Los restos del narrador

El narrador contemporáneo ya no ofrece sabiduría; busca validación. Cada anécdota es un acto de autopromoción, una escena de épica personal

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Todos conocemos a ciertos personajes en nuestro día a día —entrañables para algunos, irritantes para otros, a menudo dotados de una vaga habilidad comercial— que parecen vivir en permanente tránsito. Cada vez que uno se cruza con ellos, vienen de algún lugar. Están siempre regresando. En este gesto de volver, como en todo, existen grados. Volver del supermercado o del gimnasio —salvo que uno habite por completo el universo de las redes sociales— rara vez trae consigo una experiencia digna de ser narrada cara a cara. Lo habitual es que regresen de un encuentro, de un viaje o de un negociado: un restaurante a la vuelta de la esquina, una visita a su pueblo, una gestión en una capital de provincia. En versiones algo más ambiciosas, el itinerario se amplía: Londres o Nueva York aparecen como escenarios que revisten al personaje de una gravedad cosmopolita, al menos en el relato que, con gusto, nos quieren transmitir. En estos regresos, cargados más de relato que de verdadera novedad, sobreviven los restos de una figura antigua: la del narrador.

Estos transeúntes generan, al menos para quien escribe estas líneas, cierta fascinación difícil de explicar. Quizá se trate de la herencia de nuestra tradición oral, que resiste la desaparición y que se activa de manera casi inconsciente. O tal vez responda a un mundo interno que se ha ido sedimentando, sobre todo en la periferia —más cerca de la frontera que de aquellos espacios donde se dirimen los asuntos importantes—, o, al menos, de los lugares en los que es preciso estar para que las cosas ocurran.

Tal vez estos personajes sean restos de dos figuras arquetípicas del narrador de las que nos habla Walter Benjamin (1892-1940): el hombre rural que transmite la tradición y el marino que regresa de cruzar los mares. De ahí proviene la curiosa pausa que provocan en la vida cotidiana. Uno se detiene, aun sabiendo que quien llega no trae consigo nada particularmente útil. Sin embargo, la pregunta surge de forma casi automática: ¿qué se cuenta por allí?, ¿qué se dice?

Benjamin señalaba que el narrador clásico estaba orientado a lo práctico: el narrador es, ante todo, alguien que tiene consejos para quien escucha. Sin embargo, ese narrador parece haberse extinguido. La comunicación moderna ha perfeccionado los medios, pero no al emisor ni al receptor. Vivimos rodeados de consejos empaquetados: fáciles de entender, fáciles de aplicar, como si fueran encantamientos enlatados. El consejo se ha convertido en un producto, desprendido de la experiencia que alguna vez lo justificó.

Los restos contemporáneos del narrador funcionan de otro modo. Su relato ya no ofrece sabiduría; busca validación. Cada anécdota es un acto de autopromoción, una pequeña escena de épica personal. Y, sin embargo, aquí surge una paradoja: en una época de acceso inmediato, casi ilimitado, a la información —donde podemos observar en directo tanto lo más trivial como lo más sofisticado— seguimos queriendo conocer esos asuntos que nos interesan de forma mediada, distanciados de esa inmediatez y alejados de la «transparencia» de la imagen. La historia contada por uno de los participantes es sesgada, enigmática, siempre falta algo, nunca se revela todo. Y es precisamente esa ausencia la que mantiene nuestra atención.

En estas conversaciones —lejos de los consejos—, el transeúnte exhibe otra cosa: su propia inteligencia, su ingenio, sus hazañas o sus discusiones. Y, sin embargo, incluso cuando roza lo fanfarrón o lo comercial, cuando amenaza con deslizarse hacia lo espectral, el relato conserva una extraña capacidad de mantener nuestra atención.

El consejo ha sido sustituido por la exhibición. Pero la narración sigue entretejida con la vida misma. Lo que cambia es la tarea del oyente. Ahora debe realizar un mayor esfuerzo: extraer una sabiduría escondida dentro de esa autopromoción heroica que ofrecen estos narradores residuales.

Ya no pertenecen al antiguo universo del maestro o del sabio. Pero estos transeúntes —portadores de una carga cultural residual— conservan una facultad singular: abrirnos al conocimiento de oídas, al simple acto de escuchar cómo suena el mundo. También interrumpen el ritmo utilitario del día: rompen la continuidad de una mañana entre semana. Nos convocan, brevemente, a una pausa.

La necesidad de narrar —y de escuchar— es, en última instancia, una forma de asimilación y de comprensión. Nos permite reinterpretar la realidad y protegernos de la información inmediata: cruda, emotiva. La historia transforma el dato en experiencia vivida. Impregna de vida el artificio de lo que llamamos información. Tal vez por eso la narración sigue resultando más verosímil que la «transparencia» absoluta de los hechos.

Podría decirse que el oyente termina convertido en un lienzo de los Nabis: un espacio donde parece verse todo y, al mismo tiempo, nada de forma definitiva. El narrador traduce su recuerdo mezclado con su experiencia; intensifica los colores de la vida. La memoria altera las tonalidades. Lo que recibimos no es una reproducción fiel de los hechos, sino una escena pintada con los pigmentos del recuerdo.

Quizá, en una época marcada por la saturación informativa y el colapso de las imágenes, el valor del narrador vuelva lentamente. No porque aspire a la transparencia absoluta o a la objetividad total, sino, justamente, por lo contrario: porque nos ofrece algo que se adapta a nuestros ritmos y a nuestra escucha.