Durante años, buena parte de la derecha occidental construyó su discurso denunciando el globalismo. La crítica es más que conocida: pérdida de soberanía nacional, poder creciente de organizaciones internacionales, influencia de grandes fundaciones privadas, imposición cultural desde organismos supranacionales y debilitamiento de la democracia representativa.
Aquella narrativa no surgió de la nada. Respondía a un cambio real en el equilibrio de poder en Occidente, donde cada vez más decisiones se tomaban fuera de los parlamentos nacionales. Sin embargo, a medida que el ciclo político ha cambiado y los partidos conservadores o patrióticos han ido ganando influencia en Europa y América, empieza a aparecer un comportamiento que recuerda demasiado a lo ya conocido.
En algunos ámbitos, la derecha parece estar adoptando las mismas estructuras, los mismos mecanismos de coordinación y, en ocasiones, las mismas lógicas de poder que durante años atribuyó al globalismo liberal-progresista.
Esta idea no proviene de críticos progresistas, sino del propio mundo conservador. En su informe Towards a Brave New World: Are Conservatives the New Globalists?, publicado por el Danube Institute, Juan Ángel Soto advierte de que el nuevo internacionalismo conservador puede acabar reproduciendo aquello que pretendía combatir. El autor se pregunta si «en el esfuerzo por contrarrestar el globalismo liberal, la nueva derecha corre el riesgo de construir su propia versión de ese mismo orden internacional».
Durante décadas, el conservadurismo se definía por su carácter nacional. La política debía responder a la historia, a la cultura y a los intereses concretos de cada país, no a modelos universales. Ése era precisamente el argumento contra el globalismo. Sin embargo, el crecimiento de la nueva derecha ha ido acompañado de la creación de una red internacional cada vez más coordinada: conferencias, think tanks, plataformas mediáticas, fundaciones, foros políticos y alianzas entre partidos de distintos países.
Soto describe este fenómeno como la aparición de un «orden conservador internacional» formado por gobiernos, intelectuales y organizaciones que comparten lenguaje, símbolos y estrategias políticas más allá de las fronteras. Según el informe, «ha surgido una corriente de conservadurismo civilizacional que conecta partidos, think tanks y medios de comunicación desde Washington hasta Budapest o Roma».
Este proceso ha permitido a la derecha ganar influencia, pero también ha aumentado la tensión interna del propio ecosistema: si el conservadurismo se organiza como una ideología global, deja de ser estrictamente conservador en el sentido clásico.
Esto no quiere decir que la coordinación no sea importante (la batalla es global en un mundo cada vez más conectado). La crítica aquí recae en quién, cómo, cuándo y dónde usa estas redes para qué beneficios o sirven para ocultar las verdaderas intenciones de quienes lo apoyan de la noche a la mañana desde las mismas poltronas que antes lo atacaban (como ejemplo de esto, el sionista trasnochado Mark Levin).
El riesgo de poner la ideología por encima del interés nacional
En relación con lo anterior, uno de los ejes centrales del informe es la pérdida del principio que históricamente definía al conservadurismo: la prioridad del interés nacional.
En la tradición conservadora, la política exterior, la economía o la legislación debían responder primero a las necesidades del propio país. Hoy, en cambio, empiezan a verse situaciones en las que partidos o líderes adoptan posiciones alineadas con aliados internacionales aunque choquen con sus propios intereses nacionales.
Soto lo resume con una advertencia clara: «Lo que el internacionalismo liberal hacía en nombre de los derechos universales, parte de la nueva derecha corre el riesgo de hacerlo en nombre de valores civilizacionales compartidos».
El problema no es la cooperación entre países, sino la subordinación de la política nacional a una lógica ideológica transnacional. Cuando eso ocurre, la diferencia entre globalismo liberal y globalismo conservador empieza a difuminarse. O a mimitizarse.
El silencio sobre el poder real
Durante años, la derecha denunció la influencia de grandes redes económicas, fundaciones privadas y lobbies con capacidad para orientar la política en varios países al mismo tiempo.
Ese análisis incluía el papel de élites financieras, corporaciones, medios internacionales y grupos de presión que operan más allá del control democrático. Hoy, sin embargo, ese debate ha perdido peso dentro del propio discurso conservador. Por no decir que ha desaparecido.
En parte porque algunos de esos centros de poder apoyan ahora determinadas causas de la derecha. En parte porque la batalla cultural ha desplazado la atención hacia otros temas.
Y en parte porque la propia derecha ha empezado a construir estructuras similares.
El informe advierte de este riesgo cuando señala que «está surgiendo una nueva clase transnacional dentro del conservadurismo, formada por think tanks, donantes y plataformas mediáticas que operan a escala global». La ironía es evidente. El globalismo ya no desaparece, simplemente cambia de signo.
La nueva cultura de la cancelación
Otro de los cambios más visibles se observa en el terreno de la libertad de expresión. Durante años, la derecha criticó la cultura de la cancelación, la censura en redes sociales y el uso de leyes ambiguas para perseguir opiniones. Sin embargo, en algunos países empieza a verse una aceptación selectiva de esos mismos mecanismos cuando se utilizan contra adversarios políticos o ideológicos.
Denuncias por opiniones en redes, presión institucional sobre determinados discursos o intervención de organismos privados con gran influencia pública muestran que el clima político ha cambiado.
El problema no es solo jurídico, sino conceptual. Cuando la libertad se defiende solo para unos y se limita para otros, deja de ser un principio y se convierte en una herramienta. Ahí está el ejemplo de la DAIA en Argentina o de la censura contra el supuesto antisemitismo que algunos enseguida señalan para evitar tener que responsabilizarse de sus actos.
Seguridad, tecnología y control
La misma contradicción aparece en el debate sobre regulación digital, inteligencia artificial y control del discurso. Durante años, la derecha criticó las leyes europeas contra el discurso de odio, la regulación de plataformas o los proyectos de supervisión tecnológica. Sin embargo, en Estados Unidos y en otros países empiezan a impulsarse medidas similares desde gobiernos conservadores, con el argumento de que son necesarias para proteger la seguridad nacional o evitar la manipulación.
Cambian los motivos, pero el resultado es parecido: más regulación, más control y más poder para instituciones que no dependen directamente del voto.
Soto advierte de este cambio: «Si el conservadurismo abandona su anclaje en la soberanía nacional, corre el riesgo de convertirse en otra ideología universal, con sus propias redes, ortodoxias y mecanismos de presión».
Una estética global conservadora
Otro de los elementos que destaca el informe es la aparición de un lenguaje común en la derecha internacional.
Conceptos como soberanía, civilización, familia, identidad o lucha contra el globalismo se repiten en distintos países con una sorprendente uniformidad. Esto ha permitido crear un movimiento político fuerte, pero también ha generado el riesgo de convertir la política en una cultura global conservadora.
Según Soto, «el conservadurismo siempre fue particularista, ligado a tradiciones nacionales concretas, y corre el peligro de perder esa raíz si se transforma en una ideología exportable». La política, en ese caso, deja de responder a la realidad de cada país y pasa a responder a una narrativa común.
El caso español es paradigmático. Tenemos nuestra propia tradición intelectual fundamentada en siglos de pensamiento filosófico y cristiano, pero hoy parece que tenemos que alabar a liberales de vaya usted a saber qué país o líderes que odian la hispanidad simplemente porque están en el lado ¿ganador? de la historia actual. Ya saben, los cipayos. Los que alaban a Margaret Thatcher, entre otros.
La advertencia final
La conclusión del informe es especialmente significativa. El problema no es que exista cooperación entre movimientos conservadores, ni que haya alianzas internacionales. El problema aparece cuando la lealtad ideológica pesa más que la responsabilidad con la propia nación.
Soto lo resume con un golpe directo al hígado de muchos líderes: «El deber de un conservador es con su país. La cooperación internacional debe servir a la nación, no sustituirla».
Si ese principio se pierde, el conservadurismo corre el riesgo de terminar donde acabó el orden liberal que criticaba: con redes globales muy fuertes, pero con sociedades cada vez más débiles. Y ésa es la clave: después de décadas denunciando el globalismo, parte de la derecha ha descubierto que el poder también se construye a escala global.
La cuestión es si puede hacerlo sin convertirse en aquello contra lo que nació.


