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La belleza de las soperas

Como empezamos curso con los mejores textos intemporales, al margen de la actualidad inmediata, en los medios digitales

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Vuelvo a Haleakaloha tras el parón veraniego. Como empezamos curso, y por si hubiera algún alumno nuevo en los pupitres, recuerdo el planteamiento de esta sección: una revista de prensa que busca los mejores textos intemporales, al margen de la actualidad inmediata, en los medios digitales. Valen columnas, crónicas, reportajes, entrevistas y cualquier formato que nos cuente algo interesante y no caduque en pocas semanas.

Jorge Soley entrevista en El Debate al poeta Miguel d’Ors, que demuestra que la lírica no está reñida con la claridad. Ideologías, nacionalismo, western… Todo tiene miga, pero me quedo con el final. Respondiendo una pregunta sobre el feísmo arquitectónico, nos regala una gran frase sobre el sentido estético: «Mis paisanos son la antítesis de aquellos modernistas de finales del XIX que tanto se preocupaban de la belleza de las soperas, las lámparas, las sillas, los carteles publicitarios y las bocas del metro». A él le robo —perdone, maestro— el título de esta entrega.

Aquí, en LA IBERIA, cantera de jóvenes talentos, se estrena Daniel Guillén. Su primer artículo es muy bueno, aunque tengo mis diferencias con el ejemplo elegido, porque mi trabajo me ha llevado a aterrizar en aeropuertos muy variopintos —con paredes de tela de mosquitero, con suelos de arena de playa, rodeados de avestruces, animados por música folclórica…— y he pasado buenos ratos en algunos de ellos. Con lo que sí coincido es con la tesis de fondo. «Todo es homogéneo e irreconocible», nos dice. «Cada vez hay menos diferencia entre Madrid, París y Nueva York. Todo se siente parecido, pero cada vez menos familiar».

Carlos Esteban nos propone en Ideas, el suplemento cultural de La Gaceta, un pequeño test político en plena Castellana. «Yo veo un palacete», explica, «y tengo la indignante tendencia a desear que siga siendo un palacete, es decir, una vivienda. Me encantaría que lo habitara una familia y sus habitaciones, balcones y jardines sirvieran exactamente para lo que fueron diseñados y construidos: para que lo disfruten sus ocupantes, para ser vividos. Me da pena ver una pérgola tan bonita y pensar que el director general o el subdirector o lo que sea que dirige esta agencia no la disfrutará desayunando a su sombra, y que nadie dormirá en habitaciones que se pensaron como dormitorios».

Esperanza Ruiz vuelve al colegio en La Gaceta. En concreto, a un colegio público de la España interior. El diagnóstico, preciso y nada cómodo, lo pueden leer en el texto. Aquí dejo un recorte de la solución que ofrece a los alumnos: «Que la verdadera madurez intelectual, espiritual y socioafectiva la proporciona la lectura de los clásicos, especial y etnocéntricamente, de los nuestros. Que necesitan urgentemente conocer la Historia que no les están contando. Que están solos y que de ellos depende, para bien o para mal, salvarse».

Abrimos con un poeta y cerramos con otro. Enrique García-Máiquez nos habla en El Debate de élite educativa. Su sugestiva tesis: «Cuanto más sepan las máquinas, más tendremos que saber nosotros qué merece la pena preguntarles, qué no debemos delegarles y, sobre todo, qué queremos ser. Los clásicos, la memoria, el gusto, el juicio, el coraje intelectual y la capacidad de admiración no son antiguallas, sino contra-tecnología punta».

Nos vemos en octubre en las costas de Haleakaloha con otro cargamento de artículos.