En el Lejano Oriente se tiene menos apego a los nombres de pila. Además del oficial, usado en registros y documentos, todo el mundo tiene otros, con los que se juega según la ocasión, en una danza sin fin de personalidades. En casa, con la familia más próxima, se utiliza uno. Otro con los más viejos, otro distinto con los más jóvenes. Hay un nombre de leche, provisional, que se usa sólo en la primera infancia. Otro reservado para los compañeros de clase y los colegas de trabajo. Incluso se utiliza, en ciertos casos, uno nuevo para referirse al difunto. Existe constancia de que un chino ilustre como Sun Yat-sen contaba con al menos nueve nombres distintos. Esta costumbre se remonta al menos a Confucio, preocupado por el asunto al considerar que la armonía de la sociedad exige que la lengua sea acorde con la realidad de las cosas. En sus Analectas propone el principio de la «rectificación de los nombres», por el que se requiere su modificación siempre que sea necesario para ajustarse a un entorno en constante transformación. Relaciones distintas requieren, por tanto, que uno mismo utilice nombres distintos. La facilidad con la que los chinos pasan de uno a otro no es frivolidad. Es asignar un nombre al ser, no sobre la base de alguna cualidad intrínseca suya, sino sobre la base de sus relaciones con otros seres.
Cualquier chino, salvo los nacionalistas recalcitrantes, adopta un nombre occidental, no sólo para ahorrarse los problemas de una mala pronunciación, sino principalmente como una extensión de la lógica que utilizan entre compatriotas. Pueden llegar al extremo de usar con los extranjeros varios alias distintos, con los que juegan según la lengua materna de su interlocutor. Una misma ejecutiva puede ser Frieda para sus clientes alemanes y Francesca para los italianos. Esta práctica no les genera problemas de identidad, quizá por su menor apego a la individualidad. Pueden tomar un nombre occidental por comodidad, pero es muy raro que se toquen el apellido. Como están intrínsecamente ligados a sus familias, no se los valora en sociedad tomados de uno en uno. Algo tan cotidiano en las familias europeas como una oveja negra, allí es inconcebible. Lo que aquí es fuente de anécdotas reservadas a amigos íntimos, en China generaría una mancha indeleble a todos los miembros de una familia, que verían su prestigio social muy dañado. Por eso guardan un silencio sepulcral sobre familiares que aquí apenas se considerarían díscolos. El individualismo de su sociedad, que en ocasiones es feroz, siempre está al servicio de un linaje, no es un fin en sí mismo.
Lo que para el chino es un cambio de vestuario, aunque se trate de ropa que se cuida con mimo y a veces está apartada para usarse sólo en las grandes ocasiones, para el europeo es un cambio de peinado. Tomada de forma adulta, se trata de una decisión trascendental, que define la personalidad y, aunque no es del todo irreversible, suele ser lo bastante traumática como para no andarse con idas y venidas. Una rectificación puede requerir los años de paciencia que son necesarios para que vuelva a crecer una buena melena. A partir de cierta edad, no es raro tropezarse con un conocido al que se llevaba tiempo sin ver y encontrárselo transformado. Están los bendecidos por un nombre compuesto, que pueden elegir entre usar sólo uno de ellos o los dos a la vez. Los que usaban un diminutivo arrastrado desde la niñez y lo abandonan. Los que empiezan a usarlo ya a cierta edad, más ridículos. Los que traducen su nombre a otro idioma, atrapados en su microcosmos. Los Jose que se convierten en José, cambio sutilísimo que muestra la gravedad que puede dar a toda una vida una sola tilde.
El europeo vive en tensión entre la tradición y la traición. Por eso carga con la tentación de hacer las Américas, marcharse a algún lugar lejano donde nadie lo conozca y construir una nueva vida, sin pasado. No son escasos los ejemplos de aventureros, dispuestos a la infidelidad que fuera necesaria con tal de escapar de sí mismos, que jugaron con distintas identidades hasta que su rastro terminó por desvanecerse. Las instituciones y países que vivían del prestigio de hacer tabula rasa sobre cualquier biografía acostumbraban a nutrirse de europeos, porque eran quienes tenían la capacidad única de sobreponerse al pasado, conquistar el olvido y renacer en la tradición. Para los que daban este paso el cambio de nombre era la última esperanza de rebelarse contra un futuro que, sin un cambio radical, se sentía fatal. Pero que haya funcionado hasta hace poco no significa que este siga siendo un camino practicable. La duda es si los europeos que cambiarán de nombre sobrevivirán a esta traición y encontrarán un nuevo propósito o el destino del que huyen terminará por alcanzarlos.


