Cómo unos tontos mataron a un pueblo

En 'Nuevo elogio del imbécil', Pino Aprile cuestiona una sociedad que recompensa la obediencia, el reduccionismo y la certeza frente a la duda

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Un ensayo sostiene que la imbecilidad no sólo sobrevive a la inteligencia, sino que prospera gracias a ella. En Nuevo elogio del imbécil, Pino Aprile no ridiculiza al necio, aunque lo parezca, cuestiona una sociedad que recompensa la obediencia, el reduccionismo y la certeza frente a la duda. Apoyándose —y también discutiendo— con Darwin, entre otros, plantea una idea incómoda: quizá el problema no sea que existan imbéciles, sino que los sistemas humanos los conviertan en una forma rentable y en la mejor forma de vida. Porque, ya te digo, la estupidez suele sobrevivir al más astuto, y la historia lo avala. Pero ¿por qué la estupidez triunfa? Al igual que el autor, no dejo de cuestionármelo.

Esa es la pregunta que atraviesa todo el libro. No se trata de averiguar por qué existen personas poco inteligentes o mal informadas —eso ha acompañado siempre a la estirpe humana—, sino de entender por qué una y otra vez terminan ocupando posiciones de influencia. Aprile no cree que sea una anomalía histórica ni una simple consecuencia del azar. Su tesis es más perturbadora: las sociedades modernas han aprendido a convertir la mediocridad en una ventaja competitiva.

Para sostener esa idea, el autor mantiene un diálogo intelectual con algunos de los pensadores que más han reflexionado sobre la evolución, el comportamiento y la estupidez humana. Darwin aparece como el primer contrapunto. La lectura convencional de la selección natural habla de la supervivencia de los individuos mejor adaptados. Aprile acepta esa premisa, pero cambia el escenario. En la naturaleza, adaptarse suele implicar el desarrollo de capacidades que favorecen la supervivencia. En las organizaciones humanas, adaptarse no magnifica el virtuosismo del individuo, sino que lo simplifica: no cuestionar las reglas, evitar el conflicto, repetir los procedimientos y asumir como propias las decisiones del grupo. El individuo brillante puede resultar incómodo porque introduce incertidumbre, cuestiona, desestabiliza y encima es llamado para la guerra en su tenor más literal. El necio conformista, en cambio, garantiza estabilidad y perpetuidad. Desde esa perspectiva, la hegemonía del imbécil no contradice la evolución; es una forma casi patognomónica de adaptación social.

Nuevo elogio del imbécilCon Konrad Lorenz el contraste es igualmente sugerente. El etólogo austríaco estudió cómo la cooperación había sido una de las grandes fortalezas evolutivas de muchas especies, incluida la humana. Aprile no niega esa capacidad cooperativa, pero advierte de su reverso. La cohesión también puede convertirse en gregarismo. Cuando pertenecer al grupo exige renunciar al pensamiento crítico, a la facultad creativa, la cooperación degenera en obediencia. El impulso que permitió construir sociedades complejas termina favoreciendo el conformismo y la repetición de ideas aceptadas sin examen ni cuarentena. En ese punto, el autor parece sugerir que la inteligencia no siempre fracasa porque sea minoritaria, sino porque cuestiona y pone en peligro precisamente los mecanismos que mantienen unido al grupo. Ser inteligente sale caro, siempre lo diré.

La referencia más evidente es Carlo M. Cipolla y sus célebres Leyes fundamentales de la estupidez humana. Cipolla definía al estúpido como aquel que perjudica a los demás sin obtener beneficio propio e insistía en que siempre subestimamos el número de personas estúpidas que nos rodean. Aprile recoge esa intuición, pero desplaza el foco desde el individuo hacia las instituciones. La pregunta deja de ser cuántos imbéciles existen para convertirse en otra mucho más incómoda: ¿qué tipo de estructuras premian ese comportamiento? ¿Qué ocurre cuando una empresa promociona al empleado obediente antes que al creativo? ¿Cuándo un partido político prefiere la sumisión a la discrepancia? ¿Cuándo un algoritmo recompensa el mensaje emocional frente al razonamiento complejo? La estupidez deja entonces de ser un rasgo psicológico para convertirse en un fenómeno organizativo y de masas.

Ésa es probablemente la aportación más original del libro. El autor no intenta demostrar que la humanidad sea cada vez menos inteligente. Tampoco sostiene que los imbéciles gobiernen el mundo por una especie de conspiración silenciosa. Lo que describe es un mecanismo de selección y casi de primacía. Las organizaciones, públicas y privadas, tienden a favorecer perfiles previsibles. Quien plantea demasiadas preguntas ralentiza los procesos, se sale de la caja y la sociedad se decanta antes por una línea recta que por una curva sin fin. Quien detecta contradicciones obliga a revisar decisiones. Quien piensa de manera independiente se autodetermina «oveja negra», hasta siendo la más clara. En cambio, quien acepta consignas, reproduce procedimientos y transmite una seguridad inquebrantable resultando mucho más funcional. La mediocridad no asciende porque sea excelente, sino porque genera menos fricciones.

Se observa ese en ámbitos muy distintos: la política, la empresa, la administración, los medios de comunicación e incluso la vida cotidiana. En todos ellos aparece una misma paradoja. La inteligencia suele ir acompañada de duda e incesante matiz. La imbecilidad, por el contrario, ofrece respuestas simples, certezas absolutas y una confianza que muchas veces resulta contagiosa. El tonto nunca dudará.

En un ecosistema dominado por la velocidad, la sobreinformación y la competición permanente por captar atención, vale más que la complejidad. No es casual que el autor dedique parte de su reflexión al mundo digital. Las redes sociales no crean la estupidez, pero amplifican algunas de sus ventajas y «bonificaciones» cuando se genera ese mal uso: premian el mensaje rotundo, la emoción inmediata y la simplificación, mientras penalizan el análisis riguroso, lento o la argumentación matizada.

Sin embargo, el ensayo evita caer en el elitismo. Aprile insiste en que la imbecilidad no constituye una categoría fija de personas. Todos podemos actuar de manera estúpida cuando renunciamos a pensar, cuando preferimos la comodidad del grupo a la incomodidad del criterio propio o cuando confundimos la seguridad con el conocimiento. El imbécil no es necesariamente quien sabe menos, sino quien ha dejado de hacerse preguntas. Esa diferencia resulta esencial porque desplaza el debate desde el cociente intelectual hacia la actitud frente a la realidad.

Quizá por eso el libro termina siendo menos un tratado sobre los necios que una crítica de las sociedades contemporáneas. Su provocación no consiste en afirmar que haya demasiados imbéciles, sino en preguntarse por qué perduran en el tiempo más que los inteligentes. ¿Qué mecanismos convierten la obediencia en mérito, la simplicidad en virtud y la falta de espíritu crítico en una cualidad profesional o política? Son preguntas que incomodan porque no permiten señalar únicamente al otro. Obligan a examinar las instituciones que habitamos y también nuestras propias renuncias.

Ahí reside la verdadera carga política del ensayo. El tonto rara vez conquista el poder por sí solo. Siempre será instrumentalizado, siempre habrá una autoría mediata en estos casos, donde aquel que ostenta el control pretende aniquilar el raciocinio a toda costa porque le será molesto. Casi siempre encuentra una organización dispuesta a utilizarlo, una mayoría dispuesta a seguirlo o una sociedad demasiado cansada para discutirlo. El imbécil no reina porque sea el mejor, faltaría más. Reina porque alguien, consciente o inconscientemente, ha decidido que resulta más útil que quien piensa. Y es la verdadera medalla de oro de la imbecilidad: no imponerse sobre la inteligencia, sino convencer a la inteligencia de que deje de ejercer como tal porque siempre encontrará piedras en su camino, que somos nosotros mismos con nuestros límites cognitivos, morales y culturales para destruir lo que nació por y para la creación.