Sonó el pitido final y la intuición se convirtió en certeza: España ha vuelto a ganar la copa del mundo. El fútbol, en contra de la mentalidad estadounidense y el espíritu empresarial de la FIFA, sigue gobernado por azares caprichosos, que son la esencia misma de este deporte. Esta vez sonrieron al valiente, al equipo con mayor oficio y seriedad de este campeonato, que en conjunto no ha ofrecido un nivel de juego extraordinario, aunque haya habido muchos partidos emocionantes. Despojada de miedos, España ha logrado en este torneo convertir la victoria en un hábito, que para sus rivales parece ya una fatalidad inevitable. A falta de un rival sobresaliente, el premio final ha caído del lado con más paciencia y método, como si el torneo hubiera seguido las leyes inescapables de la física y su conclusión fuera la solución unívoca a una ecuación. España entra en el olimpo de las naciones futbolísticas al lograr ganar un campeonato con ese aire inexorable que antes estaba reservado a Alemania o Italia.
Ganó un equipo que por su carácter metódico, pausado y calculador emparenta con la herencia olvidada del tiempo de los tercios. Sin disminuir el enorme logro del entrenador, Luis de la Fuente, y el formidable conjunto que ha organizado y dirigido, esta victoria es el colofón, tranquilo, de la serie de éxitos que empezaron en 2008. Fue entonces cuando España aprendió que los triunfos caen como fruta madura y así se reencontró con la virtud europea de la paciencia, practicada desde el medievo por las naciones de esta esquina del mundo, hermanas. El asalto a la portería argentina fue un eco de las guerras seculares y asedios interminables de aquel tiempo. Como toda fortaleza asediada, la que defendían los americanos cedió en el momento menos esperado, en una acción que pareció fortuita, pero fue la culminación inevitable de todo el trabajo realizado durante las dos horas anteriores. Surgió el destello en ese momento de desesperanza, cuando ya podía sentirse la amenaza de caer ejecutados en los penaltis. Por suerte, el fútbol fue generoso al ahorrar a todas las partes ese desenlace que amarga cualquier torneo.
Aunque cuenta con el mérito incuestionable de haberse enfrentado a casi todos los grandes nombres de este mundial, España ha ganado un campeonato marcado por el nivel insatisfactorio de sus rivales, ninguno de los cuales fue capaz de ofrecer una alternativa verosímil a su dominio. Asimiladas las emociones de estos días, fue Portugal quien más amenazó la victoria española. Aunque de aquel partido nadie recordará ninguna jugada lusa, es innegable que fueron los únicos en conseguir que España se trastabillara al ponerse a la tarea de conquistar su portería. Quizá contribuyó a su derrota esa aura de selección segundona, de equipo perdedor en las citas decisivas, que hasta hace no mucho compartían ambas naciones. Francia jugó con su acostumbrada brillantez y frialdad, como caracteriza a los especialistas asentados en cualquier oficio, más pendientes de su comodidad que de su arte. Ante la perspectiva de un trabajo ímprobo para hacerse con la victoria contra España, decidieron entregarse al desapasionamiento, quién sabe por qué cálculos. Argentina también fue apática, al transmitir la sensación de que su espíritu seguía atrapado en la semifinal con Inglaterra, con todas las rencillas y anacronismos que acompañaron a aquel partido. No fueron capaces de encontrarse a sí mismos en el momento decisivo y quedará la duda, objeto de estudio entre psicoanalistas, de si el resultado habría sido distinto si se hubieran enfrentado a los españoles en las semifinales y a los anglosajones en la final.
Terminado el campeonato y declarado un vencedor ya nada de esto importa. Salvo exhibiciones legendarias, que no se han dado, de los mundiales sólo se recuerda la final. El resto de los partidos quedan envueltos en la nebulosa del olvido, excepto para la nación eliminada en cada caso, que recuerda el cruce fatídico con un grado variable de dolor y remordimiento. El segundo mundial de España quedará allí, inamovible e incuestionable, como todos los que se han sucedido desde 1930. Es legítima la expectativa de que este equipo brillante, en el que se produce una comunión inusual entre la visión del seleccionador y el trabajo de sus jugadores, obtenga nuevos éxitos, pero hoy eso es irrelevante. Con el aire de inevitabilidad de esta victoria, España ha mostrado que entiende que esto es sólo un juego, por mucho que sea uno que constata las calidades de los participantes. Las nuestras han sido el trabajo metódico, la sangre fría y la exquisita educación. El triunfo llega como un suceso derivado de esas virtudes, casi sin importancia. De ahí, a la espera de los festejos que vendrán, la parsimonia y tranquilidad que lo han seguido, para perplejidad de algunos rivales.


