El debate reabierto en torno a Groenlandia ha devuelto a la esfera pública una pregunta que Europa lleva décadas esquivando: ¿debe realmente su seguridad a los Estados Unidos o, más bien, la presencia militar estadounidense en el continente ha respondido, desde 1945, a los intereses propios de Washington?
En Bruselas y en muchas capitales europeas se da por sentada la existencia de una deuda moral y estratégica con los Estados Unidos. Sin embargo, cuando se observa la historia con algo más de frialdad, esa idea empieza a resquebrajarse.
Conviene empezar por una aclaración básica que a menudo se pasa por alto: Europa no es lo mismo que la Unión Europea. Europa es un continente, una civilización con siglos de historia; la Unión es un proyecto político reciente. Confundir ambas cosas facilita el discurso, pero oculta el hecho de que Europa no eligió libremente el marco estratégico que la rige desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo asumió en un contexto de derrota, ocupación militar y dependencia, marcado por la lógica implacable de la Guerra Fría.
Desde 1945, la presencia militar estadounidense en Europa ha sido constante y a niveles que todavía muchos desconocen. Bases, tropas, armamento nuclear e infraestructuras de inteligencia forman parte del paisaje estratégico europeo desde hace casi ochenta años. A menudo se habla de «protección», pero la realidad se parece más a una tutela prolongada, sostenida porque encajaba perfectamente con las prioridades globales de los Estados Unidos.
La arquitectura de seguridad que se construyó tras la guerra —y que acabó cristalizando en la OTAN— no nació para garantizar la soberanía europea. Su objetivo principal fue contener a la Unión Soviética, asegurar la proyección de poder estadounidense en Eurasia y evitar que Europa recuperara una autonomía estratégica plena. Que ese sistema aportara estabilidad no cambia su razón de ser.
Dicho de otro modo: gran parte de lo que hoy se presenta como una «deuda» europea en materia de defensa fue creado para cubrir necesidades estadounidenses, no europeas. Washington necesitaba bases avanzadas, profundidad estratégica y aliados fiables. Europa puso el territorio y aceptó el alineamiento, muchas veces a costa de su capacidad de decisión.
Esta asimetría se entiende mejor al recordar un hecho que rara vez se menciona con claridad: la OTAN ha bombardeado suelo europeo. La campaña contra Yugoslavia en 1999, sin mandato de Naciones Unidas, no fue una acción defensiva en beneficio de Europa, sino una operación dirigida por los Estados Unidos para imponer una determinada solución política. El espacio aéreo, las infraestructuras y la soberanía de países europeos quedaron subordinados a una decisión tomada fuera del continente.
Ese precedente no es menor. Demuestra que la OTAN no es solo un escudo defensivo, sino también un instrumento de poder al servicio de prioridades estratégicas estadounidenses, incluso dentro de Europa. Más allá del discurso sobre valores compartidos, la Alianza nunca ha sido un garante neutral de la soberanía europea.
Con este contexto, lo que ocurre hoy con Groenlandia deja de ser una anécdota.
Groenlandia y la soberanía que se diluye
El lenguaje que emplea Washington al hablar de Groenlandia —control, bases, «propiedad», soberanía funcional— resultaría escandaloso si se aplicara a cualquier otra región del mundo. Sin embargo, cuando se trata de un territorio vinculado a Europa, empieza a presentarse como algo práctico, casi inevitable.
Desde el punto de vista estadounidense, el razonamiento es simple: Groenlandia es clave para la defensa antimisiles, el control del Ártico y el acceso a minerales estratégicos. Pero para Europa el mensaje es más que preocupante. Si la soberanía puede relativizarse cuando entran en juego los intereses de los Estados Unidos, el concepto mismo de soberanía europea queda seriamente debilitado.
El hecho de que Dinamarca, miembro de la OTAN y de la UE, tenga un margen de maniobra muy reducido frente a estas presiones refuerza la sensación de fondo: los Estados europeos conservan la forma de la soberanía, pero no su sustancia estratégica. La realidad se impone a décadas de adormecimiento mediático y político de unas clases que no defienden los intereses europeos sino que gestionan Europa para beneficio de terceros.
Ucrania: mucho coste, pocas ganancias
La guerra de Ucrania suele presentarse como la prueba definitiva del compromiso estadounidense con Europa. Sin embargo, conviene mirar el balance con honestidad. Para Europa, el conflicto ha significado el vaciado de arsenales, un golpe durísimo al sistema energético y un impacto económico y social que se prolongará durante años.
¿Y a cambio? Fundamentalmente, promesas de seguridad y llamamientos a la unidad. Los Estados Unidos hab salido reforzados: su industria de defensa se ha expandido, sus exportaciones energéticas hacia Europa han aumentado y su liderazgo dentro de la Alianza se ha consolidado. Europa, en cambio, ha asumido los costes más inmediatos y visibles, sin una estrategia clara de salida.
La Unión Europea ha reaccionado a estas crisis como suele hacerlo: cumbres extraordinarias, comunicados solemnes y apelaciones al derecho internacional. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, habla de «momentos decisivos», pero evita afrontar el núcleo del problema: Europa carece de poder porque ha decidido prescindir de él.
Durante décadas, las élites europeas apostaron por la integración económica y el poder legislativo, dejando la defensa y la soberanía en segundo plano. La «autonomía estratégica» se convirtió en una consigna precisamente porque nunca se tradujo en decisiones reales. Groenlandia ahora, Ucrania antes, ponen esa contradicción en evidencia. Cuando los Estados Unidos hablan en términos de poder duro, la UE responde con procedimientos y declaraciones.
Entonces, ¿quién debe a quién?
La conclusión no es agradable, pero sí bastante clara. Europa no tiene por qué sentirse en deuda con los Estados Unidos por un sistema de seguridad diseñado, ante todo, para servir intereses estadounidenses y limitar la autonomía europea. Ese sistema se ha pagado con territorio, con subordinación política y, cada vez más, con una pérdida efectiva de soberanía.
Los Estados Unidos no actúan por altruismo, ni tienen por qué hacerlo. El problema no es ese. El problema es que Europa —confundiendo continente con Unión Europea y seguridad con comodidad— sigue sin atreverse a definir y defender sus propios intereses.
Mientras eso no cambie, el debate sobre quién debe a quién seguirá siendo secundario. Lo decisivo seguirá siendo, como desde 1945, quién controla el territorio, la fuerza y las decisiones estratégicas. Y en ese terreno, Groenlandia ofrece una respuesta tan clara como humillante.


