«¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?». El propio Julian Barnes, al ser preguntado por esto, respondió que es una pregunta trampa: no hay opción real. Si escoges y vas con cuidado, ya no hablas de amor. El amor exige ir a por todas; exige dejarse la piel.
A veces da miedo. Da miedo sentirlo. Ese momento en el que eres consciente de que quieres a alguien y es esa mezcla de ilusión, ganas, vértigo, ceguera y contradicción. Ese momento en el que te sientes fuerte y vulnerable, que puedes volar y caer a plomo, seguro y en un mar de dudas perfecto; y el más completo de los desastres.
También da miedo ser querido. Decepcionar, hacer daño, ser otro fracaso, no estar a la altura, no dar lo suficiente. Nos ponemos límites, dudamos de nosotros, nos creemos menos, no somos conscientes de nuestro valor, de la felicidad que podemos aportar a quien nos ama y nosotros correspondemos. Si, da miedo ser querido: la posibilidad de decepcionar, de sumar otro fracaso. Y en un alarde de pesimismo, pensar que las cosas se pueden complicar y que de los fuegos artificiales iniciales, no queden ni restos al cabo de unos años (momento en el que Beigbeder entraría por la puerta a saludar a los asistentes).
Hace tiempo decidí que el amor no se piensa. Ni se teme. Hace tiempo decidí que nadie, ni siquiera yo misma, tendría que pagar por los fracasos pasados. A veces nos perdemos en el análisis del riesgo, como si la vida fuera un balance de daños antes de empezar la batalla. Pero el amor, como la buena literatura o los grandes proyectos, no admite espectadores neutrales: o te manchas las manos o te quedas fuera.
Hace tiempo decidí que lo que no se vive o cuida, se muere. El amor es honestidad y transparencia con el otro. Hace tiempo decidí que amar es un regalo que siempre hay que abrir, y disfrutar. Y entendí que amar no es atar, no es poseer. Que si no le nace, no hay que insistir más. Que no hay excusas, sino ganas, y que el amor que se fuerza, se rompe. Que se puede amar sin pedir porque lo que se recibe es de verdad.
Hace tiempo decidí que decir «te quiero» es necesario a pesar de no saber si se es correspondido. Que aunque dé miedo, prefiero que la otra persona lo sepa porque puede que no haya otra ocasión. Porque no tenemos comprada la vida, ni el tiempo, ni la ocasión de decirlo en otro momento. Porque creo que es grande ser querido.
Porque, si no se dice con palabras, se dice sin ellas.
Porque creo que es muy difícil ocultar el amor.
Y porque cuando digo «te quiero», siempre es cierto.
Siempre acierto.
Que sobre el amor no hay normas escritas, que cada vez es diferente, que siempre sorprende. Y nos hace conocernos. El amor puede acabarse; si… Pero nosotros no nos acabamos con él. Nunca hay que arrepentirse del amor que se da porque ese amor siempre dirá más de ti que de quién lo recibe. Por eso, entre amar más y sufrir más, o amar menos y sufrir menos, elijo lo primero. Como dice Barnes, hay que ir con todo. No se puede escoger a quién amamos, ni a quién no logramos amar nunca como se merecía. Lena Andersson tiene una frase muy buena al respecto en su libro Hechos pocos fieles (2020): «Las personas quieren poder amar. Eso les resulta más importante que ser amados».
Amar, en tiempos de cinismo y de vínculos líquidos, es casi un acto de insurgencia. No es sólo un sentimiento, es una postura ante la vida: la de quien decide no protegerse, la de quien prefiere el riesgo del naufragio a la seguridad de quedarse en la orilla. Da miedo bajar la guardia y abandonarse en el otro, sí, pero es la única manera de amar con plenitud. Pienso que todos los impedimentos que a priori vemos, son en parte absurdos porque luego llega la vida y decide por ti.
Porque, al final, la verdadera altura de una persona no se mide por sus éxitos, sino por su capacidad de sostener la mirada al miedo y, aun así, elegir quedarse. No hay mayor error que el de quien, por miedo a fallar, decide no dar la talla.
Que no nos falte con quien volver a creer, y que «atrevernos» y «juntos» vayan de la mano.


