El hombre que supo estar ahí

En un tiempo de gestos estudiados, declaraciones grandilocuentes y egos hipertrofiados, la figura de Álvaro del Portillo resulta casi revolucionaria

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Hay hombres que hacen ruido al entrar en una habitación. Y hay otros que dejan huella al salir de ella. Don Álvaro del Portillo pertenecía a esta segunda especie, tan rara hoy. No necesitaba imponerse porque ya había aprendido algo mucho más difícil: desaparecer.

En un tiempo de gestos estudiados, declaraciones grandilocuentes y egos hipertrofiados, la figura de Álvaro del Portillo resulta casi revolucionaria. Porque fue un hombre sin estridencias. Un cristiano que entendió que la santidad no consiste en llamar la atención, sino en sostener silenciosamente el peso de los demás.

Vivimos tiempos en los que todo el mundo quiere ser fundador, profeta, líder o referente. Nadie quiere ser segundo. Y, sin embargo, quizá una de las vocaciones más difíciles sea precisamente esa: la de sostener una obra sin apropiársela. La de continuar sin deformar. La de custodiar un espíritu sin convertirlo en caricatura. Eso hizo don Álvaro.

A la muerte de san Josemaría Escrivá, muchos pensaron que la fuerza expansiva del Opus Dei se apagaría lentamente. Había desaparecido el fundador, el hombre de fuego, el sacerdote de las intuiciones gigantes. Quedaba entonces la tarea menos brillante y más delicada: conservar la llama sin convertirla en ceniza fría. Y ahí apareció la grandeza discreta de Álvaro del Portillo.

Nunca necesitó inventarse un personaje propio. No compitió con la memoria de san Josemaría. No buscó “actualizar” el carisma para agradar al mundo ni endurecerlo para convertirlo en reliquia. Comprendió algo esencial: las obras de Dios sobreviven cuando quienes las gobiernan no se colocan a sí mismos en el centro.

Hay personas cuya autoridad nace del miedo. Otras, de la inteligencia. La de don Álvaro nacía de la paz. Y eso es mucho más profundo. Porque sólo transmite serenidad quien vive desinstalado de sí mismo.

Quienes le conocieron hablan siempre de lo mismo: amabilidad, escucha, paciencia, delicadeza. Virtudes aparentemente menores en una civilización obsesionada con la eficacia y el rendimiento. Pero quizá el mundo se esté desmoronando precisamente por haber despreciado esas virtudes pequeñas que sostienen la vida cotidiana.

Don Álvaro tenía algo que hoy escasea dramáticamente: bondad sin espectáculo. Y eso desconcierta. Porque estamos acostumbrados a pensar que la santidad debe ser impresionante, casi teatral. Sin embargo, la mayoría de los santos verdaderos tienen un aire doméstico. Se parecen más a un padre bueno que a un héroe épico. Más a una lámpara encendida que a un castillo iluminado.

Por eso la figura de Álvaro del Portillo interpela tanto al hombre contemporáneo. Porque demuestra que se puede influir enormemente sin levantar la voz. Que se puede gobernar sin aplastar. Que se puede obedecer sin perder personalidad. Y que existe una forma profundamente viril de la ternura.

Quizá el gran drama de nuestro tiempo no sea la falta de talento, sino la ausencia de humildad. Sabemos producir, comunicar, conquistar y discutir. Pero hemos olvidado servir. Y una sociedad donde nadie quiere servir acaba convertida en un campo de batalla de vanidades. Don Álvaro entendió que la grandeza de un hombre no se mide por cuánto ocupa, sino por cuánto espacio deja a Dios y a los demás.

Cada 12 de mayo la Iglesia celebra su fiesta. Y conviene detenerse un instante ante figuras así. No porque fueran perfectas —la perfección humana no existe—, sino porque recuerdan algo esencial: el bien suele avanzar silenciosamente.

Mientras el mundo premia a quienes más se exhiben, Dios sigue actuando muchas veces a través de quienes casi no hacen ruido. Tal vez por eso, cuando uno piensa en Álvaro del Portillo, no le viene a la cabeza la imagen de un conquistador. Sino algo mucho más difícil y mucho más bello: la de un hombre bueno. La de un hombre que supo estar ahí.