En Paseos por Roma, Stendhal acuña el término «arquitectura razonable». El escritor francés lo emplea para explicar por qué, en su tiempo —durante la primera mitad del siglo XIX—, dejan de construirse grandes basílicas como el Vaticano; por qué desaparecen esos grandes mecenas del Renacimiento. Explica cómo, en la Francia postnapoleónica, los templos son sustituidos por las Bolsas, y los grandes salones repletos de frescos, por la comodidad de un café o de un club.
Si ya entonces se percibía esa decadencia en la búsqueda de lo bello, esa sustitución de lo santo por lo profano, ¿qué debemos pensar hoy? ¿Es el hombre moderno incapaz de producir belleza?
El domingo se cumplió un mes desde mi llegada a Roma. Han sido días de asombro y desconcierto, de caminar sin rumbo entre todo lo que esta ciudad encierra. Roma: apenas cuatro letras, y sin embargo inagotables. Esta semana vino mi familia de visita y fue mi prima pequeña quien, sin saberlo, dio en el centro de la cuestión. Después de ver el Vaticano, preguntó: «¿Eran los hombres más talentosos antes?».
Días después sigo dándole vueltas. En un mundo repleto de relativismos, de enfoques y perspectivas, hemos perdido el sentido objetivo de la belleza y del valor. Quizá sea cuando todo vale, nada importa. Los antiguos construyeron dando belleza incluso al ornamento, a aquello que estaba hecho para no verse.
La arquitectura, entre todas las artes, es quizá la que ostenta mayor carga moral. Está destinada a prevalecer, a integrarse en el mundo, cambiarlo, darle forma, ensalzar el alma y hacer de lo funcional un espacio en el que recrearse. Y, sin embargo, nunca hemos construido tanto ni para tantos.
Las obras públicas de hoy están llenas de ventanas que no dan a ninguna parte, de hormigón que oprime, de acero que no deja espacio a aspiración alguna. ¿Adónde se fue, pues, el talento de los hombres?
Se fue siguiendo el eterno sumidero de la historia; desapareció cuando olvidamos de dónde venimos. Siempre fue de la mano de un sentido de trascendencia al que se le ha aplicado una damnatio memoriae que amenaza con borrarnos.
Caímos en la trampa de lo simple, lo útil, lo fácil; de esa palabra que ha terminado por convertirse en criterio suficiente: funcional. Somos los coletazos de una civilización que vio las estrellas y quiso replicarlas en piedra. Nietos de Quijotes, lo bastante locos para creer que lo bello no era incompatible con lo práctico; que construir con el alma era, en efecto, lo razonable.


