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Quien tiene pueblo lo sabe

El compás de una vida que siempre fue a otro ritmo, y poder bailarlo es una gran suerte

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Vivimos en una sociedad hiperactiva donde la gente planifica cada minuto de las venticuatro horas del día para no pensar. Llenamos la agenda de tareas como si escapáramos de nosotros mismos, incapaces de estar a solas en casa en un silencio que aterra. Nos hemos convertido en esclavos de viajar y viajar sin descanso, buscando focos de turismo masificado y persiguiendo experiencias fuera como si necesitáramos buscar lo exótico a miles de kilómetros para que tenga valor. Sin embargo, esa necesidad de acumular kilómetros y fotos sólo esconde un profundo desarraigo; una huida frenética porque no somos capaces de estar con nosotros mismos. El que puede estar un fin de semana en su casa tranquilo, sin hacer demasiado ya ha ganado. El que puede quedarse durmiendo, leyendo, escuchando música o mirando alguna serie sin aburrirse ni sentirse vacío, sin salir corriendo a buscar estímulos, es el que lo ha entendido todo. El filósofo Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio, describe muy bien esta era donde el ocio obligatorio y el rendimiento son una droga para no mirar hacia dentro. Ya lo advertía también Blaise Pascal: «Todos los males del hombre se derivan de su incapacidad para sentarse tranquilamente en una habitación».

Frente a ese turismo de escapismo a cualquier parte, que sólo genera más vacío, algunos preferimos el viaje más difícil del mundo moderno: ir al pueblo en los meses de verano es mí huida a otra realidad. Mi forma de reconectar, de revivir. Quien tenga pueblo lo sabe. Suerte la mía por poder contarlo. Cuando era niña, mis compañeros del colegio me preguntaban: «Y tú, ¿a qué playa vas? y yo les respondía: «¿Playa? A ninguna, yo voy al pueblo de mis abuelos. Algunos se extrañaban, otros gesticulaban con superioridad, pero sólo los que también tenían pueblo decían: «¡Qué guay! El mío se llama…».

Sin embargo, la que estaba en un nivel superior era yo porque iba a vivir experiencias nunca soñadas por los que se quedaban en el barrio o se iban a la playa como destino fijo durante años. Ahora, cuando quiero vacilarle a alguien le digo que veraneo en mi casa de la sierra y entonces veo sus caras de envidia.

Quien no haya tenido un pueblo no puede entenderlo. En el pueblo no sólo te reencuentras, sino que eres de allí aunque no vivas allí, son tus orígenes. Es bonito ser de ciudad pero llegan las vacaciones y miles de personas gritan: «Me voy a mi pueblo». Ese arraigo es tan profundo que duele pensar en su fragilidad. Cuando los incendios asolaron buena parte de la península ibérica, me vino a la mente el testimonio de una chica de mi edad, entrevistada entre un mar de lágrimas; contaba lo rota que estaba al ver su pueblo desolado. Para ella, su pueblo es el lugar al que volver siempre. El lugar donde refugiarte cuando la vida te pesa, te duele, el lugar de tus orígenes. El pueblo lo es todo. No pude evitar sentirme identificada con esas palabras, porque yo me sentiría igual de devastada si estuviera en su lugar.

Libertad sin control. Allí te cuidaban y podías irte a la plaza desde pequeña. Te da tranquilidad, seguridad, familiaridad. Allí sucede casi todo antes que en la ciudad. La pandilla, la piscina, la acampada, la taberna, el guatequete —adoro ese término, me fascina—, los bailes en la verbena. Con el paso de los años te das cuenta de lo importante que ha sido esta tierra en tu vida, y mantienes intactas las ganas de volver. Con la edad, el pueblo es reposo. Son tus raíces, tu historia, la distancia del bullicio urbano.

Federico García Lorca decía que los pueblos son libros y las ciudades periódicos mentirosos. En el pueblo, el viento tiene oídos muy finos. Crecer bajo una lluvia de perseidas, detrás del campo de fútbol. No había hora de vuelta a casa porque estar en el pueblo era estar en casa. Te acostumbras al ruido que hace el silencio. El ruido del picú a las ocho de la mañana. Las campanas de la iglesia en mitad del silencio. Los murmullos del grupo de señores fieles a la fresca en la puerta de su casa que esperaban impacientes que los saludaras pese a no conocerles. Ellos ya se encargaban de hacer sus investigaciones o de preguntarte: «Muchacha, ¿tú de quién eres?» Y no valía dar por respuesta un «de mi padre y de mi madre», ni el nombre de pila de tu madre. Te buscan por el mote de tu familia para identificarte rápidamente y es que sobra decir que en el pueblo, todas las familias tienen mote y eso se ha ido heredando de generación en generación. Es el compás de una vida que siempre fue a otro ritmo; y poder bailarlo, ha sido y es, mi gran suerte.