El pasado Domingo de Ramos la policía israelí detuvo, frente a la puerta del Santo Sepulcro, al cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén. Lo que desde entonces se ha sucedido ya lo sabemos todos: denuncias de la comunidad internacional —qué rápida y certera estuvo Meloni—, justificaciones del todo inverosímiles con tal de salvar la buena fama de un gobierno que nunca la ha tenido, silencios escandalosos resueltos a golpe de tuit milimétrico, y defensas numantinas de la fe de aquellos que hasta hace algunas horas la perseguían —Sánchez encabeza este último grupo, claro—.
A esta nueva barrabasada de Israel —al menos incruenta—, que viene encadenando un ramillete de desmanes autoritarios que alejan al país de ser la-única-democracia-de-oriente-medio, se le pueden y deben confrontar los mejores de nuestros argumentos. Pero la acción heroica de monseñor Pizzaballa, plantado frente a la policía que lo detuvo, exigiendo entrar a celebrar la Santa Misa como se lleva haciendo durante siglos en Tierra Santa, también merece los mejores versos de nuestros mayores. De forma que todo lo que podamos decir ahora queda opacado y sublimado —en calidad y en belleza— por los poemas que otros escribieron antes. Aquí dejo, por tanto, mi selección de diez poemas para Pizzaballa.
Para un poema inconformista (Miguel d’Ors)
Católicas mis manos, católica mi frente,
católica mi forma de escribir este verso,
católicos mi vientre, mis noches, mis heridas,
la risa con que miro el tamaño del tiempo;
católico en Logroño, católico cenando,
en octubre, desnudo, sonándome, en français;
católico pecando, católico pidiendo
perdón por mis pecados, y pecando, y mil veces;
católico perdido —qué ganado—, que el mundo
lo señala, católico, lo humilla,
católico, le escupe, lo arrincona,
lo crucifica un poco —qué suerte: lo va haciendo
(Mateo, 5, 11) un bienaventurado—.
Exaltación del rito (Julio Martínez Mesanza)
Quien no comprende la razón del rito,
quien no comprende majestad y gesto
nunca reconocerá la humana altura,
su vano dios será la contingencia.
Quien las formas degrada y luego entrega
simulacros neutrales a las gentes,
para ganarse fama de hombre libre,
no tiene dios ni patria ni costumbre.
Un himno (G.K. Chesterton)
Oye, oh Dios de la tierra y el altar,
acércate y escucha nuestro llanto:
yerran nuestros mundanos gobernantes
y muere nuestra gente a la deriva;
las murallas de oro nos sepultan,
la espada del desprecio nos divide.
De tu trueno, Señor, nunca nos prives
más llévate si puedes nuestro orgullo.
De todo aquello que el terror enseña,
y de las falsedades de la lengua y la pluma,
y de todos los cómodos discursos
que al hombre cruel confortan,
de la profanación y de la venta
del honor y la espada,
del adormecimiento y la condenación,
buen Dios, libéranos.
Ata en un nudo vivo
al príncipe, y al cura y al esclavo,
une y enlaza todas nuestras vidas,
castíganos y sálvanos a todos;
En la ira y en el júbilo
ardiendo en honda fe, y en libertad,
levanta y dale vida a una nación
que te sirva de espada.
Por excelencia (Enrique García-Máiquez)
Cambia mucho las cosas
que el muerto principal
en la vida de uno,
el muerto más palpable,
el por antonomasia,
el cotidiano, el muerto
que de mi pecho cuelga
sea un Resucitado.
De re pública (José Jiménez Lozano)
Democrática plebe de gorriones,
cuervos y estorninos senadores,
oligarquía de pavos reales, loros cortesanos,
cucos exilados, ruiseñores en jaula.
El Gran Gallo sobre un montón de estiércol
pregona en la mañana sus mandatos.
¿Pajarería, república, acaso monarquía?
Palabrería solamente. «Los quiero
a la cazuela o fritos», dijo el zorro;
y hubo un minuto de silencio,
totalmente apolítico.
Los héroes (Victoria León)
Quien se aferra con furia a la esperanza.
Quien levanta sus armas contra el tiempo.
Quien con su fuerza salva la ternura.
Quien por la duda llega hasta la fe.
Quien ama como parte de sí mismo
la mitad de sí mismo hallada en otro.
Aquel que busca la unidad del mundo
y se interna en la noche y sus secretos.
Aquel que aún sabe arder en libertad
en un país de hielo y servidumbre.
Esa estirpe olvidada de los héroes
allí donde se dicta cobardía.
Milonga de Jacinto Chiclana (Jorge Luis Borges)
Me acuerdo. Fue en Balvanera,
en una noche lejana,
que alguien dejó caer el nombre
de un tal Jacinto Chiclana.
Algo se dijo también
de una esquina y un cuchillo;
los años nos dejan ver
el entrevero y el brillo.
Quién sabe por qué razón,
me anda buscando ese nombre;
me gustaría saber
cómo habrá sido aquel hombre.
Alto lo veo y cabal,
con el alma comedida;
capaz de no alzar la voz
y de jugarse la vida.
Nadie con paso más firme
habrá pisado la tierra;
nadie habrá habido como él
en el amor y en la guerra.
Sobre la huerta y el patio
las torres de Balvanera,
y aquella muerte casual
en una esquina cualquiera.
No veo los rasgos. Veo,
bajo el farol amarillo,
el choque de hombres o sombras
y esa víbora, el cuchillo.
Acaso en aquel momento
en que le entraba la herida,
pensó que a un varón le cuadra
no demorar la partida.
Solo Dios puede saber
la laya fiel de aquel hombre;
señores, yo estoy cantando
lo que se cifra en el nombre.
Entre las cosas hay una
de la que no se arrepiente
nadie en la tierra. Esa cosa
es haber sido valiente.
Siempre el coraje es mejor,
la esperanza nunca es vana;
vaya pues esta milonga,
para Jacinto Chiclana.
Después de conocerte (Daniel Cotta)
Quien una vez te ha oído, Jesús mío,
quien una vez te ha hallado en un recodo
de su camino, dime, ¿de qué modo
volverá al mundo, volverá a su río?
Y no es que encuentre lo demás vacío,
es que siente que Tú lo llenas todo,
que tus rosas florecen en el lodo
y en las rosas aflora tu rocío.
Sabe que el toque de tu gracia llena
cada momento de su noche y día
con el afán de una inquietud serena;
y sabe, a impulsos de tu compañía,
que todo lo que aquí vale la pena,
Tú consigues que valga la alegría.
La casa de mi padre (Gabriel Aresti)
Defenderé
la casa de mi padre.
Contra los lobos,
contra la sequía,
contra la usura,
contra la justicia,
defenderé
la casa
de mi padre.
Perderé
los ganados,
los huertos,
los pinares;
perderé
los intereses,
las rentas,
los dividendos,
pero defenderé la casa de mi padre.
Me quitarán las armas
y con las manos defenderé
la casa de mi padre;
me cortarán las manos
y con los brazos defenderé
la casa de mi padre;
me dejarán
sin brazos,
sin hombros
y sin pechos,
y con el alma defenderé
la casa de mi padre.
Me moriré,
se perderá mi alma,
se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre
seguirá
en pie.
Ells (Miguel d’Ors)
Crecieron como porcelanas de Limoges
entre las sensitivas hortensias de sus villas.
Ubérrimas nodrizas, confortable
calor de plusvalías.
En sus pubs de marfil, años más tarde,
con el whisky feudal y la amiga De Luxe,
lucharon por el pueblo machacado.
(Leídos y escribidos, comprendían
que La Internacional suena más lindo
a bordo de un Ferrari).
De su pequeño reino afortunado
les quedó lo esencial:
la firme vocación de hijos de puta.


