Una vida espectacular

Con la barriga llena, seguimos necesitando que el otro tenga envidia de nuestra saciedad para sentirnos verdaderamente saciados

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A estas alturas de siglo, no debería sorprendernos este empeño nuestro por vivir la vida en una suerte de gerundio cinematográfico. No es ya que el hombre de nuestro tiempo sea excepcionalmente vanidoso —de entre los pecados más antiguos, la vanidad me parece casi el más entrañable—, sino que, en una suerte de agotamiento del yo, ha decidido externalizar su existencia ante los ojos de los demás. Si antes el hombre trataba de ser el protagonista de su vida, hoy parece conforme con ser, como mucho, el jefe de prensa de sus propias ocurrencias. Hay una mudanza de la primera a la tercera persona en nuestra carne, y todo reclama la presencia de un narrador que venga a certificar la validez de nuestra realidad.

Vayamos por partes. El drama no es la mentira, porque todos esos impostores que fingen correr por el Retiro mientras se hacen selfies tienen, al menos, la audacia del pícaro… o la justificación de tantos siglos de mentiras. Humanos, todavía humanos, al fin y al cabo. Lo verdaderamente patológico en nuestros días es la desvalorización de lo real: el que corre de verdad, el que suda y se agota, pero siente que si no hay foto o tracking, el esfuerzo no ha tenido lugar. Cuántos amigos míos no han empezado a correr hasta que han podido publicarlo en Strava. Nuestra realidad, ay, convertida en una escritura notarial donde hace falta la firma del público.

Esta patología —rebajar la categoría humana al posteo, luego existo— se manifiesta con especial crudeza en algunos ambientes. Como decía, en el futuro sabremos el daño que viene provocando el efecto Strava en tantos corredores ocasionales que han convertido su actividad física en una obra teatral. La vida espectacular es, en efecto, una vida que sólo merece la pena si es mirada con atención por nuestros followers. Todo el valor del esfuerzo físico —el cultivo del templo que nos dio el Señor, por ejemplo— queda así reducido a la categoría de contenido multimedia. La carrera es más que nunca una huida, como también lo es el turismo. Cada semana me cruzo a miles de turistas que justifican con su carrete su recorrido por Roma. Y pienso recurrentemente que la palabra charca se inventó para esos miles de idiotas que visitan la iglesia de San Ignacio de Loyola con tal de inmortalizar su espejo. No saben que inmortalizando semejante ráfaga de fotos están mortalizándose a sí mismos.

Esquivando japoneses en el templo jesuítico recordé unas líneas de El Lazarillo de Tormes. Frente al espejo de nuestra miseria nos dibuja el relato de este ingenioso joven que cambiaba de señores con tal de sobrevivir. El síntoma de nuestro tiempo está ya latente en esas veces que el escudero, tercer amo de Lázaro, salía de casa fingiendo que había comido —limpiándose las barbas y el jubón con migas de pan y con un palillo entre los dientes— con tal de ocultar su pobreza. La suya era una triste tragedia del hambre. Nuestra pirueta —patología del espíritu— es aún peor: con la barriga llena, seguimos necesitando que el otro tenga envidia de nuestra saciedad para sentirnos verdaderamente saciados. No nos basta el placer propio, sino que necesitamos de la expectación ajena como alimento de una irremediable indigencia emocional.

Y tampoco de esto estoy del todo seguro. Ciertamente, podríamos pensar —y así se lo he leído a algunos buenos amigos— que quizás la mirada del otro es el último muro que nos mantiene civilizados. Una mirada ordenada nos humaniza y cuántas veces el corazón se nos ha elevado artificialmente con tal de contagiar a nuestros queridos el sursum corda. Pero eso no debe justificar la escenificación de nuestra vida. ¿Correrían mis amigos si nadie mirase sus tiempos en la aplicación? ¿Acaso recorrería yo los riones romanos si no pudiese luego compartir las instantáneas en Twitter? Quiero pensar que esta pregunta incómoda —¿somos buenos por convicción o por el qué dirán?— no basta para sostener la ficción de una vida que ahora parece en alquiler.

Parte del problema pasa por la pérdida de la intimidad. Yo no sé qué se dijeron mis aitonas al pedirse matrimonio porque el valor de aquel momento nunca podría depender de la publicidad, ahora en redes y antes en el patio de vecinos. Durante mucho tiempo las mejores cosas se han hecho con discreción: es la caridad discreta, el estudio concienzudo, el amor sin notarios. La pérdida de la intimidad ha hecho que lo familiar y lo cercano, lo poco fastuoso, invalide el recuerdo. A una fiesta sin rastro digital nuestro tiempo le ha otorgado el valor de un billete falsificado. La etimología nos condena: vivimos rehenes de una vida espectacularizada donde somos, al mismo tiempo, actor principal y paparazzi extenuado.

La moraleja de todo esto se la escuché a un obispo, hace algunos días, por los pasillos de Roma: «El único pasaje evangélico que se cumple con radicalidad en la Santa Sede es el de que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Aquí nunca sabemos qué están haciendo los demás». Es la paradoja final, claro. Vivimos en un tiempo en el que no sólo la mano izquierda es conocedora de todo lo que hace la mano derecha, sino que ésta última no se pone a obrar hasta que la otra no la está mirando. La solución quizá pase, qué sé yo, levantar ambas manos, y recordar con aspavientos que las vidas que no necesitan de la constante atención de los demás son las más espectaculares.