La patria de los bares

España también se escribe en servilletas

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España tiene diecisiete comunidades autónomas, dos ciudades autónomas y una capital sentimental: la barra de un bar. Allí se han formado gobiernos, terminado matrimonios, resuelto crisis económicas y decidido fichajes del Real Madrid. Todo sin abandonar el segundo café.

Hay pocas instituciones tan profundamente españolas como el bar. Uno puede cambiar de ciudad, de trabajo, de pareja e incluso de ideología, pero difícilmente encontrará algo tan parecido a un hogar como ese sitio donde el camarero sabe lo que va a pedir antes de que abra la boca.

Porque en España el bar nunca ha sido solamente un comercio de hostelería. Es una extensión del salón de casa, una oficina sin nómina, un consultorio sentimental y, en ocasiones, el único parlamento donde todavía se permite hablar sin solicitar previamente la palabra.

En los bares de barrio se conserva una forma de democracia que no aparece en los libros de Ciencias Políticas. El empresario desayuna junto al albañil, el jubilado discute con el estudiante y alguien que lleva veinte años ocupando la misma esquina de la barra ejerce una autoridad que ningún cargo público podría disputarle.

Luego están los camareros, esa especie de notarios de la vida cotidiana. Conocen separaciones antes que los abogados, embarazos antes que los abuelos y problemas económicos antes que los bancos. Han escuchado más confesiones que muchos sacerdotes y, sin embargo, rara vez necesitan ofrecer absolución. Les basta con preguntar si ponemos otra.

También tenemos una relación particular con el tiempo. En España, «tomar algo rápido» es una expresión que carece de validez jurídica. Uno sale a por una cerveza y regresa tres horas después con una teoría sobre el mercado inmobiliario, una invitación a una boda y el teléfono de un fontanero.

La sobremesa es probablemente nuestra mayor aportación a la filosofía occidental. Mientras otras naciones han necesitado tratados enteros para reflexionar sobre el sentido de la existencia, nosotros hemos conseguido hacerlo alrededor de una mesa con cuatro cafés, dos copas y alguien diciendo que ya es hora de irse sin hacer el menor ademán de levantarse.

Los bares también son una forma de memoria. En ellos se celebran ascensos, se lloran ausencias y se anuncian decisiones que llevaban meses esperando el momento oportuno. Hay mesas que han visto crecer a varias generaciones y sillas que, sin necesidad de llevar un nombre escrito, siempre parecen pertenecer a la misma persona.

Quizá por eso resulta tan difícil explicar a quien no ha crecido aquí qué significa exactamente «bajar al bar». No se trata necesariamente de beber, ni siquiera de tener hambre. A veces uno baja simplemente para comprobar que el mundo sigue en su sitio. Que el periódico continúa junto a la cafetera, que alguien está discutiendo por el fútbol y que el camarero sigue llamando jefe a un señor que probablemente no ha mandado en su vida.

Hay algo profundamente reconfortante en esa normalidad. España no cabe entera en una barra, pero buena parte de su carácter sí. Nuestra tendencia a hablar con desconocidos, a celebrar cualquier acontecimiento alrededor de una mesa y a convertir las conversaciones más insignificantes en reuniones extraordinarias.

A veces buscamos la identidad de un país en sus monumentos, sus banderas o sus grandes acontecimientos históricos. Y quizá olvidamos que también se construye en esos pequeños lugares donde nadie pregunta de dónde vienes antes de hacerte un hueco. Porque la patria no siempre es una cuestión de fronteras. A veces es una voz que pregunta desde el otro lado de la barra: «¿Lo de siempre?». Y saber que, por una vez, no hace falta explicar nada.