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La vida en monodosis

Vivir en singular es el formato favorito del mercado

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Los pisos nuevos ya no tienen habitaciones vacías. No hay un cuarto que todavía no se sabe si será despacho, dormitorio o lugar para alguien que está por llegar. No hay una mesa demasiado grande ni un armario esperando otras cosas. Hay una habitación, una cocina pegada al salón y una barra con dos taburetes, por si alguna vez viene alguien. Pero que no se quede demasiado.

Las casas ya no se construyen pensando en quién podría llegar, sino calculando cuánto espacio necesita una persona para no quejarse. En el supermercado se descubre que los edificios y los estantes cuentan la misma historia. Tortillas pequeñas, ensaladas individuales, fruta cortada, arroz para uno y café encerrado en cápsulas. Hasta el aceite comienza a venderse en monodosis.

Todo está diseñado para abrir, consumir y tirar. También la vida. Nos dicen que es práctico. Que así no desperdiciamos comida, no limpiamos habitaciones que no utilizamos y no pagamos metros que no necesitamos. Han sustituido la palabra «pequeño» por «funcional», «caro» por «exclusivo» y la falta de espacio por «minimalismo». Nos han encogido la vida y han conseguido que demos las gracias.

Una persona que vive sola necesita su propio alquiler, su propia tarifa, su propia lavadora, su propio seguro y su propia conexión a internet. Dos personas separadas consumen dos veces. Para el mercado, compartir es casi una pérdida de ingresos.

La monodosis no simplifica la vida. La divide en unidades que pueden cobrarse por separado. Cada vez compramos menos cantidad, pero necesitamos más envases. Ocupamos menos metros, pero pagamos más por cada uno. Tenemos menos espacio para guardar cosas, recibir gente o cambiar de vida, aunque la publicidad insista en llamarlo libertad. Todo está hecho a nuestra medida, y nuestra medida es cada vez más pequeña.

Quizá el mercado se haya limitado a observar que vivimos más solos o ha aprendido a empujarnos suavemente hacia allí. Probablemente ya sea imposible distinguirlo. Las casas se hacen para uno porque vivimos solos, y terminamos viviendo solos porque las casas apenas permiten otra cosa.

No significa que toda vida individual esté incompleta. Significa que la posibilidad de compartir ha dejado de venir incluida. Ahora exige más metros, más dinero y casi una categoría superior de existencia. Antes, una casa tenía sitio para el futuro. Hoy tiene espacio de almacenamiento.

Quizá nuestra época pueda entenderse así: hemos sustituido la habitación de invitados por un canapé abatible, la mesa familiar por una barra americana y el paquete grande por cuatro envases individuales.

Todo ocupa menos. Todo cuesta más. Hasta que un día miramos alrededor y descubrimos que, en el fondo, nada estaba hecho para nosotros.