En su último viaje apostólico, escuchábamos al Papa dirigiéndose a las nuevas generaciones con un mensaje vibrante: nos pedía que no tuviéramos miedo al matrimonio. Claro que no, Santo Padre, si el problema no es el miedo al compromiso. El problema real es el páramo desolador que pisamos. Esos mismos políticos que escuchaban su discurso —un discurso que, por cierto, hizo temblar los cimientos de lo poco que queda de nuestra democracia— se han encargado, a lo largo de más de cuarenta años, de legislar sistemáticamente en contra de la familia y de la natalidad. Han arrinconado y criminalizado al hombre con leyes ideológicas y aberrantes como la del «sólo sí es sí».
Lógicamente, ante semejante panorama, sólo los verdaderos valientes se atreverían hoy a formar un hogar. Siempre ha habido crisis, dificultades con la vivienda, salarios precarios y problemas para llegar a fin de mes; obstáculos reales que antes funcionaban como excusa, pero de los que siempre se salía con esfuerzo. Lo que jamás había ocurrido en nuestra historia es la inexistencia absoluta de candidatos aptos para el matrimonio y es aquí donde la cobardía institucional se traslada, como un veneno lento, a las camas y a los salones de nuestras casas.
Porque no hay nada que desgaste más el alma que la tibieza de quien no se atreve a ser. Hace tiempo entendí, a golpe de realidad y desengaños cotidianos, que la peor forma de cobardía no se mide en la fuerza física, sino en la incapacidad de sostener la mirada y hablar claro. En el plano personal, convivir con la ambigüedad es una trampa psicológica devastadora. Por un lado, nos topamos con sujetos atrapados en un limbo emocional e incapaces de comprometerse, que alargan las respuestas con silencios estratégicos porque les aterra la responsabilidad de una decisión firme. Por otro lado, están aquellos que, por miedo al juicio social o por pura debilidad de carácter, se niegan a salir del armario de sus auténticos sentimientos, arrastrando a los demás a su propia parálisis. Son dos perfiles distintos, pero ambos habitan en la indefinición como si fuera un refugio confortable, siendo la antesala de una traición silenciosa. Quien tiene interés real por algo o por alguien, jamás da lugar a las dudas. Quien de verdad quiere estar, se muestra nítido, sin ambages y con las cartas sobre la mesa.
Esta cobardía que tanto daña en lo privado es, desgraciadamente, el reflejo exacto de lo que hoy padecemos en la esfera pública. Observo el panorama político actual y siento la misma frustración que produce el trato con un pusilánime. Estamos gobernados por políticos tibios y calculadores que han hecho de la vaguedad su estrategia de supervivencia. Líderes que miden cada palabra para no perder un puñado de votos, que se esconden tras discursos vacíos y moderaciones impostadas porque carecen del coraje necesario para defender principios firmes. Frente a ellos se alzan las auténticas serpientes del poder: dirigentes con agendas destructivas, sí, pero implacables y explícitos. A estos últimos, al menos, se les ve venir. Conoces su amenaza y puedes articular una defensa contra ellos. El verdadero peligro radica en el político cobarde, ése que con su calculada tibieza desarma a los ciudadanos, adormece las instituciones y, por pura debilidad, termina entregando el terreno a quienes actúan sin ningún tipo de escrúpulos.
Ante esta marea de indefinición que nos asfixia tanto en la intimidad como en las urnas, ya no cabe la paciencia. La única salida digna, el único acto de rebeldía que nos queda, es coger el toro por los cuernos. No podemos seguir tolerando el chantaje de los silencios ni la farsa de los discursos diseñados para no decir nada. Es hora de exigir respuestas nítidas, de forzar la claridad y de bajarnos de los trenes que no van a ninguna parte. La vida es demasiado corta para gastarla descifrando a cobardes; exijamos la verdad, por incómoda que sea. Es ahí, precisamente, donde debemos rescatar el eco de las palabras del Santo Padre. Al hablarnos de un futuro sin temores, el Papa no nos dibuja un camino llano, sino que abre de par en par la puerta de la esperanza. Frente al fango de la ambigüedad, la autenticidad sigue siendo el motor capaz de reconstruirlo todo. Recuperar la valentía para amar, legislar y vivir con la verdad por delante es el único horizonte luminoso que nos queda por conquistar.



