadora (formando una identidad colectiva a través de la sobredimensión de un pasado territorial, entroncándolo con lo trascendente divino o lo humano heroico).

El humanismo como constructor de identidad bebe de la importancia de la tradición, busca un sentido crítico a la existencia de las personas y los sistemas que han construido y se preocupa especialmente por seguir cimentando nuevas experiencias y conocimientos que permitan la pervivencia y transmisión de una razón de ser trascendente que ha de pervivir durante generaciones. Es imprescindible, por tanto, que las instituciones apuesten por el fomento y reforma de estas disciplinas del saber, para consolidar el desarrollo de un discurso cultural que indudablemente les ha de beneficiar.

Mientras la izquierda fundamenta las relaciones humanas en la dialéctica de clases y la lucha por el poder y la derecha liberal aspira a cuadrar hojas de cálculo de forma notablemente desideologizada, el humanismo identitario proporciona una razón de ser, un sentido evidente a las acciones que tomamos y una supervivencia a un patrimonio intangible que correría el riesgo de desaparecer. Es una disciplina que no da tantísimo dinero ni estabilidad material como una carrera en una big four, pero ejerce una función social de la que no se debe prescindir.