El corazón geográfico y espiritual de The Wild Bunch se rodó en la Hacienda Ciénega del Carmen, situada en el desierto entre Torreón y Saltillo, en el estado de Coahuila. Es un enclave que condensa siglos de historia española en México: sus arcos góticos, su bodega donde aún se almacenaban barricas de vino, su arquitectura colonial… nos recuerdan que este territorio no era, en el siglo XVII, tierra sin nombre ni dueño. Era la Nueva España.
«En las películas del Oeste no hay nada que no sea español: el caballo, las reses, los pueblecitos, los rodeos y los arreos»
Borja Cardelús, historiador
El pueblo donde se desarrolla buena parte de la acción se llama Parras. El nombre no es casual ni bucólico: Parras es la denominación española de las vides. Y la razón de ese nombre es histórica y precisa: en 1598, el padre jesuita Juan Agustín Espinosa y el capitán Martín Zapata fundaron Santa María de las Parras junto al río Nazas, al descubrir la abundancia de uvas silvestres en la zona. Posteriormente, por merced del rey Felipe II de España, se otorgó a Lorenzo García el privilegio de cultivar la vid y producir vino y brandy.
Aquella hacienda, la de San Lorenzo, hoy conocida como Casa Madero, es el viñedo más antiguo en operación continua de todo el continente americano, fundado en 1597. Los españoles llevaron la vid al norte de México como llevaron el caballo, el ganado, el rancho y la hacienda. Que Peckinpah eligiera este paisaje empapado en siglos de presencia española para contar el fin del Viejo Oeste no es una coincidencia: es una verdad histórica profunda, aunque involuntaria. El Oeste que muere en pantalla nació, en realidad, en España.


