La ciencia de la cruz

Conforme más presiona el misterio del mal nuestra conciencia, más se va asentando en nosotros la profunda certeza de la condición milagrosa del bien

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Hay un silencio que acalla los falsos ídolos; hay una luz que resiste toda suspicacia. Hay un amor hasta el extremo de tantos otros Cristos olvidados, entre nosotros, en las pequeñas cosas. «En cada cosa humilde hay un ángel», dice Bernanos. Son estas pequeñas cosas como las flores del campo: de ellas se desprende, cual ámbar desleído, el aroma de una bondad gratuita, secreta, abnegada, en fin, ante las inclemencias del tiempo. Así lo pude comprobar en cada gesto aquella tarde lluviosa de domingo, en una visita inopinada a las Misioneras de la Caridad. El quicio del bien más preciado anidaba, paradójicamente, en la fragilidad más absoluta de aquellas personas enfermas, solas, rotas por los vaivenes de la vida. «Pulvis et umbra sumus», ya decía Horacio;  «Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris», nos recuerda ahora en Cuaresma la Iglesia. Esta es la ciencia de la cruz: el abrazo amoroso del sufrimiento inevitable, en cualquiera de sus formas.

Allí, su hogar acogía a los descartados del mundo. Se erigían aquellas sombras —porque de tanto ocultarse pura sombra han devenido— escuchimizadas, majestuosamente diminutas, en auténticos atlantes de una gracia inaparente frente al peso agónico del mal. La vida, como al protagonista del Diario de un cura rural, va depositando en nosotros esa agobiante experiencia; que «el mal sembrado a voleo germina casi siempre. En cambio, a la menor semilla de bien le hace falta, para no ahogarse, una suerte extraordinaria, una prodigiosa dicha». «Todo es gracia»: conforme más presiona el misterio del mal nuestra conciencia, más se va asentando en nosotros la profunda certeza de la condición milagrosa del bien. Pocas veces es tan rotundo Jesús en los Evangelios:  «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada».

No en vano se expresa así el carismático y afable cura de Torcy en la citada novela: «Busco a Dios donde más probabilidades tengo de hallarle: entre sus pobres». Y no menos importante, entre los niños. Hace unos días, después de rezar en el oratorio del colegio y verlos desfilar, escribí: «Los niños rindiendo sus besos, como oro entre las manos, encima del altar. Son la delicia de Dios». Justo después, en un banco, como si se tratara de una premonición, pude leer: «Hoy, al oír el zumbido de las voces de los pequeños en el cementerio y el ruido de sus pequeños zuecos claveteando en los umbrales, parecía que el corazón se me desgarrara de ternura… Sinite parvulos». Sinite parvulos: los niños y los pobres nos aportan la experiencia más vívida de la caridad que Dios hace con nosotros. No olvidemos tampoco aquel verso de Wordsworth: «The Child is father of the Man».

En la desnudez de la infancia y de la pobreza cristianas radica la sabiduría de la cruz frente al aburguesamiento farisaico: «¿Cree usted sordos y ciegos a los pobres? Por desgracia existe en la miseria mucha clarividencia, y no hay peor credulidad, señora que la de los vientre saciados (…). En cambio, ustedes, abusando de la Palabra divina, que enseña al pobre la obediencia del corazón, pretenden robar con astucia lo que deberían recibir de rodillas, igual que un don celestial. No existe peor desorden en el mundo que la hipocresía de los poderosos».

Muchos pensamientos, algunos inefables, se entremezclaban aquella tarde de lluvia. Imperaba aquel silencio, aquella luz reacia a la sombra de nuestras dobleces. Nada parecía extraordinario, pero todo era extraordinario. Y me acordaba de Simone Weil: sí, tal vez el amor no es consuelo sino luz, pero, sin lugar a dudas, la sola atención a M., a B., a X. —y a tantos otros—, se revelaba como el mayor de los prodigios.