La elegancia del ser sobre el estar

Una práctica constante que se refleja en los detalles, en las decisiones pequeñas, en la dicción, en las conductas, en la moral, en la forma de vivir

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La elegancia tiene algo de lenguaje secreto: una combinación de intuición, estética y ciertos márgenes que destierran el exceso. Para mí, era una forma de equilibrio entre lo que se muestra y lo que se sugiere, un juego sutil que encarna la expresión y la contención. Sin embargo, al leer Agua y jabón, ese concepto se afina, se vuelve más concreto y, al mismo tiempo, más exigente. La elegancia, según propone Marta D. Riezu, no es sólo una cuestión de percepción o estilo personal, sino una disciplina cotidiana, casi ética, transversal a todos los ámbitos de la vida. Un ensayo que se autoproclama, silenciosamente, como un código del ser.

El espíritu del libro refleja con precisión esta filosofía. La prosa de Riezu es sobria, directa, desprovista de adornos innecesarios. No busca impresionar, sino decir: es precisa, va al punto y rehúye lo rimbombante. Y en esa renuncia al artificio verbal reside una de sus mayores enseñanzas: la elegancia no necesita exhibirse. Como afirma la autora, «la verdadera elegancia es invisible», una idea que no sólo define el contenido del ensayo, sino también su forma. Cada frase parece medida, ajustada a lo esencial, como si escribir también fuera una manera de vestirse con propiedad. En este sentido, el libro no describe la elegancia: la practica con un decoro preciso.

Desde esta perspectiva, la elegancia comienza en el plano más ordinario. Erramos en su definición al considerar que la sencillez es aburrida o carece de magnetismo. Conviene recordar que en el punto medio reside la virtud y los buenos códigos no pertenecen a los grandes escenarios ni a los momentos excepcionales, sino a la ausencia de desmesura en los gestos cotidianos. Hay una reivindicación constante de lo básico, lo atemporal y lo que perdura: el cuidado personal, la limpieza, la atención a los detalles más simples. «El agua y el jabón son el primer lujo», escribe Riezu, subrayando que, antes que cualquier sofisticación, está la dignidad de lo esencial. Esta idea la sitúa en una esfera accesible, pero también la vuelve más exigente: no basta con aparentar, hay que sostenerla en lo diario, como esa prenda preferida que se conserva con esmero a lo largo del tiempo.

Agua y Jabón

En el ámbito del vestir, el libro desmonta muchos tópicos. Frente a la asociación entre elegancia y lujo, Riezu propone la coherencia como criterio fundamental. Vestirse bien no es seguir tendencias ni acumular prendas costosas, sino conocerse y expresarse con honestidad. «Vestirse es una forma de lenguaje», afirma, y, como todo lenguaje, exige precisión. La ropa deja de ser un disfraz para convertirse en una extensión de la identidad: nuestro código de presentación, la expresión del carácter, una sofisticación que aparece cuando hay armonía entre lo que se es y lo que se muestra.

Pero esta armonía no se limita a lo visible. La elegancia también se manifiesta en los códigos sociales, en ese saber estar. No se trata de rigidez ni de normas vacías, sino de una sensibilidad hacia los demás. Saber escuchar, no interrumpir, adaptarse a los contextos sin perder la autenticidad: todo ello forma parte de un carácter medido y natural que no se ve, pero se percibe. En palabras de la autora, «la cortesía es una forma de inteligencia emocional». Esta dimensión relacional convierte la elegancia en algo profundamente humano, ligado al respeto y a la empatía.

La cultura, por su parte, actúa como un sostén invisible. Leer, observar, aprender: son formas de afinar el criterio. Sin embargo, la elegancia intelectual no consiste en exhibir conocimientos, sino en integrarlos con naturalidad. Una persona verdaderamente culta no necesita demostrar lo que sabe, porque su forma de estar ya lo sugiere. Como apunta Riezu, la cultura bien entendida «no pesa, acompaña». Esta idea se vincula con una elegancia discreta, que rehúye la ostentación incluso en el ámbito del pensamiento.

A medida que el libro avanza, se hace evidente que la elegancia expresa también una dimensión ética. No puede reducirse a la apariencia ni al comportamiento superficial: se sostiene en una coherencia interna. Se manifiesta en la forma en que tratamos a los demás, especialmente a quienes no forman parte de nuestro entorno cercano. Un gesto amable con un desconocido, una actitud respetuosa en situaciones difíciles, una generosidad sin cálculo: ahí se revela una elegancia más profunda, imposible de fingir. Una manifestación de valores y conductas elevadas que se aprecian, precisamente, en aquello que pasa desapercibido, porque no busca impacto, sino sentido.

Así, lo extraordinario deja de estar ligado a lo grandilocuente. La elegancia no busca llamar la atención, sino mantenerse fiel a una medida interior. «La elegancia no busca aplauso», escribe Riezu, y en esa frase se condensa toda una filosofía. En un entorno donde lo visible parece tener más valor que lo esencial, la elegancia se convierte en una forma de resistencia. Elegir la sencillez, la coherencia y la discreción es también una manera de posicionarse frente al mundo.

En definitiva, Agua y jabón propone una redefinición de la elegancia que va más allá de lo estético. Por medio de un estilo limpio y preciso, la autora construye un discurso en el que lo cotidiano adquiere una nueva dignidad. La elegancia no es un lujo ni una pose: no es llevar el reloj más llamativo ni destacar por encima de los demás, sino una práctica constante que se refleja en los detalles, en las decisiones pequeñas, en la dicción, en las conductas, en la moral, en la forma de vivir y hasta en la manera de entrar en un lugar. Y, quizás, ahí reside su mayor dificultad: no en aprenderla, sino en sostenerla cada día. Probablemente, viviríamos mejor así.