Caminar a contracorriente entre una multitud anónima. Un horizonte desdibujado por la niebla. O un silencio ensordecedor tras una despedida. La sensación de estar perdido, de vértigo, o de sentirse fuera de lugar. Es un hecho que nos incomoda la incertidumbre, aunque puede que no por sí misma, sino por la falta de control. No saber qué ocurrirá unos segundos o minutos después o, peor, la repercusión que esto tendrá. Pero lejos de la fuerte connotación negativa que implica el primer vistazo, podríamos darle una vuelta y renombrar este desnorte con algo así como «oportunidad». La palabra proviene del latín opportunitas, que a su vez deriva de la expresión ob portus, que aludía a estar «frente al puerto» o «llegar al puerto», describiendo el momento adecuado para atracar seguro, algo más tangible y táctico. La búsqueda de un refugio. ¿Puede ser esta la respuesta a la sensación de desnorte? ¿Debemos entonces de buscar nuestro «lugar seguro»?
Si quisiéramos simplificar, podríamos concluir nuestra reflexión con que debemos orientarnos hacia lo sencillo, a lo que conocemos, a lo inequívoco. Sin embargo, nuestros patrones sociales de comportamiento nos dictan algo antagónico: nos seduce la complejidad. A pesar de que a menudo busquemos el triunfo, la ganancia inmediata y la satisfacción, resulta sorprendente que sean los partidos que enfrentan a equipos igualados los que más estadios llenan; si sabemos que nuestro conjunto tiene todas las de ganar frente a uno más flojo, preferimos verlo desde el sofá. Lo predecible nos tranquiliza, pero nos adormece, por lo que no evitamos la ventura, sino la monotonía. Es el riesgo, la adrenalina y lo desconocido. Es la búsqueda de lo apasionante e incierto lo que nos hace volver a sentir.
No obstante, en el propio riesgo reside el muro que nos impide terminar de elegir el camino a seguir. Está bien ser espectadores del partido, pero cuando entra en juego algo más personal, la historia cambia. Para dar el paso, necesitamos una chispa de energía que haga funcionar las cosas. Pero aquí viene lo desafiante: no aparece por arte de magia, ni debemos esperarla pasivamente. Quizá un acto de escucha atenta, una pausa en el caos mental o una conversación reveladora ayuden a disipar la niebla y hagan que encaje el puzle. O quizá no. No es la claridad la respuesta a todo esto.
A principios del siglo XX, la física clásica de Isaac Newton parecía dominar el panorama científico. Había por entonces una gran base de la ciencia consolidada que explicaba todo lo que predicaba la intuición. Entonces, un oficinista de patentes publicó en una revista la teoría de la relatividad especial; probablemente la propuesta más famosa y revolucionaria de nuestro tiempo. Albert Einstein hizo historia sin respaldo, sin contar con un camino seguro, atreviéndose a pensar distinto. En nuestra incertidumbre no encontraremos un camino claro, ni mucho menos lo haremos de forma inmediata, aunque a menudo eso sea lo que esperamos.
Cada vez lo tenemos todo más fácil y, por ende, todo va más rápido. La sociedad avanza a una velocidad vertiginosa y parece que, si no seguimos ese ritmo, nos quedamos atrás, como si todo lo que habíamos proyectado pudiera escaparse de nuestras manos. Pero quizá ahí esté el error: asumir que existe una única ruta correcta. No hay una «X» en el mapa que señale el destino exacto ni un recorrido óptimo que garantice el acierto. Lejos de ser una desventaja, esto es precisamente lo que nos libera. Porque entonces avanzar deja de ser una cuestión de acertar, y pasa a ser una cuestión de atreverse. Einstein lo hizo. Y Jobs, y Darwin, y Tesla.
Circula por ahí una frase atribuida a John A. Shedd, un escritor y empresario del siglo XX, que dice que un barco donde está más seguro es atracado en el puerto, pero que no fue para eso que se hicieron los barcos. A lo mejor hay que perderse para encontrarse. Y seamos honestos: a la hora de la verdad, ¿acaso sabemos que «es por ahí» por donde se llega? No es lo corriente. Lo habitual, cuando importa, es dudar y no quedar nunca del todo conformes. Esa insaciabilidad y nueva búsqueda da la medida de nuestro coraje y nuestra fuerza. Siempre volveremos a buscar un nuevo motivo por el que cambiar de rumbo, o un nuevo horizonte que queramos perseguir, aunque luego se vuelva a desdibujar.
Perderse no es quedarse inmóvil ni dejar que la vida pase ante nuestros ojos, sino atreverse a avanzar incluso sin un rumbo del todo definido. Hace cientos y miles de años, sin motores, la vida de los intrépidos marineros dependía de dos factores: el viento y la marea. La oportunidad no era el puerto en sí, sino el lapso en el cual el viento soplaba a favor y la marea subía. No es que esto les asegurase la entrada en el puerto; el quid de la cuestión reside en que la oportunidad nunca encuentra a quien no ha zarpado. Jamás le llega a quien no ha tenido la audacia de iniciar la expedición. En nuestro viaje a ciegas, solo si nos atrevemos a soltar amarras, vamos a llegar a buen puerto.


