Se pisan calles sin verlas. No por falta de luz, sino por exceso de prisa. Y, sin embargo, a veces —muy de vez en cuando— algo nos detiene discretamente. No un monumento, ni una fachada grandilocuente, ni siquiera un escaparate bien pensado y atrayente. Es, como en este caso, una acera.
Iba caminando sin más, con esa distracción funcional de quien va de un punto a otro, cuando me llamó la atención un detalle que, en realidad, no estaba hecho para llamar la atención: las líneas de unas baldosas. Allí estaban, cruzándose con una precisión que no exigía nadie, encajando como si alguien hubiese decidido que incluso el suelo que se pisa —especialmente el suelo— merece respeto.
No es fácil colocar esas piezas así, pensé. No porque sea técnicamente imposible, sino porque exige algo más raro que la pericia: exige cuidado. Alguien —un albañil anónimo, probablemente temprano en la mañana— se detuvo lo suficiente como para hacer coincidir los límites, para que lo que podía haber sido simplemente correcto, un trabajo del tira, que libras que diría mi amigo Alfonso Paredes, fuese, además, armónico. Y entonces pensé que ahí había algo profundamente humano. Y profundamente cristiano.
Porque la santificación del trabajo no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien lo ordinario. No es levantar catedrales —eso lo hacen pocos—, sino colocar baldosas como si cada una tuviera nombre propio. Como si alguien fuese a detenerse, un día cualquiera, y descubrir en ese cruce de líneas una intención. Ese alguien, gracias a Dios, hoy, fui yo.
Y es que hay una forma de amar que no se declara, pero se deja ver en los detalles. En no conformarse con que «sirva», sino aspirar a que «esté bien». En entender que el trabajo no es sólo un medio para cobrar, sino un lugar donde uno se da, donde uno se santifica, como dijo aquel santo —nada ordinario— de lo ordinario. Donde uno deja algo de sí que otros, sin saberlo, recibirán.
Quizá nadie felicitó a ese albañil. Quizá nadie se dio cuenta en el momento. Pero la belleza discreta tiene esa peculiaridad: no necesita aplauso inmediato, porque está hecha para durar más que la atención.
Pensé entonces que el mundo se sostiene, en gran parte, sobre estos gestos invisibles. Sobre personas que, sin discursos ni focos, deciden que lo que hacen merece ser hecho con esmero. Que no trabajan sólo delante de otros, sino también —y sobre todo— delante de Dios.
Y comprendí que aquella acera, tan humilde, era en realidad un pequeño altar. No por lo que es, sino por cómo fue hecha. Porque cuando el trabajo se hace así, incluso el suelo que pisamos deja de ser suelo. Y empieza a ser testimonio de que bien está lo que bien se hace.


