La medida de todas las cosas

Cuanto mayor, más rica, más grande y más bella sea, así será también nuestra vida

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Hace poco me pude volver a sentar por fin con un amigo al que hace tiempo que no visitaba. Es un tío muy alegre, aunque me confesó que, a veces, se apodera de él una cierta sensación de desidia de la que le cuesta mucho desprenderse. No me dijo ningún motivo concreto, ni creo realmente que lo hubiese. Yo mismo me noto a veces apático, aburrido de la rutina o falto de motivación. Y es cierto que esas son sensaciones que pueden llegar a instalarse con nosotros durante un tiempo si nos descuidamos.

Durante las últimas semanas, he viajado más veces en tren de las que me hubiera gustado. Durante esos trayectos he escrito, borrado, reescrito y vuelto a borrar varios artículos que, gracias a Dios, nunca serán leídos. No eran buenos, no eran divertidos y no eran verdaderos. En un primer momento, pensé que quizá tanto trayecto sería una buena ocasión para escribir. Y lo era. Pero el problema no estaba ahí. Esa apatía de la hablaba antes no me dejaba contar nada que mereciese la pena. No me dejaba ser creativo, no me permitía observar las cosas con buenos ojos.

Mientras ponía esto por escrito recordé que, en algún momento, leí una entrevista a Enrique García Máiquez en la que contaba que no escribía cuando estaba triste. No tardé mucho en encontrarla y resulta que la leí aquí, en LA IBERIA. También en esta breve búsqueda me he topado con una columna de Julio Llorente, a raíz de esa misma entrevista, en la que hablaba, precisamente, de escribir cuando uno estaba triste.

Él da dos razones para no escribir triste: una, que no resulta práctico porque el escritor carece de la lucidez necesaria que pide un buen texto. La otra, que no se es justo con la realidad, que es siempre mejor que como pueda ser descrita. Y mucho más, si cabe, de como pueda ser descrita bajo los efectos de la tristeza.

El apático, peor aún que el triste, no deja de escribir por miedo a contagiar su apatía en sus textos. Deja de escribir porque pierde la mirada. Los ojos con los que un escritor observa la realidad, intentando percibirla en todo su esplendor y con todos sus matices.

Siempre me ha parecido ridículo que alguien dude de si un árbol hace ruido al caer, independientemente de si alguien está ahí para escucharlo o no. De la misma manera que me parece ridículo limitar la realidad a lo que puede ser percibido. Es una concepción muy pobre del mundo, porque toma al hombre como medida de todas las cosas. Y claro, luego pasa lo que pasa.

Me temo que he sido de estos últimos durante un tiempo, pues he sido —o mi apatía— el lugar desde donde he estado mirando todo durante un tiempo. Saroyan tiene un cuento precioso llamado El tigre de Tracy del que no contaré nada por no privar a nadie de la experiencia de leerlo sin saber antes de qué va. Pero, si tienen la ocasión, léanlo.

Artículos, apatías y cuentos aparte, la conclusión, puramente pragmática, de todo esto es que lo que tomemos como medida de todas las cosas marcará todo lo que veamos, y lo que dejemos de ver, de la realidad. Cuanto mayor, más rica, más grande y más bella sea esa medida, así será también nuestra vida. O eso creo. Al menos, a esa conclusión he llegado con mi amigo.