Hace un par de meses que se ha estrenado La Odisea, la última película de Christopher Nolan. Se trata de una obra impecable desde el punto de vista técnico, que cuenta con actores solventes y resulta entretenida. En conjunto, muy recomendable para quienes quieran pasar una tarde en el cine.
Al mismo tiempo ha surgido una polémica en torno a su adecuación al espíritu homérico, sin duda alimentada por el cineasta y la productora para obtener publicidad gratuita. Nolan, director angloestadounidense, ejecuta esta película con su conocida pericia, que lo ha convertido en una apuesta segura para ese público cada vez más renuente a pagar carísimas entradas. Tampoco falla esta vez, porque vuelve a ofrecer un entretenimiento efectivo, aunque quizá resulte insustancial a los ingenuos que esperaban otro tipo de experiencia. Llama la atención leer, en prensa y redes, críticas sorprendidas, como si cupiera esperar del director de la trilogía de Batman una interpretación honda de la historia de Ulises. En sus mejores películas (The Prestige, Inception) Nolan logra acotar su tendencia a la pretenciosidad y narrar historias que se contienen a sí mismas, sin aspirar a ninguna trascendencia, sólo a entretener. Es posible que La Odisea se añada a esa lista de éxitos porque, como todas las historias de aventuras, se puede abordar desde una perspectiva juvenil. Esto no es un demérito, el nombre de Spielberg acude a la memoria como prueba de que grandes cineastas han alcanzado la inmortalidad siendo superficiales en el buen sentido. Nolan, más grandilocuente y sin esa sensibilidad hebraica ante la vida, envejecerá un poco peor.
Esta Odisea es una versión legitima, en tanto que se trata de una interpretación de uno de los mitos fundacionales del ser europeo ejecutada por otra civilización. Para el espectador atento de este lado del Atlántico su valor reside en lo que revela sobre sus autores, al ofrecer, gracias al oficio y la coherencia con la que ha sido concebida, un contraste claro entre la cosmovisión americana y la europea en el siglo XXI. Nolan no presenta a un héroe, sino a un hombre traumatizado por las experiencias de la guerra, más pendiente de sus culpas que de su grandeza. Un soldado, cristiano protestante sin remedio, al que sus acciones han hecho dudar de su lugar en el Olimpo junto a los predestinados, que sólo reconquista al expiar sus pecados a través del sufrimiento. Este Ulises se desplaza en un mundo monótono, gris, en el que no merece la pena viajar, porque sólo ofrece el infierno constante de la humanidad, desde Troya hasta Hiroshima. Quizá este enfoque es el principal acierto de Nolan, que no se molesta en disfrazar su incapacidad cultural para imaginar un héroe pagano verdadero.
La civilización europea se construye sobre la tensión entre la herencia grecorromana y el cristianismo, a diferencia de la americana —protestante—, que mira con más intensidad a Jerusalén que a Roma. El mundo europeo mantiene plena conciencia de que existe un pasado anterior a la salvación, con otras reglas, que en ciertos momentos vuelve a asomarse. La tumultuosa historia europea en el siglo XX ofrece innumerables ejemplos de hombres despiadados, herederos de esta tradición. Los diferencia de Ulises su cristianización, consistente en interpretar su misión —con razón o sin ella— como un sacrificio, una inmolación necesaria para lograr un fin más alto. Tras Cristo todos los ejecutores saben que al final de su viaje no los espera la paz, sino la ignominia.
El mundo americano es reduccionista en su cristianismo porque nunca ha existido sin él. Quienes reprochan a Nolan no entender la ausencia de culpa, olvidan que una reinterpretación estadounidense de la Odisea requiere magnificar cualquier indicio de arrepentimiento para usarlo como cimiento para entenderla. Es natural, porque el universo moral americano es uno en el que la búsqueda de la felicidad personal es un fin en sí mismo. El americano, impaciente, necesita creer que resuelve la eterna contradicción entre lo divino y lo mundano, adelantarse al trabajo de Dios. Sin embargo, esto supone renunciar a la tensión que define al europeo, desde el medievo hasta hoy. El Ulises de Nolan no puede ser un héroe, ya que por definición eso lo mantendría incólume. La visión del director requiere que las peripecias del viaje homérico se transformen en una sucesión monótona de experiencias, porque no hay nada más monótono que el pecado, que Ulises debe expiar para salvarse. El sufrimiento constante lo transforma en otro ser, un renacido, liberado de su pasado. Preparado por fin para ser feliz en esa Ítaca, reflejo de los Estados Unidos, donde la culpa alcanza a todos por igual. Un mundo sin héroes.


