Al periodista se le exige con frecuencia una función que nunca podrá ejercer del todo. Se le pide que cuente la verdad como si fuera un notario de lo evidente, cuando su deber radical no es transmitirla, sino buscarla. Porque no es un objeto que se entrega cerrado, sino un camino que se recorre con valentía y humildad.
Todos los hombres buscan la verdad en aquello que les afecta: en su vida, en sus convicciones, en sus heridas. El periodista, sin embargo, está llamado a ir más allá. Debe buscarla también donde no le toca, en lo ajeno, en lo incómodo, en lo que no le concierne personalmente pero sí de manera profesional, acaso vocacional. Y, a diferencia del resto, se le debe exigir que lo haga.
Ahí reside su dignidad. No en acertar, sino en perserverar en la búsqueda sin renunciar. Lo contrario no es el error, sino la propaganda: la renuncia deliberada a buscar para limitarse a repetir. Es entonces cuando deja de haber periodismo.


