No ha terminado enero y creo que ya he leído uno de mis libros del año: ¿Por qué Mahler? Cómo un hombre y diez sinfonías cambiaron el mundo. El autor, Norman Lebrecht, un erudito musical enamorado del compositor bohemio, dedica sus casi 400 páginas a tratar de unir las piezas del rompecabezas mahleriano buceando en su biografía para entender sus piezas musicales.
Mi primer Mahler en directo fue su 1ª Sinfonía, también conocida como Titán. Y así de poderosa suena. Fue en el Auditorio Nacional hace algo más de seis años. Acompañaba a mi madre. Apenas sabía de este virtuoso: prácticamente me era desconocido. Únicamente lo había escuchado de refilón en casa: a mi abuela le gustaba poner música clásica a todo volumen. Así me empapaba de este género musical y mi interés por él crecía: en la formación de una persona el ambiente no determina, pero sí influye sobremanera.

Mi reacción a Titán la compartí en las redes sociales: «Homérica». Ahora añadiría otros adjetivos como estruendosa, agitada e inestable. Así fue la vida de Gustav Mahler. Lebrecht sostiene que: «Conflictos y contradicciones son la esencia del arte de Mahler». En un movimiento puede haber un cambio de registro para proyectar lamento y en pocos minutos de diferencia, jolgorio. Un ejemplo es, precisamente, el tercer movimiento de Titán: comienza como una marcha fúnebre y en cierto momento gira hacia unos acordes más festivos. Y vuelve a la tragedia al poco rato. Para el compositor es una descripción de la vida misma: los momentos trágicos y alegres se entremezclan a lo largo de toda nuestra existencia.
Así era Mahler: un tipo de emociones extremas. En su único encuentro con Freud, al psicoanalista le deslumbró el «misterioso edificio» de su personalidad. Declaraciones similares de personas que le trataron sobreabundan en el texto: su esposa, Alma Mahler; su ayudante durante varios años, Bruno Walter; sus amigos; sus empleadores; sus admiradores y detractores; la despiadada prensa vienesa y norteamericana… Todos coincidían en su bipolar personalidad: podía ser un tirano en los ensayos y un ser angelical fuera de la sala sinfónica.
Lebrecht logra describir con profusión de detalles la forma de ser de Mahler. Y su entorno, esencial para definirle: el ethos de la sociedad vienesa, donde fue director de la Ópera de la Corte de Viena durante 10 años; el clima antisemita -lo que le trajo no pocas complicaciones, incluso tras su interesada conversión-; el movimiento Secesión; la fragilidad del Imperio austrohúngaro y su crisol de lenguas, culturas y etnias; la decadencia social (fenómenos como el schein üner sein (parecer por encima del ser), Schlamperei (la dejadez) o el Wien bleibt Wien (Viena sigue siendo Viena), etc. Mahler vivió un tiempo de profundos cambios y la transición hacia un mundo nuevo que no llegaría a conocer. Su fallecimiento en 1911 le impidió contemplar las consecuencias de la Gran Guerra.
Mejor director que compositor según la mayoría de sus críticos coetáneos, ahondar en la biografía de Mahler ayuda a interpretar con más precisión su desarrollo artístico: sus obras musicales van en paralelo a los hitos de su vida. Así, se entiende, por ejemplo, que su famoso Adagietto de la 5ª Sinfonía, fuese una declaración de amor a Alma.
Sin ninguna duda, si la música de Gustav Mahler no deja indiferente, su vida todavía menos: es un ir y venir de acontecimientos marcados por el tormento y el éxtasis. Su existencia fue puro paroxismo. De hecho, algunas páginas llegan a tal nivel de pasión que resultan agotadoras. ¿Cómo podía vivir en ese estado de turbulencia con ocasionales oasis de paz? Al final uno se queda con el regusto de haber contemplado a un genio incomprendido: son esas las vidas más perturbadoras en primera persona, pero más interesantes vistas desde fuera.


