De paseo por Bratislava, es inevitable observar los esfuerzos constantes de sus habitantes por convencer al turista de que se encuentra en la capital de un país. El museo de historia de la localidad, estimable, informa a sus visitantes con pesada insistencia que la población tiene todas las características de una capital europea, pero los conocedores de esa región del mundo que va del mar Negro al Báltico no encontrarán ningún rasgo que la distinga de cualquier otra ciudad de provincias de Europa Central —Linz, Cracovia, Brno, Leópolis o Cluj como ejemplos representativos—. A diferencia de las naciones de la antigua Yugoslavia, la Eslovaquia independiente no arrastra cicatrices ni remordimientos, así que permite imaginar un mundo de pequeñas naciones soberanas, en el que Baviera o Transilvania, reconocidas por las grandes potencias, firmarían tratados y participarían en cumbres internacionales.
La muy antigua Presburgo, ciudad de austríacos y húngaros, se convirtió después de la Primera Guerra Mundial en la nueva Bratislava. El cambio de nombre no reconoció una realidad previa, sino que fue un instrumento para que los victoriosos checoslovacos intentaran conquistar aquel lugar ajeno, algo que por supuesto no se atrevieron a hacer con Praga. Desde entonces busca su nueva identidad, que tras más de cien años sigue sin haber encontrado. Sus habitantes todavía muestran, en su físico y sus maneras, el clásico tipo del campesino centroeuropeo, como si acabasen de empezar a vivir allí tras dejar sus pueblos. De manera subconsciente sienten que aquella población no les pertenece y eso se manifiesta en la incomodidad con la que se mueven por sus calles. La mayoría prefiere mantener una distancia precavida con el lugar que habitan y no impregnarse con su espíritu urbano para evitar correr el riesgo de transformarse en algo muy parecido a los checos, lo que sería incompatible desde la raíz con el ser eslovaco.
A la accidentalidad los eslovacos unen un sano escepticismo, producto de una interpretación casi inaudita en Europa de su existencia nacional. Han creado su pequeña república por oposición a los checos y al comunismo, innombrables sinónimos, pero tienen la honorabilidad de reconocer su pasado húngaro y austríaco. Declaran sin dudar que al quedarse con aquella ciudad extraña crearon una discontinuidad radical en su centenaria historia. Como todos vienen del campo, recién llegados a su propia capital, y su mundo es provinciano sin remedio, no han sentido la tentación de crear mitologías nacionales ni han intentado imaginarse el centro de la historia de Europa, como sí hacen sus vecinos húngaros. Saben que su país es el resultado trivial de una sucesión afortunada de acontecimientos, que nunca hubo ninguna predestinación que hiciera inevitable su independencia. En contrapartida, esta distancia irónica con cualquier posible mito les quita convicción ante sí mismos y añade demasiado realismo a sus decisiones, por lo que en el mundo globalizado Bratislava parece campo propicio para convertirse en pasto de camareros, que piden propinas con insolencia estadounidense, y turistas asiáticos, que ya la inundan.
La falta de una leyenda propia, más allá de la primordial vinculación de los campesinos a aquella tierra, los hace acudir a ideas más amplias que la nación para comprender el mundo, porque no pueden permitirse quedarse embelesados observándose a sí mismos. El visitante que no tenga demasiado tiempo para conocer Bratislava puede encontrar condensada esta cosmovisión en la hermosísima catedral de San Martín. Es la iglesia donde se coronó a los reyes de Hungría desde el siglo XVI hasta bien entrado el XIX, por lo que su carta de presentación no podría ser menos eslovaca, en apariencia. El edificio, con partes conservadas de hasta el siglo XIII, ha experimentado numerosas reformas, en buena medida debido a los desastres vinculados a la tumultuosa historia de la localidad. Por una feliz casualidad, estas peripecias la han convertido en un edificio sobrio, de líneas limpias y sin una excesiva profusión de elementos decorativos, reliquias o imágenes. Se trata de un templo armónico, con una inocencia que lo aproxima al ideal de pureza cristiano. Es famoso por su acústica, como atestigua una placa que conmemora los conciertos, pioneros, en los que se ejecutó allí la dificilísima Missa Solemnis de Beethoven. Si se tiene algo de suerte en el momento de la visita, el rico sonido de su órgano redondeará la impresión estética. Dentro, una espléndida estatua de San Martín, vestido de húsar húngaro y realizada en plomo, domina buena parte del espacio. Como colofón, junto a uno de los retablos, se encuentra un retrato del último emperador de Austria, el beato Carlos, memoria del imborrable sueño habsbúrgico que siempre acompañará a esta ciudad.
La pequeña república eslovaca, a través de su catedral, recuerda al visitante que el ideal europeo, imperial, se ha construido a través de creencias y símbolos que trascienden cualquier mezquindad, nacional o lingüística.


