EUSSR

En los últimos años se ha popularizado un acrónimo incómodo: «EUSSR». Puede parecer una exageración, pero cada vez más europeos perciben en la Unión rasgos que recuerdan inquietantemente al viejo modelo soviético: centralización creciente, tecnocracia distante y un déficit democrático que se agrava con cada crisis. Desde la aplicación de la Ley de Servicios Digitales hasta los nuevos planes de integración económica impulsados desde Bruselas, la lógica es siempre la misma: más competencias para los burócratas eurocéntricos, menos margen para los europeos.

El proyecto comunitario nació como un espacio de cooperación entre naciones soberanas. En cambio, la deriva de la UE apuntala hacia una arquitectura política cada vez más jerárquica, donde la Comisión Europea acumula poder normativo y presupuestario sin un control democrático real. La expansión permanente a golpe de crisis (financiera, sanitaria, energética o geopolítica) recuerda demasiado a ese «centralismo democrático» que prometía eficacia y terminó produciendo parálisis.

Hace tiempo Europa debió decidir si quiere ser una comunidad de libertades o una superestructura burocrática. Y los burócratas decidieron por Europa y los europeos. Persistir en esta senda no fortalece el proyecto europeo: lo erosiona desde dentro.

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