En Castelcutò, un pueblecillo cualquiera de la geografía italiana, la maldad social se ensaña con la belleza local: Malena. Es tan hermosa que a su paso detiene el tráfico humano. Todas las miradas se vuelcan en ella, y si las miradas pudiesen perpetrar lo que muestran, Malena sería violada todos los días por hordas de salvajes que se dicen honrados ciudadanos de orden. Sería despedazada por tropas de mujeres envidiosas y amargadas que se dicen buenas, decentes y beatas, pero que se mueren por atraer siquiera la mínima parte de las pasiones que Malena atrae, que se pirran por poseer su aura de fémina irresistible.
Todas las lenguas murmuran, todas dicen comentarios soeces. Todas se erigen en árbitros y jueces malvados de la vida privada y de las intimidades de una mujer honrada —ella sí que lo es de verdad— que no ha hecho nunca más que vivir como cualquiera y sin hacer nada destacable.
Entre tantos malsanos pensamientos y afirmaciones, sólo una persona: un chico de poco más de doce años, invisible, que se enamora, sin condiciones, de la mujer. Renato es el único que la conoce tal como ella es. Su protector en la sombra, aunque no pueda hacer mucho aparte de observar, ser testigo y mascullar maldiciones contra los malintencionados. Es el único que siente piedad. El único capaz de amarla, comprenderla y perdonarla siempre, en cualquier circunstancia.
Malena (2000) es la historia de un amor secreto con claras influencias a Federico Fellini, sobre todo en las ensoñaciones del joven, donde llega a verse como héroe en películas clásicas con ella de pareja. Ello en un discurrir paralelo a los vaivenes de la II Guerra Mundial, la ilusión expansionista inicial italiana, el culto al líder, la invasión nazi, los bombardeos aliados, y la posterior liberación estadounidense, todo ello entrelazado a la historia de Malena de modo sutil, hasta explotar en un doloroso clímax.
La película tiene un aire melancólico que se agranda con buenísimas interpretaciones y guiones ingeniosos. Muestra una vida sencilla al estilo de Cinema Paradiso (1988), pero con un toque de maldad más evidente y marcada. Giuseppe Tornatore no sólo narra en Malena, la enternecedora y calamitosa historia de amor secreto de un adolescente hacia la beldad del pueblo. Además de eso, despelleja sin piedad, un poco grotescamente, esos feos y repugnantes lastres y defectos sociales: la envidia, la maledicencia, el instinto borreguil, el dedo acusador, la falta de empatía y el malsano y oculto afán de la masa por condenar y lapidar al primer cabeza de turco al que se le haya colgado una etiqueta que lo distingue.
Tornatore en esta ocasión vuelve a tomar como protagonista a un niño que se encuentra en ese cambio hacia la adolescencia, y que empieza a sentir por primera vez los deseos sexuales, al conocer a una joven llamada Malena (Mónica Bellucci). Renato (Guiuseppe Sulfaro) refleja fielmente ese descorche hormonal que supone la pubertad y Malena es la belleza en estado puro, sensual, carnal, sublime. Fuego y pajas que arden en cada sueño, en cada momento íntimo, en cada fantasía. Una mujer seductora que intenta llevar una vida normal y reservada mientras espera a que su marido vuelva de la guerra. Pero los hombres del pueblo sólo sueñan con acostarse con ella y las mujeres no paran de tenerle envidia.
Sobrecoge la capacidad que tiene el director de ofrecer sensualidad y erotismo sin ver absolutamente nada. El espectador desnuda a esa mujer a través de los ojos del niño que únicamente ve transparencias, sombras, posturas, gestos y curvas. No ve nunca a esta mujer desnuda, pero no es necesario; ya que la imaginación traspasa la pantalla y todos los espectadores son capaces de verla desde un punto de vista sensual. Y es que ello no sólo es mérito del director, también por la notable interpretación de Mónica Bellucci, en un rol complicado que debe expresarlo todo con sutilidad, con la mirada, con el modo de moverse. Ella, sobresaliente en su papel derrochando sensualidad por todos lados pero acompañada de un aura de tristeza y melancolía. Malena es en realidad un enigma, apenas la vemos hablar durante la película, todo es la visión en la distancia del chico, y aun así el director consigue que empaticemos con ella, sintamos su soledad, su angustia, su desazón. Todos los personajes llenan un guión que narra una trama que enamora desde el primer fotograma, hasta un desenlace que no decepciona.
Malena es más que los sueños húmedos de un jovencito sensible atrapado en un entorno cerril y zafio. Es el proceso de madurez del hombre que anida en él. «El amor verdadero es el que no es correspondido», escribe Renato en una carta clandestina de tantas en las que expresa lo que siente. La mirada del chaval tan melancólica y sufrida a lo largo de los años es realmente cautivadora a los ojos del espectador, sufre tanto como la misma protagonista. Jamás pierde la esperanza de poder estar en su corazón. Es significativa la frase final del fin: «Conocí a tantas mujeres que me han dicho: “Acuérdate de mí”. Pero la única que jamás olvidé, es aquella que nunca me lo pidió: Malena».
Malena es la historia sobre el daño que pueden hacer las palabras en la vida de otras personas, hasta qué grado se puede mancillar la reputación del prójimo y la manera en que la belleza de una mujer puede ser la causa de su desgracia, como en el mismo juicio en la película, el abogado menciona que el crimen, el pecado, el delito de esta mujer es ser bella.


