El invasor no la lleva

Ya va siendo hora de que España deje de ser un recreo en el que todos los que tienen sangre española corriendo por sus venas 'la llevan'

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Casi todo el mundo recuerda, de sus días de infancia, cómo en los juegos participaba de vez en cuando un niño que, por su corta edad o algún tipo de impedimento, tenía la condición de inmune. Si era atrapado en el pilla-pilla o encontrado en el escondite, no sufría las consecuencias. No la llevaba. En Mallorca, decíamos que ese niño era «de mel i sucre» («de miel y azúcar»). Después descubrí que no sólo en cada comunidad autónoma, sino en cada provincia de cada comunidad, en cada ciudad de cada provincia, en cada pueblo o barrio de cada ciudad, ese niño recibía un nombre diferente. «Cascarón de huevo», «palomita blanca», «azucarillo», «mantequilla», «caballito blanco», «pollito», son algunos de los nombres utilizados a lo largo y ancho de la geografía española.

¿Y qué tiene que ver esto con Ceuta? Me ha venido a la memoria al leer ciertas noticias y ver ciertas imágenes que nos llegan de la ciudad española invadida, y sobre todo al comprobar la falta de respuesta de quienes más cabría esperarla. Porque ya son varios los casos de violaciones y agresiones sexuales cometidas por los invasores (más de veinte violaciones mientras escribo estas líneas), pero el feminismo, que es quien en teoría debería protestar con más vehemencia e indignación, guarda un silencio sepulcral al respecto. Parece hacer el gesto de cerrarse la boca con cremallera. Nos llegan también imágenes de algunas playas de Ceuta convertidas en improvisados estercoleros, con una vasta extensión de inmundicias y desechos flotando en la orilla. En apenas dos semanas sus aguas transparentes se han convertido en un Ganges túpido de suciedad nauseabunda, pero los medioambientalistas, que ponen el grito en el cielo por cualquier pequeña infracción ecológica cometida por un español, permanecen callados ante este atentado ecológico de magnitudes faraónicas. Por otra parte, hemos podido escuchar el testimonio de algunos ceutíes de clase media-baja contando cómo han visto ocupadas sus casas y robadas sus pocas posesiones, a la vez que declaran sentirse totalmente desprotegidos en el plano físico, ya que temen por la seguridad de sus hijas. Sin embargo, los socialistas, comunistas y demás superhéroes teóricos de los pobres no parecen demasiado preocupados por esta situación. Los actores, cantantes y demás intelectuales, tan solícitos a la hora de firmar manifiestos supuestamente humanitarios, hasta el momento no han firmado ninguno para defender a estos pobres trabajadores ceutíes, las víctimas más vulnerables de la invasión mora. Y no parece que vayan a hacerlo en el futuro.

Este orquestal silencio me llamó primero la atención. Pero muy pronto lo comprendí: en el juego de la ideología woke, el invasor es el «cascarón de huevo», la «palomita blanca», el de «mel i sucre». El invasor no la lleva. Puede violar, agredir, contaminar, desahuciar a los pobres, pero para él no tiene consecuencias. Sus actos afectan a los demás, pero él no puede ser afectado por los actos que los demás llevan a cabo. Tiene inmunidad. Si alguien, presumiblemente un fascista, se queja de los estragos que el invasor causa, el progresista de turno parece que se encarga de recordar su exención al momento: «No, pero él no cuenta».

Esta actitud contradictoria tiene fácil explicación. El feminismo, el medioambientalismo, el socialismo, la ideología de género y todas las demás, son sólo subclases de la ideología reina que es el wokismo. Uno no puede adherirse a una de estas subclases sin apoyar a las otras, entre las que se encuentra la defensa a ultranza de la inmigración ilegal. Por lo tanto, aunque una feminista vea las cifras que demuestran que los marroquíes son mucho más propensos a violar y agredir sexualmente a las mujeres, no se le ocurrirá criticar la inmigración marroquí, porque eso entraría en conflicto con la ideología proinmigración, que es una subclase de la ideología woke. Aunque un medioambientalista vea que a los inmigrantes musulmanes no les importa en absoluto la protección de la naturaleza, y que tienen el sentido de la higiene subdesarrollado, no se atreverá a alzar la voz contra ellos. Aunque un socialista vea que la clase baja es quien más sufre las consecuencias de la inmigración musulmana y la invasión, que son los más expuestos a la violencia, los robos y las violaciones, no por eso va a denunciarlo. Y aunque las huestes lobotomizadas de la ideología de género, que juegan a ser víctimas en España, sepan perfectamente que en la cultura de la que proceden esos musulmanes las personas que ellos representan con las siglas LGBT son realmente perseguidas, encarceladas y muy a menudo ejecutadas, no por eso van a quejarse de la importación de esa cultura.

Esto explica por qué los defensores de cada ideología se quedan callados en los momentos en que parece que más se les debería escuchar. Deben tener en cuenta no sólo la ideología a la que más estrechamente se sienten inclinados, sino todas las demás que entran en el paquete. La ideología woke es como uno de esos lotes que venden en algunas perfumerías: puede que a ti sólo te interese el perfume, pero estás obligado a comprar el pack completo con el desodorante, la crema hidratante y el gel de ducha. El perfume no lo venden suelto. Aunque la analogía tal vez no es demasiado exacta, ya que al menos los artículos que entran en el lote de perfume son congruentes, no se anulan o contradicen entre sí. La ideología woke se parece más bien a un lote en el que el primer artículo fuera un perfume, el segundo una mofeta muerta y el tercero un huevo podrido.

Ya va siendo hora de que España deje de ser un recreo en el que todos los que tienen sangre española corriendo por sus venas la llevan, mientras que todos los inmigrantes ilegales, sobre todo si son musulmanes, son el «cascarón de huevo». Y la manera más efectiva de acabar con esta inmunidad selectiva es poner fin al propio juego de la ideología woke. Tal vez ha llegado la hora de cambiar de juego y proclamar que a partir de ahora no se admite a nadie que entre saltándose las reglas. Tal vez ha llegado la hora de jugar a los soldados, las fronteras y los prisioneros. De cambiar la cantinela del «welcome» por la del «vuelve por donde has venido». Si no lo hacemos pronto, tal vez a nuestros hijos les espere en el futuro otro juego menos divertido: la sharia.