Françoise Hardy era la voz de la típica melancolía adolescente que anhela un amor, pero después a fuerza de escucharla hemos ido aprendiendo sobre ella otras cosas interesantes, y también algunas asombrosas. Chica tímida que sabía tocar tres acordes a la guitarra y con esos tres acordes componía canciones melancólicas. Se presentó a la audición que había convocado una discográfica en busca de nuevas voces, la eligieron, y su primer disco vendió en seguida millones de copias. Desde entonces, el éxito permanente que no le hizo perder la cabeza como fácilmente sucede en casos así.
La desesperación de los simios… se publicó en Francia en el año 2008. Cuando leí la edición española allá por 2017 a cargo de Expediciones Polares (en la traducción de Felipe Cabrerizo y con prólogo de Diego A. Manrique), quedé absolutamente maravillada: me pareció un libro de una calidad exquisita y unas memorias radicalmente diferentes a todas las que había conocido. Cuando apareció en Francia, la autobiografía de Françoise Hardy, Les désespoir des singes…et autres bagatelles (Robert Laffont, 2008), título extenso y misterioso con referencias a un parque próximo al domicilio de la cantante, la plana mayor de la crítica se deshizo en elogios para lo que parecía de entrada otro volumen cosido de trivialidades y lugares comunes de una intérprete de varietés, ese término francés que sirve para etiquetar la música más ligera y popular. Nada más lejos de la realidad. Las memorias de aquella adolescente que encandiló a medio mundo a principios de los años 60 cantando al amanecer de los jóvenes, ofrecían un penetrante autorretrato carente de pudor en una artista que siempre había mostrado una imagen de discreción y elegancia. Al descubierto quedaban en el texto sus heridas más dolorosas, así como las profundas cicatrices de una vida vivida sin tapujos. Desde el amor fou e imposible que sintió al lado del libertino Jacques Dutronc a sus relaciones de amor-odio con su madre, a la que ayudó a morir al practicarle la eutanasia. El libro, todo un éxito, sobrepasó los 300.000 ejemplares. El resultado suma cerca de 400 páginas, en las que la cantante desvela los casi siempre desgarradores pasajes de su vida, a veces con la precisión del bisturí y otras, haciendo gala de frialdad o, directamente, indiferencia, como cuando narra desapasionadamente la pérdida de la virginidad con un turco.
Hija de un padre ausente y homosexual, que aparece puntualmente como un fantasma, y de una madre posesiva, creció junto a una hermana aquejada de una terrible esquizofrenia. La pequeña Hardy encontró en la música un escape vital, que, con el tiempo, desembocaría en profesión. Aquel oficio terminó convirtiéndose en una especie de prisión dorada para una artista, como ella misma confiesa, que nunca se ha sentido «animal escénico». Retirada de las actuaciones desde finales de los años 70, siguió componiendo y editando álbumes que la revelaron como una artista sensible y dúctil más allá de la ola ye-yé de sus comienzos.
Hardy también se revela en el libro como esa estrella pop que se presenta en el cabaret del Hotel Savoy cada año como embajadora de la moda francesa vestida por Courrèges y Paco Rabanne en medio de la explosión del Swinging London. El relato autobiográfico está salpicado de esas y otras sabrosas confidencias, como cuando relata una equívoca cena en el domicilio de Brian Jones, miembro de Rolling Stones, y su compañera en aquellos momentos, la actriz Anita Pallenberg. La noche estuvo determinada por torpeza de la cantante, que no supo si el encuentro respondía a una invitación de carácter sexual.
En el plano artístico descubrimos no sólo el éxito que desde bien joven cosechó y, al mismo tiempo, la abrumó, sino que también nos acercamos a sus altibajos creativos, a sus manías, sus miedos y frustraciones —muy unidos a los de su vida personal—, a su fobia al directo, a los vaivenes de la industria musical, etc. Esta parte artística es todo un compendio de nombres casi legendarios, un deleite para mitómanos. La lista es abrumadora: Dylan, Beatles, Rolling Stones, Celentano, Gainsbourg, Stockhausen, Nick Drake, Ettiene Daho, Michel Berger —clave en su evolución musical—, etc.
Su primera película fue en 1964 y para entonces, Françoise llevaba ya dos años de éxito como cantante. La película se tituló Nutty, Naughty Chateau (1963). Fue dirigida por el inefable Roger Vadim. Después obtuvo un papelito en What´s New Pussycat (1965), la primera película de la historia del cine que contaba con un guión de Woody Allen. Conociendo a Allen os podéis imaginar el asunto, a medio camino entre el disparate y la comedia. La película reunió a un reparto fabuloso (Peter Sellers, Ursula Andrews, Capucine, Richard Burton, Peter O’Toole, Romy Schneider, Woody Allen…) para contarnos la historia de un editor que acude a un psiquiatra para que le ayude a superar su éxito con las mujeres.
Lo que ofrece el libro es una Hardy en su mejor retrato en blanco y negro, con el permiso de los tomados por Jean-Marie Périer, su fotógrafo y pigmalión. En la parte más personal y familiar, el libro está atravesado fundamentalmente por la relación, digamos un tanto destructiva, que Françoise Hardy mantuvo con Jacques Dutronc a lo largo de casi cincuenta años. Pero más allá de hechos conocidos, esta autobiografía nos permite acercarnos a otras vertientes que pueden haber quedado eclipsadas por la figura pública. Por ejemplo, su infancia y adolescencia, sus celos, sus inseguridades, sus complejos, sus opiniones en materia política o religiosa, su forma de afrontar la maternidad, su afición por la astrología, etc. También aquí la vida de Hardy aparece rodeada de nombres más que conocidos: Patrick Modiano, Georges Pompidou, Michel Houellebecq, Dalí, etc. Los dos planos se van entrelazando a lo largo del libro, que sigue un orden estrictamente cronológico, lo que hace que la acumulación de nombres, fechas y datos no resulte pesada. Además, el estilo de Hardy es directo y sencillo, sin florituras ni artificios, lo que favorece una lectura ágil.
Más allá del aspecto mitómano que uno busca en este tipo de libros, es de agradecer que los mismos no se reduzcan a mero exhibicionismo o a simple autobombo sin asomo alguno de autocrítica. En este caso, me gustaría destacar la ausencia de autocomplacencia. Hardy reparte palos, sí, pero los principales palos se los lleva ella misma, ya que el reconocimiento de sus errores en la vida de pareja y en su vida artística está muy presente.
Su último álbum titulado como su canción-bandera, Personne d’autre (2018), no es un disco de emociones adolescentes más que en la medida en que ciertas emociones nos acompañan desde la cuna a la tumba. Por lo demás, el disco no expresa, da voz a emociones adolescentes, ni jóvenes, ni maduras, sino ancianas, con toda la sabiduría vital y toda la pena implícitas en esa categoría, toda la pena y la sabiduría que da la experiencia.
Françoise Hardy me ha hecho compañía durante toda la vida, aparecía de vez en cuando, y sigue siendo una compañía agradable; el timbre de su voz, tan civilizado y lleno de respeto; su aspecto físico; y el aire de París con su río, sus grandes castaños y bistrots, aire que la envuelve como un aroma de romanticismo trasnochado, sincero, siempre encantador; y la dulzura de su nostalgia de plenitudes imposibles; pero lo que más me gustaba de ella era el aura resplandeciente que la rodeaba.
Hace justo un año y medio, el 11 de junio de 2024, nos dejó sin hacer ruido a los 80 años, tras una larga batalla contra el cáncer. A muchos nos dolió de una forma muy íntima porque Françoise no era sólo una cantante: era una compañera de soledades, de atardeceres pensativos, de amores no correspondidos. Sus canciones han sido el refugio sonoro de tanta gente durante décadas. Su forma de cantar, casi susurrando como si las palabras fueran demasiado frágiles para gritarlas, nos hacía sentir menos solos. Y ahora, como un regalo póstumo, llega: Voilà: The very best of (2025), una recopilación hermosa de veinte canciones que por primera vez recorre toda su carrera, desde el ye-yé luminoso hasta las últimas delicadezas. Es como abrir una caja de recuerdos donde ella sigue viva, mirándonos con esa media sonrisa sabia y distante que siempre tuvo.


