Derrotas

El autor refuerza una íntima voz personal que apuesta por la claridad al mismo tiempo que se inserta en la tradición

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Retorna ahora a nuestras manos Derrotas (BajAmar Editores), finalista del Premio Adonáis 2024, de José Manuel López-Cascales, y ya no hay excusas para más dilaciones: exultan los mirlos, las acacias, el sol, la poesía. Si bien la amistad y la crítica difícilmente encajan —por la alabanza y no tanto por la crítica—, este poemario supone una grata excepción. Y es que, en su arte poética, el autor refuerza una íntima voz personal que apuesta por la claridad al mismo tiempo que se inserta en la tradición. Asume sobre sí el peso de los clásicos, sin que este agoste su voz personalísima. Sabe, ante todo, que ser clásico es una conditio sine qua non para ser contemporáneo, y viceversa. Detrás de cada verso subyace, pues, una intensa batería de lecturas, experiencias personales y horas profundas de la noche dedicadas a la ímproba artesanía de la lima. Como apunta García-Máiquez en el prólogo: «Por lo tanto, aunque se estrena con este libro, viene de muy lejos. Él es, porque quiere y, sobre todo, porque puede, un eslabón de la cadena de la poesía».

El núcleo temático —como no podía ser de otra manera— gira en torno al amor. Pero López-Cascales no se inserta vanamente en la larga ristra de cancioneros amorosos juveniles, sino que muestra con especial finura su naturaleza compleja y variada. Así, por ejemplo, este se manifiesta como esa fuerza misteriosa, trascendente y alteradora de la percepción: «Tienes en mí ese efecto que trasciende / —en un baile entre el sueño y la vigilia— / el peso y el contorno de las cosas». O, probada debilidad de tantos lectores, la etimología y el lenguaje sirven como revelación de un cariño cándido en Clases de indoeuropeo:  «Las raíces no engañan / mirarte siempre era sorprenderse».

Entre los pliegues amorosos surge la sombra virgiliana de la ausencia, la añoranza o el vacío de la pérdida. Aquí tampoco se opta por una visión uniforme o trágica: nos identificamos con los arrobos románticos inesperados del día a día, en una escena como la de Desayuno de aeropuerto («Al irte lo has dejado todo roto / —suspendido en el aire / = la luz, tus ojos, los enigmas=— / y una respuesta insinuada: / la orfandad de un café sobre la mesa»), y al mismo tiempo destella, cuando así lo requiere una alegoría más sentida, el íntimo anhelo por el hogar definitivo («y te escribo esto para preguntarte / si vendrías conmigo, si vendrías / para que —cuando el sol se ponga y vibre / la agonía del cielo entre los árboles— / te sientes a mi lado y me lo cuentes / todo otra vez; (…)»).

López-Cascales, además, evita la monotonía mediante la irrupción de quiebres formales y referencias eruditas veladas y desprovistas de imposturas. Así lo vemos en algunos poemas de corte más existencial, como ΠΟΡΦΥΡΟΓΕΝΝΗΤΟΣ, en donde el poeta se distancia del endecasílabo y, en un guiño a Cavafis, se sumerge en las insatisfacciones y deseos más trascendentales de la vida: «¿Ítaca, dónde? / gozo del trayecto / o busco ya el destino?». Es el mismo tedio, vacío y melancolía que solo alcanzan redención en una alegría trascendente, don de Dios: «Lo tuvo todo y nada fue bastante. / Cuando Dios repartió sus dones / lo colmó de regalos, / pero olvidó infundirle el más huidizo: / la alegría; / y todo supo a escorias en el viento».

Frente a esta intemperie existencial, propia de la juventud, y ante las inevitables claudicaciones del tiempo —esas derrotas que titulan el poemario, entendidas acaso tanto como rumbos de navegación o como fracasos asumidos—, emerge la palabra poética como asidero salvífico: «el arte es la memoria que ha quedado en el mundo / después que Dios borró nuestro poema». Este estreno nos entrega un libro luminoso, hondo y perdurable; un puerto seguro al que, una vez descubierto, siempre querremos regresar. Solo nos queda esperar, con expectación, que el poeta vuelva a zarpar pronto y nos regale su próxima singladura.