Memoria ¿histórica?

La memoria, lejos de ser siempre un ejercicio desinteresado de justicia, se convierte en una herramienta eficaz para movilizar emociones

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La memoria histórica en España, concepto cuando menos discutible dado que la memoria es algo personal e intransferible, sigue siendo un terreno complejo, cargado de emociones, interpretaciones y, en no pocas ocasiones, de una evidente doble moral. Se trata de una idea que, en principio, debería servir para esclarecer los hechos, promover una comprensión honesta del pasado y honrar a las víctimas en caso de haberlas. Sin embargo, en la práctica, su aplicación parece selectiva, lo que genera tensiones y una percepción creciente de injusticia entre distintos sectores de la sociedad.

En el debate público español, la memoria histórica suele centrarse de manera casi exclusiva en los crímenes y abusos cometidos durante el régimen de Franco. Es innegable que estos hechos merecen reconocimiento, investigación y reparación. Las víctimas de la represión durante la dictadura tienen derecho a la dignidad, a la verdad y a la justicia. No obstante, el problema surge cuando esta voluntad de memoria no se extiende con la misma intensidad a los desmanes ocurridos en el otro bando durante la Guerra Civil o en la Segunda República. Episodios de violencia, persecuciones y asesinatos también existieron en zonas republicanas, y su recuerdo parece, en muchas ocasiones, relegado o tratado con menor énfasis.

Esta asimetría en el tratamiento del pasado contribuye a una sensación de relato incompleto. La historia, para ser verdaderamente útil como herramienta de aprendizaje colectivo, debe aspirar a ser lo más íntegra posible, sin silencios interesados ni selecciones parciales. Cuando la memoria se utiliza de forma selectiva, corre el riesgo de convertirse en un instrumento político más que en un ejercicio de justicia histórica.

La paradoja se acentúa cuando se observa el tratamiento de otros episodios dramáticos más recientes de la historia española, como el terrorismo de ETA. En este caso, es frecuente escuchar llamamientos a la reconciliación, al perdón y a la necesidad de «pasar página». Sin duda, la convivencia y la paz social requieren de estos valores, pero resulta llamativo que estos mismos principios no se apliquen con igual insistencia al contexto de la Guerra Civil, la dictadura o incluso de vez en cuando meten en la agenda revisionista al descubrimiento de América y la hispanidad.

Esta diferencia de enfoque plantea interrogantes legítimos: ¿por qué en unos casos se insiste en mantener viva la memoria y en otros se promueve el olvido relativo? ¿Es posible construir una sociedad verdaderamente reconciliada sin un criterio coherente respecto al pasado?

Una posible respuesta a por qué en unos casos se insiste en mantener viva la memoria mientras que en otros se promueve el olvido o la reconciliación puede encontrarse en el uso político del pasado. La memoria, lejos de ser siempre un ejercicio desinteresado de justicia, se convierte en una herramienta eficaz para movilizar emociones colectivas, reforzar identidades y consolidar bloques ideológicos. Apelar desde la parcialidad a episodios históricos cargados de simbolismo permite generar cohesión entre afines a través del sentimentalismo, al tiempo que se señala a un adversario claro de hoy como responsable de lo que pasó ayer, contribuyendo así a la polarización. En este contexto, el pasado no sólo se recuerda, sino que se selecciona estratégicamente para influir en el presente, desviando la atención de problemas actuales o de responsabilidades políticas contemporáneas. De este modo, la memoria y la historia deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un recurso narrativo al servicio de intereses inmediatos.

España necesita, quizás más que nunca, una visión madura y equilibrada de su pasado. Esto implica reconocer el sufrimiento de todas las víctimas, independientemente del bando en el que se encontraran, y asumir que la complejidad del pasado, también el reciente, no admite simplificaciones. Sólo desde un enfoque inclusivo, honesto y alejado de las manos del oportunismo partidista será posible avanzar hacia una memoria compartida que no divida, sino que contribuya a la comprensión mutua.

Es fundamental abandonar la doble moral y apostar por una mirada lo más amplia posible, justa y coherente de la historia común.