La novedad sin saturación es el mecanismo que desencadena la fijación de la memoria, así como hace con la historia, que es memoria colectiva. Se trata de la justa medida de sucesos que permite situarse en el tiempo, ya sea individual o social. Por eso lo memorable siempre conlleva cierta excepcionalidad, porque la proliferación de acontecimientos o su ausencia, ambas monótonas, son idénticas en conducir a la desorientación.
La memoria se suele remontar a esa época en que el bebé ya ha comenzado a ser un niño. Su falta con anterioridad, al menos en el sentido usual, consciente, no contradice que exista desde el nacimiento una percepción natural del tiempo, basada en la repetición. Esta tendencia, común a todos los seres vivos, se deriva de los estímulos diferentes que genera la alternancia del día y la noche. Los padres pueden reforzarla con rutinas y hábitos regulares. A medida que se crece esta noción se hace sofisticada, comienza a aceptar variaciones complejas. Por ejemplo, el descubrimiento de que no todos los días son iguales se produce a menudo al empezar a ir a la guardería, porque no cada mañana se acude a aquel lugar. El niño encuentra así la realidad del fin de semana y con ello su devenir pasa a oscilar en armonía con ese ciclo de siete días, quizá el más antiguo de los ideados por la humanidad que ha subsistido hasta el presente.
Al principio el niño vive en todo tiempo, una eternidad inextinguible en la que todos los días están unidos y el mundo se justifica a sí mismo a través de su incuestionable existencia. Los recuerdos se estructuran de esta manera peculiar, en la que el pasado está entrelazado de forma inseparable con el presente y no se concibe una realidad alternativa. El niño recuerda prácticamente todo lo que ha observado. Lo ocurrido hace semanas es tan real como lo sucedido hace cinco minutos. Pronto cambia, aparecen las preguntas, acompañadas por la primera desilusión adulta, aceptar que hoy no será eterno. Las vacaciones no se prolongan sin fin, los amigos aparecen y desaparecen, las visitas son un breve divertimento, la tarde de juegos en el parque tiene que terminar. Hay que volver a casa. El acontecimiento que queda fijado en la memoria es digerible por tener la magia de la excepcionalidad o de la extinción. Por eso los atardeceres que se recuerdan de la primera infancia son los del final del verano, porque son aquellos con una luminosidad que el niño no volvió a ver repetida a lo largo de todo un año.
Tanto la ausencia de hitos como su sobreabundancia envuelven la vida en una nebulosa que hace indistinguibles unos años de otros. Las vidas acobardadas, que quieren congelar un presente por miedo a la irreversibilidad, acaban ahogadas por anécdotas sin significado, sepultadas por la desmemoria. Porque la memoria es un registro de los futuros que nunca se han materializado y cuya pérdida ha sido aceptada. Hay que abrazar la naturaleza viva del tiempo, su irreversibilidad, que con su fluir puede convertir a la persona en un ser cualitativamente distinto. El cambio genuino requiere despojarse de lo accesorio del pasado, olvidarlo para hacer posible el renacer. La vida así vivida es un homenaje permanente a la resurrección.
A través de su pureza el niño todavía se mantiene próximo a la capacidad divina de estar en todo tiempo. Con la edad suele perderse esta habilidad de tratar sin distinción pasado, presente y futuro, vivir con simultaneidad en momentos distintos. La paradoja es que la memoria es un reflejo de lo divino cuya acumulación nos aleja de ello. Su exceso reduce los espíritus a un punto, conduce a la esterilidad mental al ubicarnos en un tiempo que excluye los demás. Cierto olvido aproxima a la inocencia de la infancia, la alegría de la sorpresa, la infinitud de la creación. Permite al ser humano reconocer sus imperfecciones, no esconderse en la inevitabilidad, aspirar a contener en su corazón el principio y el fin de las cosas.


