En el jubileo franciscano

Se cumplen 800 años de la muerte del santo de la alegría

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Se cumplen 800 años de la muerte de san Francisco y el Papa León XIV, con motivo de este aniversario, ha querido convocar un jubileo. Año de bienes y frutos espirituales, espera el Papa, y de gran provecho para la Iglesia. Es de suponer que la idea partió en el anterior papado, y por razones que parecen obvias. El santo padre Francisco comenzó su pontificado manifestando su deseo de una Iglesia pobre, que volviera a los ideales evangélicos siguiendo, en cierto sentido, la manera del Poverello de Asís, de quien quiso tomar el nombre por el que se recordara como Papa.

Dejando por un momento a un lado la reciente sucesión en la cátedra de san Pedro, sus antecedentes y sus consecuencias, que todavía estamos sólo palpando, el interés que provoca por sí mismo san Francisco parece suficiente como para prestarle atención. Sobre todo, quizá, por su amor apasionado por la indigencia, por la carencia.

Pues bien: el pobrecito de Asís, convencido de su amor por la pobreza, no hizo otra cosa, después de su abrazo despampanante a la vida religiosa, que, en consecuencia, amar a los pobres. En sus días (finales del siglo XII y principios del siglo XIII) abundaba la carestía material de una manera evidente, y los hombres de aquel tiempo ni soñaban con las comodidades de las que disfrutamos ahora casi todos. Pero también existía esa otra pobreza, la espiritual, y a ella se abrazó igualmente san Francisco, consolando y confortando a todos los que padecían algún mal que les hiciera sentirse enfadados, tristes o abandonados.

Por algo se le conoce como el santo de la alegría, porque —dicen sus biógrafos— la contagiaba donde quiera que fuera de una manera casi escandalosa. En su vida, digamos, civil, Francisco Bernardone había sido un disfrutón y el líder indiscutible de un nutrido grupo de amigos de Asís, que reían y cantaban en numerosas cenas y paseaban por las calles de la ciudad entonando a grito pelado romances de amor. Ese gozo que en Francisco era natural se tornó virtud, la que hizo del hombre un santo. Y la que quitaba de los miserables el peso aplastante que los tenían acogotados, por la causa que fuera.

Quizá pueda parecer ingenuidad ese carácter franciscano, ese gozo profundo que lleva a admirar a todas las criaturas de Dios y a llamarles hermanos: hermano sol, hermano asno, hermano lobo… Lo cierto es que san Francisco irradiaba una pasión contagiosa en los ánimos y en los corazones; innata en parte, como decimos, pero también adquirida. Hubo un punto de inflexión durante su enfermedad juvenil, que le impidió participar en la guerra. Y, sobre todo, durante su posterior convalecencia, cuando se retiró del mundo a una cueva cochambrosa buscando desesperadamente oír con claridad la voz de Dios.

Fueron días duros, en los que ese ardor suyo se fue dirigiendo, transformándose en el amor por la pobreza que le movió el resto de sus días; manifestación, a su vez, del amor inmenso y, para muchos, desconcertante, por su radicalidad, a Dios. Días en los que se instaló en él un convencimiento: el deseo de no tener nada ni de ser nadie, hasta el punto de negar incluso su condición de hijo. Fue el descubrimiento de una verdad: que todo es gracia, todo es recibido y, precisamente por eso, nada —pero nada— mundano merece tanto la pena como para echarlo de menos ni para lamentarse por su pérdida o su ausencia. Ni la fama, ni una familia, ni siquiera techo, vestidos o comida. Francisco decidió renunciar a todo eso. Teniéndolo todo, siendo importante, resolvió, como hemos dicho, no tener nada ni ser nadie, ni siquiera el hijo de Pedro Bernardone. Por no tener, acabó no teniendo ni padre. Sólo —«sólo»— al Padre.

Verdad desgarradora, para muchos, pero liberadora para el de Asís. Se quitó de encima todos los lastres que pudiera traer consigo una vida burguesa como la suya. No le pareció, como podría haber sido, una verdad dura como un mazazo en la cabeza, terrible como un terremoto, que hace temblar los cimientos de la vida entera de una persona. Para Francisco supuso adquirir una mirada nueva que traía un profundo alivio y una libertad interior inmensa, como señala Fülöp-Miller. Ya no había costumbre, ni convención, ni necesidad de apariencia ni exigencia mundana que le constriñera ni le apretara. ¿Se esperaba de él un porvenir brillante como el de su padre, o incluso mejor? ¿Era propio de su condición ir bien vestido? ¿Que antes era el rey de las fiestas y el primero de decenas de amigos? ¿Que hay que comer todos los días? Nada, absolutamente nada de eso, importaba en realidad. Soli Deo y sólo Su Creación. Ni siquiera las contrariedades y decepciones que tuvo durante el resto de su vida, siendo ya fundador y superior de la Orden de los Hermanos Menores, pudieron con su buen ánimo, aunque tentado estuvo de hundirse. Con razón dijo Chesterton de él que fue un verdadero demócrata o incluso un verdadero anarquista. El demócrata o el anarquista de Dios. San Juan de la Cruz voló tan alto, tan alto, que le dio a la caza alcance. Se podría decir de san Francisco que, en su caso, cayó tan bajo, tan bajo, que desde allí tomó un impulso divino.

Renunció a todo. O, mejor dicho, a casi todo, porque se quedó con algo: con esa alegría innata con la que le habían parido. Y es que no fue a la mera indiferencia cínica ni a una introspección psicológica adonde llegó san Francisco. Esa urgencia, ese ansia por vivir que tenía cuando solamente era el hijo de un rico comerciante de telas, permaneció y, como decimos, se elevó. Lejos de sentimentalismos entorpecedores, san Francisco dirigió su corazón en sentido contrario, y lo abrió lo suficiente como para que su razón fuera del todo iluminada. Y nunca vio con mayor claridad, nunca lo hizo antes de renunciar a todo, que su característica y llamativa capacidad de disfrutar era un don de Dios para el amor a los demás. En especial, a los pobres, a ésos que ni eran ni tenían nada y, por ello, son quienes acceden más directamente al Señor. Porque cuentan con menos obstáculos que salvar. Tienen mucho menos que perder. Han mordido el polvo y, humillados, ya sólo esperan lo verdaderamente importante: la salvación.

Y a ésos amó san Francisco, con una pasión desmedida, despojado de todo; primero, para imitarles, pero, también, para ir ligero y poder dirigirse presto a ellos. Quien no tiene nada ni a nadie tampoco teme a nada ni a nadie. Y, por eso, es radicalmente libre y puede dedicar su tiempo entero, cuando se presenta la ocasión, para escuchar sin límite al apesadumbrado; sus energías completas, para cuidar sin remilgos al más enfermo de los leprosos; entregarse del todo para compartir con quien lo necesita un poco de pan, un poco de comprensión o ayuda para sacar adelante un duro trabajo. Con razón el Papa de entonces, Inocencio III, que comprendió el alcance de esta radical manera de entender el evangelio, protegió a san Francisco y a sus seguidores, los revistió de autoridad y los puso a predicar. No podían ser otros quienes combatieran a los principales herejes de entonces, los albigenses.

San Francisco no tenía nada, pero anhelaba mucho: saciar las necesidades de sus hermanos y llenarles de la alegría del que cree que Dios es grande y omnipotente. Bonita lección para los católicos que nos deja el Poverello y que se hace más presente este año jubilar.

Porque, qué gran cantidad de pobres de solemnidad existen también hoy. No hablamos sólo de indigentes materiales, sino, además, de pobres de espíritu, que son dichosos y que heredarán el reino de los cielos, sí, pero que no dejan de ser pobres, a fin de cuentas. Y es que son muchos a quienes hoy les falta lo necesario —y no sólo de manera física— para poder vivir con dignidad. Hablamos, principalmente, de unos vínculos, unos amores, un propósito o un motivo para vivir.

La soledad, la ignorancia, el orgullo, el rencor o incluso el odio, la envidia, el pesimismo, el desdén… Son pasiones que se hacen carne y se transforman en acciones o en omisiones, y concluyen todas ellas en grandes vacíos y, cuanto menos, también en sentimentalismos huecos. Y es que —no es de extrañar— estos males, estas pobrezas, que no hacen acepciones de nadie y muerden a muchos —grandes y chicos, pudientes y parcos— van de la mano de una emotividad falsa que castiga a la razón y la relega al papel de inútil, de impotente. Y termina entonces el hombre dejándose llevar, como un caballo desbocado o, simplemente, como un caballo sin jinete que lo dirija y gobierne y, por tanto, sin rumbo. Tal es el destino fatal de los pobres solos. A quienes san Francisco no dejó de lado ni por un solo momento de su vida.

Ojalá los frutos del jubileo franciscano sean dignos del legado que nos dejó este grandísimo santo. Ojalá la Iglesia entera, también quienes la gobiernan, partan de esta base, de la verdadera afinidad con la dama Pobreza. Y amen a todos los pobres, también a los de espíritu, y los ame bien y de verdad, dejándose de melifluidades sinsentido. Con radicalidad y con prisa, que son muchos de los que es el reino de los cielos. Sin falsas compasiones que, hipócritamente, terminan causando el efecto contrario y disuelven comunidades, acaban con tradiciones y hacen saltar por los aires todo orden y jerarquía.

Ojalá germine esa semilla de la alegría sincera y no impostada. La propia de san Francisco, sorda a las opiniones ajenas y que, confiada, sigue adelante con su camino. La que no atiende a los dictámenes mundanos de quienes no piensan en las cosas espirituales o directamente las odian. La que no contemporiza. Esa alegría es la que cuenta, porque está a lo realmente importante, que es la Verdad. Al final, no hay otro motivo para vivir.